jueves, 26 de marzo de 2020

Fresquete


26/03/2020. Decimotercer día.

El otro día comenté que evito escuchar las noticias porque me disgusto. Y es así por tres motivos: porque me entristece profundamente el sufrimiento de otros, porque me indigna que haya tipejos que saquen tajada de le situación y por la candidez de otros cuantos.

Quería escribir sobre este último punto. Hace tiempo que se utiliza el término “buenismo” para calificar a la gente de buena voluntad que, aparentemente, vive engañada por no darse cuenta de que se mueve en un entorno hostil. Si “buenismo” equivale a comportarse como una persona buena y se utiliza de modo despectivo, mal vamos. No es lo mismo ser bueno que ser cándido, iluso o fácil de timar. Insultar a alguien llamándole bueno equivale a loar a quien saca provecho de la bondad, al cabrón hijo de la gran puta. Pero tampoco cabe sentir conmiseración por el ingenuo.

Un ejemplo de bueno, aun a pesar de la moraleja, sería el personaje de Marcello Mastroianni en “Splendor”, una película dirigida por Ettore Scola. El personaje de Mastroianni es el propietario de un cine en un pequeño pueblo, el Splendor, que poco a poco va muriendo por la competencia del vídeo y la consiguiente ausencia de espectadores. Su situación económica es desesperada, y aunque Mastroianni resiste hasta lo imposible, finalmente no tiene más remedio que claudicar ante la oferta del rico especulador del pueblo, un tipo odioso que pretende reformar el local y convertirlo en unos grandes almacenes. Mastroianni se reúne con el empresario y le dice que acepta su oferta, e incluso la rebaja en unos cuantos miles de liras, si el tipejo se deja abofetear por él en el casino, delante de sus amigos, los próceres del pueblo. Después de una elipsis, nos encontramos a Marcello entrando en el casino y acercándose a la mesa donde está sentado el especulador acompañado de sus amigotes. Marcello se acerca tranquilo. El malote permanece sentado. Y entonces Mastroianni le atiza una hostia, se da la vuelta y se aleja digno hacia la salida del casino. Cuando alcanza la calle, le entra una risa floja que comparte con su mejor amigo, el proyeccionista del Splendor. Volvemos al casino donde, indiferentes a lo ocurrido, los amigotes del malo palmean su espalda, brindan y le felicitan por haberse ahorrado unos miles de liras a cambio de una bofetada. Es un magnífico trato a su entender.

El personaje de Mastroianni, tal y como yo lo veo, no es tonto. El tonto es el que prefiere ahorrar algo de dinero a cambio de una hostia indigna.

Pero estoy seguro de que quienes piensan que esta situación que vivimos cambiará la perspectiva de las cosas, que de golpe y porrazo todos seremos mejores personas, son unos pardillos. Porque me da que hace falta más de un virus para acabar con tanto hijo de la gran puta.

P.D: Tanto la cita de la peli de ayer como la de hoy están descritas de memoria, como quedaron en mi recuerdo, así que no os fiéis demasiado.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Llueve. Siempre llueve.


25/03/2020. Duodécimo día.

No sé por qué hay un tipo de autodenominados intelectuales que dicen que no ven en absoluto la tele, como si fuera algo vergonzante. La tele, por lo general, es mala. Muy mala. Pero sería muy difícil no encontrar algún partido de baloncesto o a un cocinero interesante entre tantísimos canales.
Afortunadamente, hay gente menos pretenciosa.

Tengo un amigo capaz de tragarse del tirón un par de películas de Bergman sin pestañear y, después, engancharse a un programa de ovnis y fantasmas o a otro de asesinatos en Norteamérica sin avergonzarse en absoluto. Cuando me cuenta las virtudes de estos programas que tratan de lo paranormal o de asesinos en serie, me acuerdo siempre de “Caro Diario”, la película de Nanni Moretti. La película está formada por varias historias que protagoniza el propio Nanni Moretti. En una de ellas se embarca con un amigo suyo, un escritor que rechaza la vida moderna y vive absorto en su trabajo, para recorrer algunas islas italianas. Durante uno de los trayectos entre isla e isla, el escritor se queda mirando la tele en la que emiten un culebrón yanqui, al estilo de “Dallas” pero en cutre. Navegando en ferri de una isla a otra va enganchándose al serial hasta que llegan a una pequeña isla en la que no hay electricidad. Huérfano de tele (por aquel entonces no había internet) el escritor deambula desesperado por la islita hasta que, a lo lejos, distingue a unos turistas que parecen ser  yanquis.  El intelectual no puede resistirse y les pregunta a gritos si son americanos y si han visto la serie. “¿Qué ha sido de Jenny?”, les pregunta. “¿Sobrevivió a la operación de cambio de sexo?”. “¿Y de Larry? ¿Se acostó por fin con la monja enana?”.

Desde que hubo escritura se han tratado todas las pasiones, desde las más nobles y elevadas hasta las más bajas y abyectas. También ha sido así en el cine. Y las historias fantásticas, trágicas o dramáticas han enganchado desde siempre a los lectores y a los espectadores. Hay miles de ejemplos de ello. A mí, de pequeño, me encantaba el periódico “El Caso”, donde se describían los crímenes más atroces de la España profunda. No faltaban entre ellos las envenenadoras, los descuartizamientos o los escopetazos en la sesera. Una truculencia de lo más didáctica para un niño de diez años. También me gustaba mucho la revista “Más Allá”, dirigida por el doctor Giménez del Oso, en la que se contaban historias de fantasmas, se hablaba de casos de lobizón o vampirismo y se referían avistamientos de UFOS e, incluso, raptos de humanos por extraterrestres. A los extraterrestres, que viajaban en platillos  a la velocidad de la luz desde Alpha Centauri, les encantaba experimentar con paletos, a los que sodomizaban una y otra vez para luego abandonarlos en algún descampado extremeño.

Después, se pusieron de moda las pelis de catástrofes. Transatlánticos hundidos, rascacielos en llamas, aviones en apuros, terremotos, amenazas nucleares… los pobres yanquis no ganaban para sustos. Y al cabo de un tiempo, a rebufo del VIH  y el ébola, llegó la moda de las infecciones. La humanidad se extinguiría por culpa de un virus descontrolado. Creo que fue en una de estas películas cuando escuché por primera vez la palabra pandemia. Lo mejor es que, después de que la humanidad las pase putas, todas estas películas tienen un final feliz. Espero que no me toque el papel del mejor amigo negro del prota.

martes, 24 de marzo de 2020

E un mondo difficile (aunque hoy, tímidamente, asomó el sol)


24/03/2020. Undécimo día.

Poco puedo escribir hoy. Como preveía, el trabajo telemático me devora. Otro timo.

Parece mentira, pero estoy estresado.

En este caso no es una cuestión de vejez, sino de convicción. No creo que haya habido una moda más efímera que la de slow life. No encajaba en el devenir de los tiempos. Ahora hay que moverse deprisa para parecer que haces algo. ¡Y yo que pensaba atacar de una vez “La montaña mágica” aprovechando el parón vírico! Es este un mundo de hiperactivos. Un desastre para aquellos que disfrutamos con la lectura y las sobremesas largas.

Hablaré de nuevo sobre la casa.

Mis padres heredaron la casa de mis abuelos, una casa rodeada de naranjos, cerca del mar. Lo primero que hicieron fue quitar el teléfono. No existían los móviles por aquel entonces. Si querías cualquier cosa de un familiar o un amigo, tenías que cargarte los bolsillos de duros y pasear hasta la cabina más cercana. Casi nunca lo hacíamos porque casi nunca nada era tan urgente. Sin duda resultaba mucho más instructivo dejar los duros sobre los raíles del tren y ver cómo los afilaba con sus ruedas. O pasear por las vías hasta la casa de mis primos. Un camino no exento de peligros porque no siempre había espacio suficiente junto a la vía, por lo que, si se acercaba el tren,  teníamos que dejarnos caer por terraplenes a menudo muy empinados y plagados de zarzales. También resultaba emocionante cruzar el puente del río. En este caso porque la pasarela era de tablas de madera y faltaban algunas de ellas, de manera que tenías que saltar de unas a otras evitando mirar al vacío y rezando para que las tablas del otro lado no estuvieran podridas. Pero lo mejor quedaba para el final. Enfrente de la casa de mis primos había una acequia que desaguaba hacia el mar cuando llovía. La acequia discurría por debajo de las vías del tren y en verano estaba seca. La verdad es que a quien se le ocurrió esta pequeña obra de ingeniería civil habría que darle, si no el Nobel, como poco un abrazo. Creo que jamás he sentido tanto miedo y a un tiempo tantísima excitación como cuando me tumbaba en la acequia, debajo de las traviesas de la vía, y esperaba a que llegase el tren. Lo oías llegar de lejos, como los comanches de las películas que apoyaban las orejas en el raíl. Qué sensación tan extraña la de escuchar tu corazón desde dentro, palpitando en los oídos. Y cuando al tren le quedaban pocos metros para pasar por encima de ti, aguantabas la respiración y procurabas no cerrar los ojos, con los puños apretados y conteniendo el aliento. ¡Ostras! ¡Qué temblor y qué belleza!
Un fin de semana del pasado enero me acerqué a ver si todavía seguía allí la acequia. Fue un sábado por la mañana e iba en manga corta. Hacía calor y no me costó rememorar aquellos eternos días de verano. Ahí seguía, pero tapada con una rejilla soldada a los bordes que impedía tumbarse debajo de la vía. No sé si hubiera tenido el valor suficiente para hacerlo. Además, estaba anegada por un agua musgosa. Pero me supo mal que otros niños no pudieran disfrutar este próximo verano de lo que yo viví hace ya unos cuantos. Casi todo el trayecto de la vía está vallado. Hemos de vivir controlados, sobre todo los niños. No vaya a ser que se les meta una piedrecilla en el ojo y arruinemos a las compañías de seguros.

Ahora llevo el móvil en el bolsillo. Preferiría llevar los pocos duros con los que me sentía rico, libre y feliz.


lunes, 23 de marzo de 2020

Encapotado


23/03/2020 Décimo día, primero de las clases online.

Y hasta aquí he llegado. Es que salgo poco y lo que veo desde el balcón no da para mucha literatura. Tampoco veo la tele ni escucho las noticias en la radio porque me disgusto. Así que sólo me queda tirar de introspección y de memoria.

Hace unos cuantos años, creo que fue en 2004, ayudé a restaurar la fachada de la iglesia de Montesa. Todos los días cogía el tren y me pegaba un viajecito de una hora o así. Después, daba un largo paseo cuesta arriba hasta llegar a la plaza. Comenzaba el verano y hacía un tiempo muy agradable. Las golondrinas bajaban en vuelo rasante por las calles del pueblo. Cuando llegaba a la iglesia, me subía al andamio y me ponía a trabajar. Generalmente, nadie se acercaba a darme la lata, por lo que me concentraba en el trabajo y pasaba la mañana en gozosa soledad. Sin embargo, por la tarde, los niños solían acercarse a jugar debajo del andamio cuando salían del colegio. Unos días antes, mis compañeros de trabajo habían limpiado la fachada proyectando arena a presión y se había formado una playita artificial en el adoquinado. Los niños se traían cubos y palas, mojaban la arena, que era blanca y muy fina, y construían castillos que después pisoteaban con alegre saña. Todo, como se ve, muy bucólico y pastoril.

Para colmo de la felicidad, el día anterior había recibido una excelente noticia. Llevaba años peleando con el ayuntamiento de mi pueblo para que me dejasen vallar parte de la parcela de mi casa. La cuestión es que las lindes no habían quedado muy claras después del último PAI que desbarató lo poco que quedaba por desbaratar en el pueblo. Cada fin de semana levantaba una valla muy precaria con palés y alambre, y después de cada fin de semana, indefectiblemente, me tumbaban la chapuza y me robaban hasta las macetas. Todos los viernes desalojaba a un yonqui que dormía en mi terraza. Llegué a cogerle cariño. Hubiera podido empapelar el comedor con las denuncias que interpuse por aquel entonces. Me conocía el cuartelillo de guardia civil como si fuese el pasillo de mi casa. Allí pasé muy buenos momentos que referiré en otra ocasión. Como decía, el día anterior abrí el buzón y me encontré con una carta del ayuntamiento. Suponía que era una de tantas denegándome el permiso. ¡Pero no! Un funcionario atontao había metido la pata y había validado mi última propuesta de vallado. El pobre tipo se la ganó, según me contaron después algunos amigos que lo conocían. Sea como sea, me llevé un alegrón tremendo. Llamé a Quico esa misma mañana desde el andamio, un hombre estupendo y ya para entonces un buen amigo, que iba a ser el encargado de hacerme la obra. Se alegró tanto o más que yo. Mañana mismo, me dijo entusiasmado, meto las máquinas y empezamos, no vaya a ser que se arrepientan. Y así quedamos.

En la fachada de la iglesia hay una hornacina con una escultura de mármol que representa a la Virgen de Montesa. La imagen fue destrozada a martillazos los primeros días de la Guerra Civil.  Algunos trozos los encontraron y, años después, los reintegraron en la figura. La cara de la Virgen y una de las manitas del Niño Jesús no aparecieron nunca. Una de nuestras tareas era rehacer ambas piezas basándonos en un grabado anterior a la destroza. Era un mal grabado, pero era la única documentación gráfica de la que disponíamos. Alguien me contó cómo había sucedido todo. Los ánimos andaban un tanto alterados allá por el 36. Según para qué personas, los curas no eran gente de fiar y Dios y la Virgen tampoco. De manera que alguien, aprovechando que buena parte del pueblo había salido a la calle para vitorear a la República, apoyó una escalera en la fachada de la iglesia. Como la escalera era de madera y un tanto precaria, le dieron un martillo a un niño y le dijeron que subiera y le diera unos buenos golpes a la imagen. Y desde luego que se lo curro, el mozo.

Todas las mañanas ya entrado el verano, a eso de las diez y si hacía bueno, un chaval sacaba una sillita, un basquet con un par de sandías y un cartel: “Se venden sandías”. Al cabo de un rato, acompañaba a un abuelo, lo sentaba en la sillita y lo dejaba ahí una horita o dos. El abuelo estaba más pallá que pacá. Yo le saludaba, pero no se enteraba en absoluto. Ni se movía, ni la más mínima mueca, impertérrito. A veces, el chaval  pasaba por ahí, a ver cómo iba la cosa. Obviamente, el abuelo no hubiera podido vender las sandías. Me imagino que todo el pueblo sabía de qué iba la vaina y si algún forastero se interesaba alguien echaba una mano. Desde el primer día que lo vi me llamó la atención que llevaba un apósito enorme en la calva. Tenía pinta de que lo habían operado de algo muy chungo, y de ahí que se le cayera la baba. Un día me animé a hablar con el niño. Le pregunté que por qué sacaba al abuelo a vender sandías. Me dijo que era su nieto y que su iaio llevaba un montón de años vendiéndolas en esa misma esquina. Un derrame cerebral, que los médicos habían intentado drenar, lo había dejado así. Se podía mover, pero ni hablaba ni parecía entender nada. La familia decidió que lo mejor es que siguiese con su rutinita, como si nada hubiera pasado. Al chaval le parecía bien, así al abuelo le daba el solete.

Una semana después, comentando la conversación con el cura, que venía de vez en cuando a ver cómo avanzaba la restauración, me dijo: “¿Tú sabes quién es ese abuelo?” “Ni idea” – le contesté. “Pues ese abuelo fue el niño que se subió a la escalera y le pego un martillazo a la Virgen”.

Historias de pueblo.

Subí al andamio feliz. Se acabaron los palés y las denuncias. Hoy empezaban las obras. Por fin tendría una valla en condiciones.  Pensé en llamar a Quico, pero supuse que estaría liado con los ladrillos, el cemento y la hormigonera. A las diez y pico, al mismo tiempo que el chaval sentaba a su abuelo junto a las sandías, me sonó el móvil. Era mi madre.
-          ¿Sabes lo de Quico?
-          Sí, claro. Hablé ayer con él. Hoy empezaba la valla.
-          Pues me parece que no va a poder. Ha aparcado su coche en la cuneta de la carretera del Mascarat, ha dejado su documentación en el techo, debajo de una piedra, y se ha tirado por el puente.

Otra historia de pueblo.

Han pasado un montón de años. Kiko, el hijo de Quico, construyó la valla. Planté cipreses junto a ella y están preciosos. Y ya no se me cuela el yonqui.


domingo, 22 de marzo de 2020

Soleado, pero sin exagerar


22/03/2020. Noveno día.

Empiezo a escribir a las ocho y pico de la tarde. A las nueve quiero subir a la azotea para mi sesión de baile absurdo a solateras. Seré breve, pues.

Hoy va de abuelas.

Primera abuela.

Hay una abuela en la finca que es rara. No mide más de un metro cincuenta, es medio autista y cuando habla (rara vez) lo hace con una voz de pito extraña, como la de un ventrílocuo imitando a un niño repipi. Viste como una indigente y pasea mucho por la calle sin rumbo aparente. Yo siempre la he pescado en transición, sin saber dónde va de ida. De vuelta, obviamente, regresa a nuestro vecindario. El caso es que, a eso de las ocho y media de la tarde, se baja al zaguán y se sienta en la silla del conserje. Todo el año a la misma hora, haga calor o un frío pelón. A veces su hijo viene de visita y la acompaña. El hijo mide un par de centímetros más. Se sienta en la mesa del conserje, al lado del telefonillo, y deja colgar sus piernas como un polichinela. Antes del estado de sitio les saludaba todas las noches cuando sacaba a pasear a los perros.

-          Buenas noches – saludaba.
-          Buenas noches – me respondían al alimón con vocecilla de flautín.

Y claro, ya no están.

Segunda abuela.

Esta mañana he salido de compras a un súper de guardia. Mi hijo pensaba que salía a pasear con la bolsa vacía y se ha indignado al corroborar lo que ya sabía: que su padre sigue siendo un fraude sin remedio, aun en el peor de los escenarios. Pero no era cierto. Necesitaba manutención de primera necesidad, como aceitunas negras y aire fresco. (Inciso: mi hijo volvió de Budapest apretado en el avión. Iban tres personas mas la tripulación. De haberse matado, casi nadie los hubiera llorado).

De vuelta a casa se me ha acercado una abuela. No iba demasiado limpia, estaba sorda y se le caían las tuercas. Dadas las circunstancias, cualquiera hubiera salido por patas. Pero yo ya soy un novio de la muerte y  la salud me la suda bastante. La abuela no acertaba a abrir la puerta de su patio. Es normal, porque la llave no encajaba ni por hostias. Le he preguntado que si estaba segura de que ese era su portal. “Sí, sí, creo”, me ha contestado. Le he preguntado de nuevo: “¿lleva usted móvil?”,” no, hijo”. Así que, cuando estaba a punto de llevármela a casa o abandonarla a su suerte (esta segunda opción iba ganando muchos enteros) la puerta del zaguán ha empezado a crepitar y una voz oxidada ha hablado: “¿doña Remedios?, ¿es usted?, entre, entre”. La he dejado ahí  suponiendo que era doña Remedios. En el peor de los casos, estaba bajo techo.

Tercera abuela.

Tuve un amigo apodado “La Abuela”. Es yonqui, porque creo que sigue vivo. ¿Qué será de los yonquis estos días?

P.D: No puedo más de correos, whatasapps, meets y su puta madre. ¡Es domingo, coño!


sábado, 21 de marzo de 2020

Inestable


21/03/2020 Octavo día.

El cielo, nubladísimo, amenaza lluvia.
Estado de la mar: ni puta idea. Hace una semana que no veo el mar.

1
Las crónicas desde la ventana aportan hoy pocas novedades. La gente sigue haciendo colas en la puerta de los supermercados. Los supermercados abren a las diez y desde las ocho las colas dan la vuelta a las manzanas. A pesar de que han pegado diez o doce tiras de cinta adhesiva en las aceras para marcar la distancia de seguridad, nadie la respeta. Cuanto antes lleguen a las estanterías, mejor. Ahora, eso sí, la mayor parte de los compradores compulsivos llevan mascarilla y guantes, que una cosa es una cosa y otra,  otra.

Ayer tuve reunión telemática de trabajo y no pude bajar al súper hasta las dos o así. Intenté colarme por la entrada de los vecinos (mi supermercado está debajo de casa y puedo acceder desde el garaje), pero el segurata ya se ha coscado del truco y amablemente me sugirió que guardase mi turno en la cola, como el resto de seres humanos. Agaché la cabeza y salí a la calle humillado. Llovía. Para cuando pude entrar, el mismo segurata me dejó caer gel desinfectante en las manos y me dio una toallita para que no tocase el asa del carrito. Saqué la lista de la compra y allá que me fui contento, a intentar tachar el mayor número de productos posible. Cepillos de dientes sí quedaban, huevos no. A decir verdad, quedaba media docena, pero eran de codorniz. Así que regresé a casa con un montón de tonterías que no tenía previsto comprar. Me encantan las pipas de calabaza, pero no sé si será una dieta suficiente y equilibrada para un día completo.

Ya en casa, me asomé de nuevo a la ventana. Había una furgoneta parada en el semáforo con un cartel en el lateral que rezaba: Taxidermia. Me pareció que, dadas las circunstancias, la imagen era lo suficientemente inquietante como  para sacar de ella una historia. Otra de tantas que no escribiré por pereza.

Por la tarde, a las ocho, me uní encendiendo y apagando las luces de la terraza a los aplausos que todas las tardes dedicamos a la gente que se lo está currando. Recordé un chisme que salía en algunos programas casposos de televisión que llamaban el aplausómetro. Si tuviera uno comprobaría que ya no parece haber tanto entusiasmo como el primer día. La gente se cansa enseguida de estas cosas. Y a mí se me van a fundir las bombillas.

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Hay momentos en los que todo me parece irreal, como si viviera en el decorado de El show de Truman. Me han dado permiso para subir a la azotea. Algunos vecinos tienden ahí la ropa y no se les ha prohibido. Lo único que se nos pide es que guardemos la distancia de seguridad si coincidimos en la terraza. Yo subo sobre las nueve. Es de noche y no hay nadie. El paisaje es metafísico, como un cuadro de de Chirico. Me gusta tanto que mañana me subiré con la cámara y haré algunas fotos. Menos mal que está oscuro y nadie me ve, porque aprovecho esos instantes de libertad para hacer mucho el mongolo. Pego saltitos, hago música dodecafónica con las cuerdas de los tendederos y paseo con un ritmo tonto y pautado, como los pobres bichos que llevan encerrados un montón de años en su pequeña jaula del zoológico.

3
Anoche me bajé la basura. En una mano llevaba el vidrio y el plástico. En la otra, la orgánica. Tiré el vidrio y el plástico en sus respectivos contenedores. La bolsa con la basura orgánica me la llevé de paseo un rato. Ahora es mi mascota.

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A los que aman el orden y el control por encima de la libertad se les pone dura con esta situación. No digo que no debamos respetar las normas en un caso de emergencia como el que vivimos, pero tampoco es sano disfrutar del momento.

P.D: Me da la impresión de que el whatsapp también ha decaído un tanto.

jueves, 19 de marzo de 2020

Nublado


19/03/2020 Sexto día. San José

Lo de la cacerolada de ayer fue para pedir que el Rey golpista Juan Carlos devolviese los cien millones que ha robado y los ingresase en la Seguridad Social para ayudar a acabar con el virus. Sesenta y cinco millones ya se los gastó en puta, y el resto me imagino que también, quizá en plural.
¡Estos borbones! Son como chiquillos. Es lo que tiene procrear con primas hermanas, que luego  la progenie sale seca de seso. Que no de semen (los varones, se entiende) porque riegan por aspersión cuanto coño se les pone a tiro.
Pero de esto ya escribí mucho hace treinta años y me aburre.

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Si lo llego a saber me compro un telescopio, porque de lo que alcanzo a ver desde mi terraza poco puedo contar. Las calles, desiertas. Todo cerrado. La vecina que lleva dos días sacando brillo a la barandilla de su balcón. La ha dejado como una patena. Yo creo que lo hace porque es de las más activas a la hora de aplaudir y cacerolear y quiere que todos veamos lo limpio que lo tiene todo.
Con un telescopio puede que viese algo más detrás de las ventanas. Quizá un asesinato, como James Stewart en La ventana indiscreta. O ver caer a los suicidas que sin duda comenzarán a lanzarse al vacío dentro de pocos días. O niños amordazados y atados a las sillas por sus padres. O padres amordazados y atados a una silla por sus hijos. O chicas en topless encerando la encimera de su cocina. O jóvenes desnudas enjabonándose y duchándose con una manguera en la azotea… Me da la impresión de que esto se me ha ido de las manos.

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Hasta las gaviotas parecen alicaídas e inapetentes. Hoy he visto como compartían una paloma atropellada entre tres. ¿Y qué será de las palomas vivas sin abuelos que las alimenten? ¿Y de los arbolitos de los parques sin jardineros que las rieguen? Me imagino que habrá un plan de contingencia para estos asuntos. De no ser así, la naturaleza saldría adelante y acabaría por devorarnos. Las palomas buscarían ventanas abiertas para entrar en nuestros hogares y devorarnos los ojos. Las raíces de los árboles levantarían el asfalto de las calles, buscarían agua en las tuberías y acabarían empalándonos en el váter cuando nos sentásemos a cagar. La verdad es que me encanta este panorama.

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Mi hijo está en Budapest. Trabaja en la embajada de Ecuador. Comparte piso con un húngaro y dos turcos. Contado así parece el argumento de una sitcom. El caso es que le convencimos para que volviese unos días a casa. Cuando nos confirmó que ya tenía el billete de avión, nos acercamos a un súper que tiene mucha variedad de comida vegana. Mi hijo no come carne. Así que cargamos el carro de hamburguesas verdes, nuggets de espinacas y tofu. Y va hoy y el capullo nos dice que prefiere quedarse a currar, no vaya a ser que después no pueda regresar. Nos va a tocar comer y cenar toda esa mierda repugnante durante una semana.

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Y en estas estaba yo, alicaído e inapetente cual gaviota, cuando un tipo ha comenzado a tocar el trombón. Al poco, otro se le ha unido con un clarinete. Después, un tercero con un tambor. Y así hasta montar una orquesta en condiciones que tocaba acompasada de un balcón a otro. Es cierto que en Valencia das una patada a una piedra y te encuentras a un músico debajo. Ha sido bonito y emocionante, la verdad.
 Una vecina se ha asomado al balcón vestida de fallera. Supongo que hará la ofrenda online. Otra, una niña, ha salido con una tarta de cumpleaños y todo el barrio le ha cantado el cumpleaños feliz. Y después, de postre, el Resistiré del Dúo Dinámico, una canción que, por lo que sea, siempre he aborrecido.  Me gustaría acercarme a la plaza del Rosario, a ver como lo llevan los gitanos. Si aquí estamos de juerga aquello será un pandemónium.

Mañana, lo malo.

Una tarde de lluvia en Valencia

1 Una tarde de lluvia en Valencia, donde, cuando llueve, llueve. Debajo del paraguas escucho las canciones del primer disco de Tracy Chapm...