miércoles, 13 de abril de 2022

La belleza

 

Llegaba al apeadero del tren, siempre vacío, poco antes de que amaneciera. Después, subía la cuesta hacia la plaza de la iglesia. El paseo me llevaba unos veinte minutos. Las golondrinas madrugadoras bajaban en vuelo rasante por las calles del pueblo. Ya arriba, los primero rayos del sol de junio iluminaban la fachada de la iglesia. Aquellos días, mi trabajo consistía en subirme al andamio y limpiar la piedra de la parte superior, alrededor de la hornacina donde una escultura de la Virgen y el Niño bendecían a paisanos y forasteros. La Virgen y el Niño habían sufrido daños cuando se inició la Guerra Civil. Los ánimos andaban algo alterados por entonces y a alguien se le ocurrió que era necesario pegarle un martillazo a la imagen. Apoyaron una escalera de madera en la fachada e hicieron que un niño subiera con un martillo y la emprendiera a golpes con el mármol. Los trozos cayeron al suelo. Algunos de ellos fueron recuperados años después, pero la cara de la Virgen y una de las manitas del Niño desaparecieron para siempre. Un amigo escultor trabajaba ya en su taller para reponer ambas piezas. No fue un trabajo fácil, porque no había documentación alguna. Tan sólo una copia de un grabado de muy mala calidad y que no aportaba nada relevante. Datando la escultura, estudiando la iconografía y comparándola con otras contemporáneas se pudo realizar una restauración respetuosa y fiel al original. Como también hicimos con la puerta de la iglesia, retirando las planchas de metal, muchas corroídas, y sustituyéndolas por otras que repujó un artesano in situ replicando el dibujo primitivo. La puerta ya había sido parcheada anteriormente, y entre otras curiosidades encontramos recortes de las latas de leche en polvo del Plan Marshall, cuando los estadounidenses, allá por la década de los cincuenta del siglo pasado, nos dieron limosna. Y es que en aquellos tiempos se aprovechaba todo.

Existen muchos tipos de piedra y muy diversas formas de limpiarla. La más rápida y eficaz, pero también la más agresiva, es proyectar agua o arena a presión. Hace mucho que no trabajo restaurando y no sé si hoy en día hay técnicas mejores, pero a principios de los dos mil existía una, más cara pero menos agresiva que el agua o la arena, que consistía en disparar sobre la piedra microesferas de vidrio. Las minúsculas esferas estallaban en la fachada, rebotaban pulverizadas y caían sobre las losas de la plaza. Así, bajo el andamio y sin premeditarlo, creamos una playa tropical de fina arena blanca en un escarpado pueblo del interior. Todas las mañanas, cuando el sol calentaba sin quemar, un montón de niños se reunían debajo del andamio y jugaban en la arena con sus cubos, palas y rastrillos, como si estuvieran junto al mar. Las golondrinas gorjeaban sobre nuestras cabezas, componiendo una banda sonora mediterránea, onírica. A veces me parecía oír el ir y venir de las olas en la orilla de la playa. A los niños no parecía afectarles el roce de la arena de vidrio. Más de uno se hurgaba la nariz a fondo, inhalando el polvo, algo que me preocupaba un tanto. ¡Pero parecían tan felices! Poco a poco fui conociendo a los niños, a las niñas y a sus familias. Algunas madres se turnaban para limpiar la iglesia y me pedían que les echase un vistazo a sus niños desde la atalaya de mi andamio mientras barrían y sacaban el polvo del órgano y los candelabros.

Uno de los niños se llamaba Juan. Juan vivía con sus padres y su abuelo en una casa contigua a la iglesia. Todas las mañanas, Juan sacaba, por este orden, una caja con dos o tres sandías, una silla de madera y a su abuelo.  Sentaba al abuelo en la silla y se venía a jugar a la playa con sus amigos. Yo miraba al abuelo de vez en cuando. Tenía la piel curtida y un apósito enorme le cubría toda la calva. Se le caía la baba. Nunca le oí hablar ni le vi vender una sandía. Le pregunté a Juan que por qué dejaba al abuelo sentado junto a la caja de sandías si nunca le había visto vender ninguna. Me contestó que de lo que se trataba es de que al abuelo le diera el sol, que lo de las sandías no importaba. ¿Y si alguien quería comprar una  sandía?, comenté. Bueno, me dijo, pues me avisas y yo se la vendo.

La restauración nos llevó un mes y pico. Retiramos el andamio y pudimos contemplar con distancia nuestra obra. No había quedado nada mal. Los vecinos estaban muy contentos. Nos habían cogido cariño. Y nosotros a ellos. El párroco, agradecido, nos invitó a comer en su casa. Comimos de maravilla, bajo el fresco emparrado del patio trasero. También había una higuera que nos emborrachaba con su aroma dulce. La tarde y la sobremesa se alargaron. Conversábamos sobre esto y aquello. El cura nos contó que, después del terremoto, los vecinos reutilizaron columnas y capiteles del castillo para reconstruir sus casas. Ahora se ven integrados en las paredes del pueblo. Le hablé de Juan y de su abuelo, y de lo feliz que había sido aquellos días de andamio. El cura me dijo: “Sabes quién es el abuelo de Juan”. Le contesté que no. Y me contó: “El abuelo de Juan es el niño que rompió a martillazos la cara de la Virgen”. Y no hubo ni un asomo de rencor en sus palabras. Sólo la satisfacción de una historia bien cerrada. Y la felicidad de saber que lo importante no son las ideas, sino la belleza.

Insomnio

 Los insomnes no queremos serlo. El insomnio nos desordena la vida. Si de mí dependiera, sin  ir más lejos, organizaría de otro modo mis horarios laborales. Pero comprendo que el día es por naturaleza el mejor momento para trabajar. Aunque la verdad es que se hace muy difícil cuando no descansas por la noche. Somos, según dicen, animales diurnos, aunque yo empiezo a funcionar relativamente bien sobre las siete de la tarde y apenas durante un par de horas. Y esto en el mejor de los casos y si, con suerte y por una de esas, he descabezado una siestecita después de comer. El caso es que, por lo que he comprobado, no hay trabajo que soporte esta raquítica dedicación. Después de las siete de la tarde divago y la mayor parte de mis ideas son bazofia, cuando no peligrosas.  Así que paseo al perro mientras escucho música o algún podcast, intentando alejar de mí ideas macabras o suicidas. Después, ceno y me acuesto temprano odiando la cama de antemano porque preveo otra nochecita de mierda.

Lo que sigue es fácil de resumir: me voy a la cama temprano, leo un rato, me duermo y me despierto tres o cuatro horas después cagándome en lo más sagrado y, de paso, también en lo civil. Y así una noche tras otra. Así funciona mi insomnio. Además, durante esas tres o cuatro horas de sueño poco profundo suelo tener pesadillas, algunas recurrentes. Entonces me araño sin darme cuenta las muñecas, los pies y la espalda hasta hacerme sangre. Mis pesadillas están cargadas de personajes, lugares y objetos muy nítidos, casi palpables, a veces hasta los huelo, y son tan vívidas que recuerdo hasta el último detalle. Se trata de historias complejas, a todo color, con una trama lineal que se bifurca en multitud de subtramas que saltan de un tiempo y un espacio a otro con cierta coherencia onírica. La verdad es que, y no es por chulear, mis pesadillas son de óscar freudiano. Por cierto, soy de los que piensan que los sueños sólo interesan a quienes los sueñan y a los psiquiatras. Yo le tengo dicho al mío que debería pagarme en vez de sacarme hasta los empastes. Entre las historias más o menos ciertas y las que me invento por completo tiene para aburrir a sus colegas del Club de los Alegres Pillastres de Eros. Por eso tan sólo pergeñaré unas pocas líneas a cuenta de mi peor y más contumaz pesadilla. En mi peor pesadilla hordas de personas, conocidas o no, invaden mi casa cual plaga bíblica. Esta invasión hostil suele ir acompañada de desastres de todo tipo como aludes de lodo, pestes bubónicas, disoluciones radiactivas o festivales folclóricos con gaitas. No hay nada peor que tener que cocinar para cientos de personas que toman al asalto tu casa, la saquean, la arruinan y no te dan ni las gracias. Y cuando hablo de mi casa me refiero a la de verdad, a la gran casa familiar de mi infancia, y no al pisito en el que vivo de modo provisional desde hace veintiséis años. Me imagino que estas pesadillas se deben a que creo ser una persona de izquierdas pero también defiendo con fanatismo la propiedad privada, de ahí que mi consciente y mi subconsciente colisionen con violencia cuando sueño.

En estos desvelos puedes adoptar diversas posturas. De entrada, se trata de descartar cualquier consejo, incluso los profesionales. Recuerdo como si fuera ayer mi primer día insomne. Fue un sábado de verano, a los quince años, de vacaciones. Yo mismo me sorprendí cuando me levanté al mismo tiempo que mis padres. No le di ninguna importancia, de hecho me pareció hasta elegante pasar una noche en blanco sin haber salido de farra. No supe ver la que se me venía encima. Desde entonces he recibido todo tipo de recomendaciones, unas más o menos razonables y otras completamente absurdas. Me han recetado yerbas, opios y meditaciones. Me han hablado de respiraciones, paredes en blanco y masajes. De gimnasias masturbatorias del pene y letanías tibetanas. También de terapias esotéricas con constelaciones, agujas, piedrecicas, vapores aromáticos y antepasados muertos. Y hubo quien me habló de maleficios y males de ojo perfectamente subsanables a través de sacrificios de reptiles o, en su defecto, de pequeñas mutilaciones de diversos seres de sangre caliente. Además, por supuesto, cualquier remedio  ha de ir acompañado de ejercicio y una dieta sana ajena al jamón, al vino y al resto de todo lo bueno.

Desechadas, pues, tan absurdas recomendaciones, he decidido recurrir a mis propias terapias, que no funcionan en absoluto. Pero antes de empezar a aplicarlas hay que adecuar el entorno. Lo obvio y esencial es una cama, oscuridad y silencio. Las dos primeras son fáciles de conseguir, pero el silencio no sólo depende de mí. Vivo en un primero. Las ventanas de mi piso recaen sobre una avenida. Por la avenida petardean camiones, coches y motos. Y por las noches los camiones de la basura vacían los contenedores. Mis favoritos son los del vidrio que, casualmente, están a escasos diez metros de la ventana de mi dormitorio. Cuando el camión de la basura vacía el contenedor del vidrio provoca un maremágnum sonoro sólo comparable al que crearía una orquesta de psicópatas dodecafónicos. Por si esto fuera poco, los horarios de recogida coinciden con los de mi primer y único sueño, por lo que, a lo largo de los años, he incubado un odio profundo hacia los concejales de residuos sólidos. Para colmo de mis males, el cabecero de mi cama está pegado al tabique que separa mi dormitorio de la escalera del edificio, de manera que cualquier vecino que quiera salir a la calle pasa a un palmo escaso de mi cabeza. El peor de todos es el vecino del perro que ladra. Al vecino del perro que ladra, que tiene la costumbre de bajarlo a pasear a la hora que yo me acuesto, le cercenaría todas las glándulas. El ruido, indudablemente, contamina más que el plástico. Y no hay tapones que valgan.

Así las cosas, los insomnes nos volvemos maniáticos. Yo, por ejemplo, necesito un número determinado de almohadas, cinco para ser exactos, con unas formas, tamaños y texturas determinados. Tres de ellas me las pongo debajo de la cabeza, otra, más pequeña, encima, y la quinta sólo la utilizo en verano para separarme las piernas e impedir que rocen entre sí. También evito que mi aliento caiga sobre mis brazos, por lo que he de cubrirlos con la sábana o con un pañuelo. Por las noches deberíamos dejar de respirar y mantener nuestras pulsaciones bajo mínimos. En invierno uso pijama, pero ha de ser muy ligero y de cuello abierto, porque de no ser así sudo como un pollo y padezco ahogos menopaúsicos. Además, tanto en invierno como en verano saco de vez en cuando uno de mis pies por debajo de las sábanas para que se enfríe. Duermo con un rascador de espaldas y una botella de agua que dejo en el suelo, junto a la cama. En la mesita de noche, además del flexo y el libro del momento, no pueden faltar el nebulizador y los pedacitos de papel higiénico, por si se me tapona la nariz. Por supuesto, ahí está omnipresente el reloj despertador, que no he utilizado en esta vida más que para torturarme viendo pasar los minutos y las horas. Lo del orinal lo abandoné hace años, pero siempre procuro acostarme en el lado de la cama más cercano al baño. Y para qué hablar de las sofisticadas posturas que adopto para sentirme cómodo, dignas del mejor yogui o del más hábil contorsionista. Como se comprenderá, me es muy complicado viajar y alojarme en hoteles con semejante lastre de manías e impedimentas, de las que este párrafo no es más que un breve resumen. 

Como decía, hace tiempo que renuncié a las pastillas y otras terapias. Y como soy incapaz de dejar la mente en blanco, tal y como se me aconseja, procuro al menos no pensar en temas desagradables y evito a toda costa organizar mis  agendas de trabajo. Así, me enfrasco en extrañas cavilaciones o invento historias que, por el día, me parecen gilipolleces. La semana pasada le di vueltas al mejor sistema para colonizar la luna. No entraré en detalles, pero los robots tendrán que trabajar de firme. Y esta semana ando metido en una película con aires de saga en la que se combinan paisajes bucólicos con cruentos magnicidios.

No dormir es un sindiós. El insomnio es el infierno, una de las peores invenciones de Satán. Y os lo cuento -y que se me perdone la coquetería-  desde el punto de vista de quien ha padecido todo tipo de miserias. Ninguna, os lo aseguro, comparable a no pegar ojo

martes, 21 de diciembre de 2021

A tumba abierta


Me han contratado de boy en la discoteca Penélope Senior de Benidorm. Tengo que bailar semidesnudo dentro de una jaula. Me indican que he de quitarme el pañal y eso me preocupa, pero me aseguran que cubrirán el suelo de la jaula con las páginas salmón del periódico.

Penélope Senior es chachi dabuti. Aquí viene lo más pendenciero y transgresor de la generación. No hay más que fijarse en las sillas de ruedas motorizadas, todas ellas tuneadas, que son motivo de admiración en el parking de la disco. Algunas son biplaza, por si el motero liga y deja a la chati de vuelta en la puerta de la residencia. Es también en el parking donde El Teclas, dos dientes sí uno no, trapichea con la Viagra muy cortada que esconde en el tubo de la muleta.

Nunca he sido muy de discotecas, y menos de bailar semidesnudo en una jaula. Además, desde que me operaron de la hernia parezco una striper vieja con cesárea. Pero las condiciones laborales son irrechazables e incluyen las copas de lumumba, sanfrancisco o de delicioso pipermín.

Y la de experiencias inolvidables que me llevaré al purgatorio que, por lo que aprendí de los curas, es el lugar adonde vamos los tibios, los ni fu ni fa. Aquella matiné, sin ir más lejos, en la que malinterpretamos una hemiplejia con un intento hilarante del Amalio de bailar breakdance con el consiguiente craquelado de la cadera. Por fortuna, la ambulancia del hospital cercano siempre está al quite, aunque los Técnicos de Emergencias Sanitarias que la pilotan no parecen disfrutar de estas situaciones tragicómicas. Tampoco fue desdeñable aquella Fiesta de Miss and Míster Camiseta Mojada Vintage, ellas sin sujetador y ellos en gayumbos desfondados. Decidimos invitar como público a nuestros nietos, engatusándolos con falsas promesas de droga porro. Algunos vomitaron. Por no hablar del reparto semanal entre el personal de la disco de los objetos perdidos que se guardan en el guardarropa. Aquello es un cajón de sastre: patucos  antiescaras, resistentes cortaúñas para los pies, dentaduras postizas, linimento Sloan,  frascos de colonia Varón Dandy , surtidos variados de pastillas para diversas miserias que nos tragamos como gominolas,  algún peluquín, una retina desprendida, etc. Tecnología, poca, salvo audífonos y un walkman con una cinta de la banda sonora de la película Fame.

Penélope senior es nuestro refugio en el que, entre toses, incontinencias de la vejiga, adherencias precarias de las dentaduras y ajustes de faja y suspensorios, podemos rememorar aquellos tiempos en los que éramos capaces de bailar a Kurtis Blow sin correr el peligro de que se nos desatornillasen las prótesis. No dudéis en acudir a mi espectáculo si pasáis por Benidorm. Decidle al Mayki, el segurata tullido de diabetes, que vais de mi parte. Igual os da un bono de un 20% de descuento para la primera copa de Calisay.

jueves, 9 de diciembre de 2021

La pistola

 

Nunca antes había visto una pistola. Me la enseñó Emaús Juste en uno de los reservados de la discoteca de su padre. Emaús era el hermano pequeño de Luisa, una compañera de clase. Yo tenía dieciséis años. Él, catorce. Llevaba la pistola debajo del jersey, entre la cintura del pantalón y su barriga. La pistola tenía el cañón plateado y la culata negra. Recuerdo que en ese momento sonaba “I shot the sheriff” de Bob Marley. La discoteca del padre de Emaús estaba enfrente de la Comisaría Central de la Policía Nacional. En la discoteca se pasaba droga, sobre todo costo y coca. Pero es que el padre de Emaús era fascista y tenía bula.

La discoteca del padre de Emaús -no recuerdo su nombre- era cojonuda, un antro inspirado en la estética de “La naranja mecánica” de Kubrick en el que bebíamos cerveza gratis a pesar de ser menores de edad. Predominaba la luz negra y había unos maniquíes femeninos de cuyos senos manaba un sucedáneo decorativo del Moloko Vellocet. A esa edad, entre semana, tenía que regresar a casa antes de la diez, por lo que nunca vi la pista llena. A esas horas sólo pasaban por ahí algunos compradores de chocolate o farlopa y polis de la comisaría que se entonaban antes de empezar el servicio. Entre los habituales estaban los miembros de la Brigada 26, unos cabronazos que se dedicaban a atizar a maricones, negros, rojos y demás chusma sin mayor pretexto que la higiene social. Policías de ley que antes, durante y después de cumplir con sus deberes, altísimos de anfetamina, se iban gratis de putas al barrio chino.

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Emaús y yo nunca llegamos a ser grandes amigos. Yo empecé la carrera y me distancié de algunos de los conocidos del colegio. Nos encontrábamos de vez en cuando y la verdad es que, a pesar de tener pocas cosas en común, nos caíamos bien. Emaús era un tipo inteligente, cariñoso, muy perspicaz y divertido. Cuando nos veíamos nos fumábamos algún porro que otro, aunque a él se le quedaban cortos. Por entonces ya se metía caballo. Pasado el tiempo, le perdí definitivamente la pista.  

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Luisa y yo nos vimos hace poco. Coincidimos en la fiesta de cumpleaños de una amiga común. Me contó que antes de morir, Emaús salía y entraba de la cárcel con alguna frecuencia. No quise preguntarle de qué había muerto y la conversación derivó hacia temas ligeros, anécdotas del cole y demás. Luisa estaba estupenda.

 

lunes, 19 de julio de 2021

Reflexiones sencillas

 

Lectura en papel o digital

No soy un fanático. Entiendo la comodidad de informarse a través de dispositivos digitales. Estás informado al segundo. Leer periódicos en papel cada vez tiene menos alicientes. Pero amo al papel como a la madera, al hierro o a la piedra. Lo prefiero al plástico y a lo inmaterial, a lo efímero y a lo inconsistente. Lo huelo, lo toco, dibujo sobre él y lo leo. Sería absurdo defender lo contrario cuando peleo junto a unos amigos tarados por editar una revista de papel. Mis libros están en las estanterías, no en una tablet o en la nube. Los consulto y los releo. Sé que lo que importa es leer, más allá del formato en el que lo hagas. Pero el libro es un formato útil y bello. Un fetiche. A veces, dentro de un libro, me encuentro recuerdos de quien fui o de quien fue otro. Notas en los márgenes o los marcadores de lectura, que siempre me dan pistas de la época en la que se leyó el libro.

Le pregunté a mi hijo qué beneficios encontraba (si es que los encontraba) a estudiar con libros de papel y me dijo que cansaban menos la vista, que podía dibujar pollas y que se despistaba menos que conectado a internet. Los de las pollas es, sin duda, un argumento irrebatible.

Formación online o cara a cara

Haría un flaco favor a mi profesión si eligiese el online.  Mi compañero de trabajo Walter lleva meses insistiéndome para que monte un curso de Narrativa Online. Y lo haré. Pero creo que la mayor virtud de un profesor es saber manejarse cara a cara. A mí me encanta debatir con mis alumnos, enlazar unos temas con otros y sacar conclusiones de ello. Para eso me he formado. El formato online, por mucho que se me lleve la contraria, no permite ese tipo de debate cercano. Es un formato encorsetado, nada dado a la improvisación. Yo llevo mis clases perfectamente estructuradas, pero me encanta cuando los alumnos abren nuevas vías de debate, aunque en ocasiones la deriva haga que acabemos comparando la atonía muscular de los prerrafaelitas con la exigua talla de calzoncillos de Pieter Brueghel (el Viejo).

Hoteles o camping

Hace muchos años que dejé de viajar con la mochila. Nunca me gustó. En los campings hay pulgas y compartes las duchas y las diarreas. Pero tampoco me gustan los hoteles, por lujosos que sean. En realidad, lo que no me gusta es salir de casa. En los hoteles no tengo mis almohadas, y las necesito para dormir, aunque sea poco. Y en los hoteles hay clientes. Algunos de ellos son niños. Si entiendo de algún modo las vacaciones es sin gente, y, desde luego, sin niños gritando. No soporto los bufetes. No aguanto compartir la piscina. Me siento culpable si alguien me hace la cama. Y, sobre todo, en los hoteles no descanso. Y las vacaciones están pensadas para descansar, digan lo que digan los hiperactivos. Yo entiendo el descanso como algo que uno hace solo, en silencio. Durante las vacaciones cocino, leo, escribo, dibujo y huyo de la gente. A veces, pierdo el tiempo. Sólo salgo de casa cuando me quedo sin comida o sin medicinas. Además, mi casa es un resort. ¿Para qué pagar por lo que ya tengo? Tengo una suerte y una antipatía que no me las merezco.

Cine o televisión

Si nos referimos a las cadenas habituales no me cabe duda: prefiero el cine. De hecho, no veo apenas la tele. En mi casa nadie la ve. Algún telediario de vez en cuando y poco más. Pero sí que es cierto que consumimos series y películas a través de Netflix o Filmin. Y encima gratis, porque las paga mi suegra.

Tengo que volver al cine. Hace tiempo que no voy. No hay nada como la oscuridad, una pantalla grande, un buen sonido y cualquier peli de Louis de Funès.

Comprar o alquilar

Aunque acaparo mucho, no le tengo apego a casi nada, excepto a la leña, a mi chatarra,  a los cientos de cachivaches que he amontonado, a mis vinilos, a mis plantas, a mi ordenador portátil, a mis utensilios de cocina, a mis zapatillas de ir por casa, a mis lápices, pinceles y libretas, a unos cuantos muebles, a mis libros, a mis gafas de ver de cerca, a las de ver de lejos, a los cuadros que me han regalado los amigos, a mis propios amigos, a mi cámara de fotos, a mi vida corpórea ( e incorpórea, si la hubiera), a todo aquello que deseo pero aún no tengo y a mi casa. Y cuando hablo de mi casa no hablo del piso en el que vivo en Valencia, sino de la de Altea.

He vivido de alquiler muchos años y me ha gustado. Tuve un casero cabrón, pero, en general, no tengo ninguna queja. En realidad, hasta echo de menos al casero cabrón. Me mandaba notas por debajo de la puerta para exigirme el pago mensual y me amenazaba con el desahucio. Era guardia forestal y tenía una escopeta, así que había que tener cuidado con no retrasarse demasiado con el alquiler. Cuando vives de alquiler sientes la casa como tuya. Lo único que me fastidia es haber dejado todos los pisos que alquilé más bonitos que cuando entré en ellos. Ahora soy propietario y la única diferencia que he encontrado es que he de asistir a las reuniones de vecinos. Bueno, también esto es mentira, porque paso de ir a las reuniones de vecinos. Total, para enfadarme y que finalmente hagan lo que les dé la gana… Es una pérdida de tiempo. Nuestro anterior administrador se fue con nuestra pasta. Si hubiera estado alquilado no me hubiera preocupado en absoluto. Con los administradores de fincas, con los hombres sin ojeras y con las lavadoras viejas hay que andarse con mucho cuidado.

La vida: ¿rápida o lenta?

Paseo al ritmo que me permiten mis piernas (no tengo carné de conducir ni patinete ni bici) y no me gusta viajar. No me interesa saber lo rápido que puedo correr porque no tengo prisa por llegar a ninguna parte. Lo cierto es que ya estoy donde quiero estar. He leído en un sobrecito de azúcar que lo importante es el camino. Puede ser, pero a mí me gusta caminar con calma y hacia un destino. No me gustan los finales abiertos. 

Aunque sí que hay algunas cosas que me gustan a toda velocidad, como los 100 metros lisos olímpicos, los golpes en la calva del viejo de Benny Hill, las peleas de los karatekas chinos y los lunes.

viernes, 23 de abril de 2021

Sergey Egupov, futbolista

A Sergey Egupov, in memoriam.

Últimamente escucho más que nunca la palabra épica relacionada con el mundo del fútbol. Se habla de esos equipos humildes que a fuerza de esfuerzo y coraje consiguen en ocasiones doblegar a los poderosos. Escuadras en las que sus jugadores pierden los dientes en campos embarrados y que se duchan con agua fría en vestuarios con aroma a sobaco y a Linimento Sloan. Esto, por lo que me dicen, tendría los días contados en Europa si los clubes más poderosos deciden crear un torneo elitista y hacer la guerra por su cuenta. En esta liga sólo participarían estos equipos ricos y algún invitado elegido por ellos. La competición sería financiada con millones a paletadas por un banco americano. De este modo, los clubes millonarios podrían saldar sus deudas y, con el sobrante, fichar a los mejores jugadores del mundo. La brecha entre los opulentos y los modestos sería ya infranqueable.

No acabo de caerme de un guindo, por lo que intuyo que esto no deja de ser un tira y afloja entre millonetis para seguir ganando pingües pastizales. Total, de arruinarse ya se encargarían los gobiernos de sacar adelante las deudas con nuestro dinero. Ya lo hicieron con los bancos y lo harían con el fútbol, porque sin fútbol no habría paz.  Dicho lo cual, me adhiero a la opinión más o menos interesada de algunos futbolistas y entrenadores que opinan que no merece la pena esforzarse si no existe la recompensa. ¿Qué más da ganar o perder si de igual modo ves a estar siempre dentro o fuera de la máxima competición europea?

De todos modos, y mientras escribo esto, parece que el asunto se desinfla. Se conoce que a los clubes ricos ya les han untado los organismos de fútbol europeos.

Pero todo este embrollo me ha evocado una historia de fútbol verdaderamente épica. La leí no sé dónde y no recuerdo con precisión la fecha en la que ocurrió, aunque debió ser por los años setenta del pasado siglo.  Por entonces el FC  Avtomovil Zavod de Cheboksari, ciudad de la República de Chuvasia que pertenecía a la URSS, militaba en la Tercera División Soviética de fútbol. El Avtomovil Zavod disputaba sus encuentros en el Novyy Stadion de Cheboksari. Los colores de su elástica eran celeste y burdeos. El FC Avtomovil Zavod era un equipo humilde. Buena parte de su plantilla estaba formada por trabajadores reclutados en la fábrica de coches y tractores que daba nombre al club. Se trataba de hombres rudos, broncos, acostumbrados a trabajar en la cadena de montaje y a meterse en peleas en cualquier tugurio tras gastarse el jornal en vodka. Sergey Egupov era uno de estos hombres. Sergey jugaba de lateral izquierdo.

Aquella tarde, el FC Avtomovil Zavod se enfrentó como visitante al FC Vintovka Ubiytsy, de la ciudad siberiana de Kémerovo. El Vintovka Ubiytsy vestía completamente de negro, excepto la hoz y el martillo rojos que adornaban su escudo, y su defensa pasaba por ser un tanto expeditiva. No en balde, contaban con el récord de fracturas de tibias rivales desde la década de los veinte. Sin embargo, este partido se preveía tranquilo. Era el último de la temporada y a ambos equipos les bastaba con el empate para salvar la categoría, por lo que el pacto de no agresión parecía la opción más razonable. Así, la contienda transcurría con normalidad, un ojo morado aquí un mordisco allá, y sin mayores contratiempos. Ambos equipos parecían conformarse con el empate a cero inicial. Fue entonces, a pocos minutos del final, cuando Aleksander Filimonov, portero del Avtomovil Zavod, vio a Sergey Egupov desmarcado y lanzó un soberbio y preciso pelotazo que cogió desprevenida a la zaga del Vintovka. Sergey controló el balón con elegancia y enfiló hacia la portería rival acompañado por varios camaradas de contraataque. Misha Yarostny, el sanguinario central de la escuadra de Kémerovo, vio peligrar la permanencia y corrió a neutralizar a Sergey. Entre Sergey Egupov y el guardameta rival sólo se interponía el carnicero Misha. Si Sergey conseguía esquivarlo el camino quedaría expedito. Pero Misha llegó al cruce y pese a la corpulencia de Sergey consiguió tumbarlo en el suelo tras una entrada criminal. El árbitro, temeroso sin duda de represalias, dejó seguir el juego. Sergey parecía roto, pero se levantó del embarrado, persiguió a Misha con pundonor, recuperó el cuero, avanzó por la banda y centró un balón medido a Yuri Zolotaya Golova, su delantero centro. El arquero salió a defender a la desesperada y arrolló a Yuri. El árbitro, a su pesar, no tuvo más remedio que pitar el penalti. El cronómetro marcaba el minuto noventa del choque. La tangana fue monumental y Sergey repartió tantas patadas y puñetazos como el que más. Al colegiado le zurró la badana el masajista del Vintovka y los linieres tomaron las de Villadiego. La afición rival se unió a la golpiza, pero los jugadores del Avtomovil no se dejaron amilanar. Finalmente, la policía bolchevique intervino con la diplomacia que les caracterizaba y templo gaitas a culatazos de Kalásnikov. El réferi, que se había acochinado debajo de una silla en el vestuario, regresó al barro por medio de la misma táctica conciliadora y señaló de nuevo el punto de penalti. Se le veía maltrecho, tembloroso y, por lo que imagino, acogiéndose a la voluntad del Dios ortodoxo. No podría despedirse de los suyos si el FC Avtomovil Zavod marcaba el penalti.

Sergey Egupov se prestó voluntario para ejecutar la pena máxima. La policía impedía que los aficionados del Vintovka Ubiytsy invadiesen la cancha. El portero se ubicó bajo palos y Egupov colocó el cuero con mimo sobre el punto de penalti. El árbitro encomendó su alma al Cristo Pantocrator y sopló su silbato.

Lo que ocurrió después forma parte, como se dijo, de la historia épica del balompié. Basta con consultar la Wikipedia para rememorar la efeméride.

El FC Avtomovil Zavod ganó el partido y mantuvo la categoría.

Sergey Egupov perdió la pierna. Sufrió una fractura de tibia y peroné después de la entrada del carnicero Misha. Aun así, se mantuvo en el terreno de juego durante minutos, peleó bravamente contra los jugadores rivales y ejecutó el penalti que dio la victoria definitiva a su equipo. En Cheboksari hay una calle que le homenajea. A su entrada, una escultura tullida se erige en honor a su memoria.

El árbitro compadrea con la familia Romanov en la parcela rusa del inframundo. No existe escultura alguna que le recuerde.

El muro de Berlín cayó en 1989.

Diez de los doce equipos fundadores de la Superliga europea abandonaron el barco dos días después de su fundación.

 

jueves, 22 de abril de 2021

Cruces

Salíamos del "Horno de los Colgados", sobre la una y pico de la madrugada, y nos reíamos escuchando en la radio del coche a Gomaespuma, un par de tipos muy divertidos, con una clase de humor heredado de Tip y Coll y de Gila. Después conocí a Faemino y Cansado y supe que había otros maestros. 

Los Gomaespuma, bastantes años después, dirigían un programa a primera hora de la mañana en M80, una emisora de radio fórmula muy penosa. Aborrezco la nostalgia musical cuando es hortera y vergonzante. El caso es que, pasados los años, los Gomespuma cedieron su puesto a un chico de Requena, Pablo Motos, y a un equipo muy solvente que se lo había currado después de muchos años de trabajo en la Cadena Ser en Valencia. El programa no estaba mal y, sin llegar ni de lejos a las cotas de fino humor de sus antecesores, entretenía mientras te afeitabas. Y entonces, un buen día Motos, a quién ya se le notaba que se la chuparía de haberse operado las flotantes, se mofó de Jonathan Richman. Pobre puto paleto, el tal Motos.

Jonathan Richman es un compositor al que se le adivina una sólida cultura musical, con un estilo popular e ingenuo que engancha de inmediato. Su voz, es cierto, resulta chocante, y sus gallitos, ensayados o no, añaden un encanto simpar a sus canciones. Pocas veces he disfrutado tanto en un concierto como en aquel en el que actuó junto a su banda, los Modern Lovers, y al que asistimos no más de cincuenta personas. 

El Motos tuvo que envainársela cuando alguien le sopló que Richman es una figura muy reconocida en EEUU. Pero yo ya le había puesto una cruz. Nunca más escuché su programa ni ningún otro en el que participase. Por lo que sé, desde hace un buen puñado de años triunfa en la tele haciendo gala de su patético histrionismo. Hay público pa' to. 

 

No me considero un tipo rencoroso, pero cuando alguien me trata con displicencia, mala educación o soberbia lo marco de por vida. No tengo ningún afán de revancha ni le deseo nada malo, simple y llanamente lo borro de mi vida.  El problema es que cumplo años y mi vía crucis cuenta por decenas, si no por cientos, los bares, restaurantes o comercios que he vetado Sé que me estoy perdiendo ese magnífico cous-cous sólo porque un día el dueño del restaurante dudó de mis conocimientos acerca del ritual para comérselo... ¡Pues metiéndoselo en la boca, masticando y tragándotelo, gilipollas! Que le den al puto gastrónomo que, además, es belga. Tampoco volveré a aquella camisería en la que el dependiente definió mi cuerpo como el del clásico asténico de pecho hundido con barriga de obeso. Salí de ahí hermanado de sopetón con Joseph Merrick y Quasimodo, pero resuelto a defender con orgullo mi discapacidad. Y quizá Brígida tuviera razón cuando se quejó de la consistencia de mi pilila, pero, de todos modos, la dejé. 

 

Motos, el puto belga, el dependiente eugenésico y Brígida están crucificados, como tantos otros. Siento mucho mi cabezonería, pero, como dice mi padre, cada uno es cada cual y tiene sus "cadaunadas".

 

Una tarde de lluvia en Valencia

1 Una tarde de lluvia en Valencia, donde, cuando llueve, llueve. Debajo del paraguas escucho las canciones del primer disco de Tracy Chapm...