lunes, 19 de julio de 2021

Reflexiones sencillas

 

Lectura en papel o digital

No soy un fanático. Entiendo la comodidad de informarse a través de dispositivos digitales. Estás informado al segundo. Leer periódicos en papel cada vez tiene menos alicientes. Pero amo al papel como a la madera, al hierro o a la piedra. Lo prefiero al plástico y a lo inmaterial, a lo efímero y a lo inconsistente. Lo huelo, lo toco, dibujo sobre él y lo leo. Sería absurdo defender lo contrario cuando peleo junto a unos amigos tarados por editar una revista de papel. Mis libros están en las estanterías, no en una tablet o en la nube. Los consulto y los releo. Sé que lo que importa es leer, más allá del formato en el que lo hagas. Pero el libro es un formato útil y bello. Un fetiche. A veces, dentro de un libro, me encuentro recuerdos de quien fui o de quien fue otro. Notas en los márgenes o los marcadores de lectura, que siempre me dan pistas de la época en la que se leyó el libro.

Le pregunté a mi hijo qué beneficios encontraba (si es que los encontraba) a estudiar con libros de papel y me dijo que cansaban menos la vista, que podía dibujar pollas y que se despistaba menos que conectado a internet. Los de las pollas es, sin duda, un argumento irrebatible.

Formación online o cara a cara

Haría un flaco favor a mi profesión si eligiese el online.  Mi compañero de trabajo Walter lleva meses insistiéndome para que monte un curso de Narrativa Online. Y lo haré. Pero creo que la mayor virtud de un profesor es saber manejarse cara a cara. A mí me encanta debatir con mis alumnos, enlazar unos temas con otros y sacar conclusiones de ello. Para eso me he formado. El formato online, por mucho que se me lleve la contraria, no permite ese tipo de debate cercano. Es un formato encorsetado, nada dado a la improvisación. Yo llevo mis clases perfectamente estructuradas, pero me encanta cuando los alumnos abren nuevas vías de debate, aunque en ocasiones la deriva haga que acabemos comparando la atonía muscular de los prerrafaelitas con la exigua talla de calzoncillos de Pieter Brueghel (el Viejo).

Hoteles o camping

Hace muchos años que dejé de viajar con la mochila. Nunca me gustó. En los campings hay pulgas y compartes las duchas y las diarreas. Pero tampoco me gustan los hoteles, por lujosos que sean. En realidad, lo que no me gusta es salir de casa. En los hoteles no tengo mis almohadas, y las necesito para dormir, aunque sea poco. Y en los hoteles hay clientes. Algunos de ellos son niños. Si entiendo de algún modo las vacaciones es sin gente, y, desde luego, sin niños gritando. No soporto los bufetes. No aguanto compartir la piscina. Me siento culpable si alguien me hace la cama. Y, sobre todo, en los hoteles no descanso. Y las vacaciones están pensadas para descansar, digan lo que digan los hiperactivos. Yo entiendo el descanso como algo que uno hace solo, en silencio. Durante las vacaciones cocino, leo, escribo, dibujo y huyo de la gente. A veces, pierdo el tiempo. Sólo salgo de casa cuando me quedo sin comida o sin medicinas. Además, mi casa es un resort. ¿Para qué pagar por lo que ya tengo? Tengo una suerte y una antipatía que no me las merezco.

Cine o televisión

Si nos referimos a las cadenas habituales no me cabe duda: prefiero el cine. De hecho, no veo apenas la tele. En mi casa nadie la ve. Algún telediario de vez en cuando y poco más. Pero sí que es cierto que consumimos series y películas a través de Netflix o Filmin. Y encima gratis, porque las paga mi suegra.

Tengo que volver al cine. Hace tiempo que no voy. No hay nada como la oscuridad, una pantalla grande, un buen sonido y cualquier peli de Louis de Funès.

Comprar o alquilar

Aunque acaparo mucho, no le tengo apego a casi nada, excepto a la leña, a mi chatarra,  a los cientos de cachivaches que he amontonado, a mis vinilos, a mis plantas, a mi ordenador portátil, a mis utensilios de cocina, a mis zapatillas de ir por casa, a mis lápices, pinceles y libretas, a unos cuantos muebles, a mis libros, a mis gafas de ver de cerca, a las de ver de lejos, a los cuadros que me han regalado los amigos, a mis propios amigos, a mi cámara de fotos, a mi vida corpórea ( e incorpórea, si la hubiera), a todo aquello que deseo pero aún no tengo y a mi casa. Y cuando hablo de mi casa no hablo del piso en el que vivo en Valencia, sino de la de Altea.

He vivido de alquiler muchos años y me ha gustado. Tuve un casero cabrón, pero, en general, no tengo ninguna queja. En realidad, hasta echo de menos al casero cabrón. Me mandaba notas por debajo de la puerta para exigirme el pago mensual y me amenazaba con el desahucio. Era guardia forestal y tenía una escopeta, así que había que tener cuidado con no retrasarse demasiado con el alquiler. Cuando vives de alquiler sientes la casa como tuya. Lo único que me fastidia es haber dejado todos los pisos que alquilé más bonitos que cuando entré en ellos. Ahora soy propietario y la única diferencia que he encontrado es que he de asistir a las reuniones de vecinos. Bueno, también esto es mentira, porque paso de ir a las reuniones de vecinos. Total, para enfadarme y que finalmente hagan lo que les dé la gana… Es una pérdida de tiempo. Nuestro anterior administrador se fue con nuestra pasta. Si hubiera estado alquilado no me hubiera preocupado en absoluto. Con los administradores de fincas, con los hombres sin ojeras y con las lavadoras viejas hay que andarse con mucho cuidado.

La vida: ¿rápida o lenta?

Paseo al ritmo que me permiten mis piernas (no tengo carné de conducir ni patinete ni bici) y no me gusta viajar. No me interesa saber lo rápido que puedo correr porque no tengo prisa por llegar a ninguna parte. Lo cierto es que ya estoy donde quiero estar. He leído en un sobrecito de azúcar que lo importante es el camino. Puede ser, pero a mí me gusta caminar con calma y hacia un destino. No me gustan los finales abiertos. 

Aunque sí que hay algunas cosas que me gustan a toda velocidad, como los 100 metros lisos olímpicos, los golpes en la calva del viejo de Benny Hill, las peleas de los karatekas chinos y los lunes.

viernes, 23 de abril de 2021

Sergey Egupov, futbolista

A Sergey Egupov, in memoriam.

Últimamente escucho más que nunca la palabra épica relacionada con el mundo del fútbol. Se habla de esos equipos humildes que a fuerza de esfuerzo y coraje consiguen en ocasiones doblegar a los poderosos. Escuadras en las que sus jugadores pierden los dientes en campos embarrados y que se duchan con agua fría en vestuarios con aroma a sobaco y a Linimento Sloan. Esto, por lo que me dicen, tendría los días contados en Europa si los clubes más poderosos deciden crear un torneo elitista y hacer la guerra por su cuenta. En esta liga sólo participarían estos equipos ricos y algún invitado elegido por ellos. La competición sería financiada con millones a paletadas por un banco americano. De este modo, los clubes millonarios podrían saldar sus deudas y, con el sobrante, fichar a los mejores jugadores del mundo. La brecha entre los opulentos y los modestos sería ya infranqueable.

No acabo de caerme de un guindo, por lo que intuyo que esto no deja de ser un tira y afloja entre millonetis para seguir ganando pingües pastizales. Total, de arruinarse ya se encargarían los gobiernos de sacar adelante las deudas con nuestro dinero. Ya lo hicieron con los bancos y lo harían con el fútbol, porque sin fútbol no habría paz.  Dicho lo cual, me adhiero a la opinión más o menos interesada de algunos futbolistas y entrenadores que opinan que no merece la pena esforzarse si no existe la recompensa. ¿Qué más da ganar o perder si de igual modo ves a estar siempre dentro o fuera de la máxima competición europea?

De todos modos, y mientras escribo esto, parece que el asunto se desinfla. Se conoce que a los clubes ricos ya les han untado los organismos de fútbol europeos.

Pero todo este embrollo me ha evocado una historia de fútbol verdaderamente épica. La leí no sé dónde y no recuerdo con precisión la fecha en la que ocurrió, aunque debió ser por los años setenta del pasado siglo.  Por entonces el FC  Avtomovil Zavod de Cheboksari, ciudad de la República de Chuvasia que pertenecía a la URSS, militaba en la Tercera División Soviética de fútbol. El Avtomovil Zavod disputaba sus encuentros en el Novyy Stadion de Cheboksari. Los colores de su elástica eran celeste y burdeos. El FC Avtomovil Zavod era un equipo humilde. Buena parte de su plantilla estaba formada por trabajadores reclutados en la fábrica de coches y tractores que daba nombre al club. Se trataba de hombres rudos, broncos, acostumbrados a trabajar en la cadena de montaje y a meterse en peleas en cualquier tugurio tras gastarse el jornal en vodka. Sergey Egupov era uno de estos hombres. Sergey jugaba de lateral izquierdo.

Aquella tarde, el FC Avtomovil Zavod se enfrentó como visitante al FC Vintovka Ubiytsy, de la ciudad siberiana de Kémerovo. El Vintovka Ubiytsy vestía completamente de negro, excepto la hoz y el martillo rojos que adornaban su escudo, y su defensa pasaba por ser un tanto expeditiva. No en balde, contaban con el récord de fracturas de tibias rivales desde la década de los veinte. Sin embargo, este partido se preveía tranquilo. Era el último de la temporada y a ambos equipos les bastaba con el empate para salvar la categoría, por lo que el pacto de no agresión parecía la opción más razonable. Así, la contienda transcurría con normalidad, un ojo morado aquí un mordisco allá, y sin mayores contratiempos. Ambos equipos parecían conformarse con el empate a cero inicial. Fue entonces, a pocos minutos del final, cuando Aleksander Filimonov, portero del Avtomovil Zavod, vio a Sergey Egupov desmarcado y lanzó un soberbio y preciso pelotazo que cogió desprevenida a la zaga del Vintovka. Sergey controló el balón con elegancia y enfiló hacia la portería rival acompañado por varios camaradas de contraataque. Misha Yarostny, el sanguinario central de la escuadra de Kémerovo, vio peligrar la permanencia y corrió a neutralizar a Sergey. Entre Sergey Egupov y el guardameta rival sólo se interponía el carnicero Misha. Si Sergey conseguía esquivarlo el camino quedaría expedito. Pero Misha llegó al cruce y pese a la corpulencia de Sergey consiguió tumbarlo en el suelo tras una entrada criminal. El árbitro, temeroso sin duda de represalias, dejó seguir el juego. Sergey parecía roto, pero se levantó del embarrado, persiguió a Misha con pundonor, recuperó el cuero, avanzó por la banda y centró un balón medido a Yuri Zolotaya Golova, su delantero centro. El arquero salió a defender a la desesperada y arrolló a Yuri. El árbitro, a su pesar, no tuvo más remedio que pitar el penalti. El cronómetro marcaba el minuto noventa del choque. La tangana fue monumental y Sergey repartió tantas patadas y puñetazos como el que más. Al colegiado le zurró la badana el masajista del Vintovka y los linieres tomaron las de Villadiego. La afición rival se unió a la golpiza, pero los jugadores del Avtomovil no se dejaron amilanar. Finalmente, la policía bolchevique intervino con la diplomacia que les caracterizaba y templo gaitas a culatazos de Kalásnikov. El réferi, que se había acochinado debajo de una silla en el vestuario, regresó al barro por medio de la misma táctica conciliadora y señaló de nuevo el punto de penalti. Se le veía maltrecho, tembloroso y, por lo que imagino, acogiéndose a la voluntad del Dios ortodoxo. No podría despedirse de los suyos si el FC Avtomovil Zavod marcaba el penalti.

Sergey Egupov se prestó voluntario para ejecutar la pena máxima. La policía impedía que los aficionados del Vintovka Ubiytsy invadiesen la cancha. El portero se ubicó bajo palos y Egupov colocó el cuero con mimo sobre el punto de penalti. El árbitro encomendó su alma al Cristo Pantocrator y sopló su silbato.

Lo que ocurrió después forma parte, como se dijo, de la historia épica del balompié. Basta con consultar la Wikipedia para rememorar la efeméride.

El FC Avtomovil Zavod ganó el partido y mantuvo la categoría.

Sergey Egupov perdió la pierna. Sufrió una fractura de tibia y peroné después de la entrada del carnicero Misha. Aun así, se mantuvo en el terreno de juego durante minutos, peleó bravamente contra los jugadores rivales y ejecutó el penalti que dio la victoria definitiva a su equipo. En Cheboksari hay una calle que le homenajea. A su entrada, una escultura tullida se erige en honor a su memoria.

El árbitro compadrea con la familia Romanov en la parcela rusa del inframundo. No existe escultura alguna que le recuerde.

El muro de Berlín cayó en 1989.

Diez de los doce equipos fundadores de la Superliga europea abandonaron el barco dos días después de su fundación.

 

jueves, 22 de abril de 2021

Cruces

Salíamos del "Horno de los Colgados", sobre la una y pico de la madrugada, y nos reíamos escuchando en la radio del coche a Gomaespuma, un par de tipos muy divertidos, con una clase de humor heredado de Tip y Coll y de Gila. Después conocí a Faemino y Cansado y supe que había otros maestros. 

Los Gomaespuma, bastantes años después, dirigían un programa a primera hora de la mañana en M80, una emisora de radio fórmula muy penosa. Aborrezco la nostalgia musical cuando es hortera y vergonzante. El caso es que, pasados los años, los Gomespuma cedieron su puesto a un chico de Requena, Pablo Motos, y a un equipo muy solvente que se lo había currado después de muchos años de trabajo en la Cadena Ser en Valencia. El programa no estaba mal y, sin llegar ni de lejos a las cotas de fino humor de sus antecesores, entretenía mientras te afeitabas. Y entonces, un buen día Motos, a quién ya se le notaba que se la chuparía de haberse operado las flotantes, se mofó de Jonathan Richman. Pobre puto paleto, el tal Motos.

Jonathan Richman es un compositor al que se le adivina una sólida cultura musical, con un estilo popular e ingenuo que engancha de inmediato. Su voz, es cierto, resulta chocante, y sus gallitos, ensayados o no, añaden un encanto simpar a sus canciones. Pocas veces he disfrutado tanto en un concierto como en aquel en el que actuó junto a su banda, los Modern Lovers, y al que asistimos no más de cincuenta personas. 

El Motos tuvo que envainársela cuando alguien le sopló que Richman es una figura muy reconocida en EEUU. Pero yo ya le había puesto una cruz. Nunca más escuché su programa ni ningún otro en el que participase. Por lo que sé, desde hace un buen puñado de años triunfa en la tele haciendo gala de su patético histrionismo. Hay público pa' to. 

 

No me considero un tipo rencoroso, pero cuando alguien me trata con displicencia, mala educación o soberbia lo marco de por vida. No tengo ningún afán de revancha ni le deseo nada malo, simple y llanamente lo borro de mi vida.  El problema es que cumplo años y mi vía crucis cuenta por decenas, si no por cientos, los bares, restaurantes o comercios que he vetado Sé que me estoy perdiendo ese magnífico cous-cous sólo porque un día el dueño del restaurante dudó de mis conocimientos acerca del ritual para comérselo... ¡Pues metiéndoselo en la boca, masticando y tragándotelo, gilipollas! Que le den al puto gastrónomo que, además, es belga. Tampoco volveré a aquella camisería en la que el dependiente definió mi cuerpo como el del clásico asténico de pecho hundido con barriga de obeso. Salí de ahí hermanado de sopetón con Joseph Merrick y Quasimodo, pero resuelto a defender con orgullo mi discapacidad. Y quizá Brígida tuviera razón cuando se quejó de la consistencia de mi pilila, pero, de todos modos, la dejé. 

 

Motos, el puto belga, el dependiente eugenésico y Brígida están crucificados, como tantos otros. Siento mucho mi cabezonería, pero, como dice mi padre, cada uno es cada cual y tiene sus "cadaunadas".

 

sábado, 13 de marzo de 2021

Fútbol

 

Estimado señor:

Fui uno de esos niños a los que sólo eligen en el equipo de fútbol cuando el balón es suyo. Unas navidades pedí un balón a los Reyes Magos. Me trajeron uno de reglamento. Al día siguiente lo llevé al solar y pude capitanear mi propio equipo. Los capitanes de cada equipo seguíamos un ritual para seleccionar a nuestros jugadores. Nos situábamos uno enfrentado al otro a pocos metros de distancia y caminábamos a pasitos. Alternábamos nuestros pasitos colocando el talón del derecho pegado a los dedos del izquierdo y, después, el talón del izquierdo pegado a los del derecho. Así, avanzábamos poquito a poco, un pie delante del otro, y a cada paso uno gritaba: “¡oro!”, y el otro respondía: “¡plata!”.El primero que pisaba con la punta de su pie la zapatilla del rival decía “monta y cabe”. Si el pie montaba sobre el propio y el del contrario y, además, cabía entre ambos en horizontal, el ganador podía elegir al primer jugador. Se trataba, sin duda, de un método ecuánime para igualar las fuerzas. El primer jugador en ser elegido solía ser el goleador y el último el portero, porque para eso servía cualquier gordo. A mí, cuando no era el dueño del balón, me dejaban fuera o, en el mejor de los casos, me ponían de poste.

Coloqué mi balón, nuevecito de trinque, en el hipotético centro del solar. Rifamos el saque y ganó el contrario. Me daba un poco de rabia que el capitán del otro equipo estrenase oficialmente mi balón, pero las reglas son las reglas. Mi contrincante sacó con un pelotazo largo que pretendía sorprender al portero. La pelota voló por encima de nuestras cabezas y se perdió por encima de la tapia que cercaba el solar. Salí corriendo a buscarla pero no la encontré. Me imagino que alguien que pasaba por ahí se la llevó. Me quedé sin regalo de Reyes antes de pegarle un chut en condiciones.

Desde entonces sólo jugué al fútbol con los niños que leían y únicamente los días de lluvia, que era cuando dejaban libre el solar. Además, como sea que los niños que leían no pedían balones a los Reyes Magos, jugábamos con pelotas que fabricábamos con el papel de plata que envolvía nuestros bocadillos del almuerzo.

Los niños que leían me contagiaron su afición y, con el tiempo e inspirado por mis lecturas, yo mismo comencé a escribir. Pasados los años me alcanzó el éxito y fui apreciado por los lectores y la crítica. Es por eso que el pasado domingo me invitaron a realizar el saque de honor en el partido que enfrentaba al Levante UD, el equipo de mi barrio, contra el Valencia CF, nuestro eterno rival. Comprenderá usted, después de lo narrado ut supra, mi reacción al verme en el estadio, delante del balón y jaleado por miles de aficionados. Impelido por aquellos recuerdos gambeteé entre los jugadores del Valencia que, entre perplejos y divertidos, no comprendían si se trataba de un repentino brote sicótico o de una improvisación artística. Mi sensación al perforar la meta valencianista me acercó al orgasmo.

Lo que sucedió a continuación, para mi disgusto, ha trascendido las fronteras y me ha elevado a la categoría de trending topic mundial. Es evidente que la desnudez cargada de lorzas de un sexagenario es motivo de mofa y hasta, si quiere, de censura estética. Pero acusarme de escándalo público y acompañar mi vergüenza de una multa desproporcionada es sin duda una exageración. Apelo a su señoría, pues, para que reconsidere su sentencia. Dadas las circunstancias, ruego que valore el atenuante de la erección involuntaria y, en su caso, la eximente de trauma infantil.

Causa que traslado a V.E. en Valencia, a 14 de marzo de 2021.

 

 

 

domingo, 21 de febrero de 2021

Libertad de expresión

Pablo Hasél dice ser poeta y rapero. Bueno, Pablo Hasél es poeta y rapero, porque basta con que digas ser lo que se te ocurra para inmediatamente serlo. Tal y como están las cosas, por ejemplo, tienes derecho a ser madre aunque los cojones te cuelguen hasta las rodillas. Pablo Rivadulla, nombre de pila del rapero, escribe poemas. Busco en internet y me encuentro con estos versos inspirados, imagino, por el estro:

“No me da pena tu tiro en la nuca, ‘pepero’. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, ‘socialisto’. Me da pena el que muere en un andamio”

“Mira a los puercos del PSOE comiéndosela a la monarquía. Los dispararía uno a uno, sería oportuno, algo mejoraría

“¡Merece que explote el coche de Patxi López!”

“Pienso en balas que nucas de jueces nazis alcancen”

“¡Que alguien clave un piolet en la cabeza a José Bono!”

 “Quienes manejan los hilos merecen mil kilos de amonal”

Y otros que aluden a la Familia Real española desde la metáfora sutil:

 

“Voy a decir como Corina: guillotina”

 

“Si Froilán se disparó en el pie siendo menor de edad igual ahora que es mayor de edad va a disparar a toda la Familia Real”

 

“Los parásitos de los Borbones siguen de trapis con los decapitadores de los homosexuales”

 

No quisiera darme pisto, pero vengo cagándome en la Familia Real, de viva voz o por escrito, desde el setenta y cinco del siglo pasado. Mi padre pensaba que me iban a enchironar pero, desafortunadamente, nunca tuve tantos seguidores como Rivadulla, por lo que perdí la oportunidad de convertirme en un mártir y el dolce far niente carcelario. Vamos, que  a partir de este momento sé de lo que hablo.

 

Al poeta y rapero Hasél lo han metido en la cárcel porque, según el Supremo y tras algún recurso:

 

No queda la conducta amparada por la libertad de expresión o difusión de opiniones invocada por el acusado y su defensa, en el entendido de que a los fines del terrorismo resultan extraordinariamente útiles y valiosas las aportaciones de quienes, como el recurrente, ensalzan las acciones, justifican la violencia y expresan simpatía frente a la eliminación física del disidente. No se trata, como se pretende en el recurso, de sancionar penalmente una discrepancia respecto de la ideología política o social de otros, sino, dada la forma en que se exterioriza y expresa la discrepancia, de penar la incitación, la provocación y el riesgo que genera de que terceras personas, enardecidas por esas expresiones, retomen la violencia".

 

 

La sentencia está bien redactada y supongo que se ajusta a la ley. Otra cosa es que no esté de acuerdo con la ley y sí con Íñigo Errejón, el único político al que he oído discrepar con sensatez. Íñigo opina, como yo, que cualquier gilipollas tiene derecho a decir lo que le apetezca. En eso consiste la libertad de expresión. En ningún caso se pueden perseguir las ideas, vengan de donde vengan. Ahora, eso sí, sin refugiarse bajo el paraguas de la expresión artística y, sobre todo, sin hacer distingos.

 

En lo referente a la expresión artística he de decir que nunca he tenido claro cuáles son sus reglas. El tiempo de la técnica y de la emoción fue sepultado bajo la iconoclastia de las vanguardias históricas. Duchamp firmó con seudónimo e ironía un urinario y lo declaró obra de arte porque él, como artista, así lo había decidido. Y desde ese momento todo vale. Si Pablo Hasél dice ser poeta es porque lo es. Siempre habrá quien disfrute de sus poemas y quien justifique sus desvaríos. Así se cierra el círculo. Y si Pablo Hasél quisiera ser madre, quién sería yo para quitarle la ilusión.

 

Quiero insistir en mi idea de que cualquier gilipollas tiene derecho a decir gilipolleces, aunque me parece que parapetarse tras el escudo del arte no es más que una excusa. Yo prefiero a los que hacen política mintiendo y sobornando a pecho descubierto, Me explico. De un par de siglos a esta parte, el artista parece forzado a tomar partido ideológico y poner su obra al servicio de la causa. Viví un tiempo en el que los artistas estaban obligados a luchar contra una dictadura. Los artistas gastaban coderas en la chaqueta de pana, bufanda adornada de caspa y sarro denso en los dientes. Los artistas plásticos, los escritores, los cantantes, los ilustradores, los humoristas gráficos y muchos otros regateaban con ingenio a la censura o se enfrentaban a ella con valentía. Algunos, incluso, supieron navegar la ola vanguardista sin perder su carácter reivindicativo. Este país les debe mucho, muchísimo. Pero su momento crepuscular llegó tras la muerte del dictador. Los más inteligentes supieron reciclarse. Otros, se agostaron. Yo, que tenía doce años, me subí al tren del colorín lisérgico y la alegría. Ese movimiento, fruto de la incipiente democracia, quizá fútil, banal y hasta nihilista, instaló al país en la modernidad (signifique lo que signifique el término). Mirábamos con curiosidad de puertas para afuera y disfrutábamos de nuestro nuevo lugar en el mundo, más allá de la grisalla, el Polil y el chicle Dunkin. Por eso me llama la atención que los jóvenes progresistas amenicen sus acampadas con himnos “progres” del año de la rubeola como “Al vent” o “L’estaca”. Apestan a urinario grafiteado de estación de autobuses, a esmegma, a flit y a moscas ahogadas en un porrón.

 

Dos amigos de mi padre, simpatizantes socialistas, murieron asesinados por los nacionalistas racistas (valga la redundancia) de ETA. Eran profesores y buena gente. Ahora se les llamaría “buenistas” como sinónimo de pardillos. Quizá lo fueran. Uno piensa que educar en casa y formar en las escuelas evitará que en el futuro se arreglen las cosas a hostias. Nunca será así si los políticos alientan la violencia. En ese sentido, resulta chocante que Echenique, carne de cañón por su discapacidad, arengue a las hordas antisistema a destrozar escaparates de currantes y a quemar contenedores y mobiliario urbano que pagan sus padres a cuenta de sus sueldos. Hasta a atizar a periodistas y a quemar sus despachos, curiosa manera de defender la libertad de expresión. En un estado neofascista o neoestalinista, él sería el primero en caer de cabezón por un acantilado. Gracias a imbéciles como Echenique crece la ultraderecha de mierda en España.

 

Echenique es portavoz de un partido al que el poeta Hasél ha dado caña. Rivadulla no deja títere con cabeza. Pero Echenique y el presidente de su partido, que no duda en calificar la democracia española como deficiente (como lo son todas), apoyan los disturbios desde el gobierno al que han llegado mediante esa democracia poco plena. Nunca, en ningún caso, quisiera convertirme en un hater semántico, pero alguien que confunde el significado de “infringir” con el de “infligir” no puede ser vicepresidente ni de su escalera de vecinos. Ni mucho menos del gobierno de una nación. Y, desde luego, no cabe alentar a la turbamulta por cálculos electorales o por la mala conciencia de haber accedido al poder, tan deseado por otra parte. Ni abjurar de los policías que atizan a quienes les agreden pero palmear la espalda de los guardias civiles que protegen de escraches la valla de su chalet.

 

Leí hace años una historieta del Ivá sobre este tema. Ivá fue un gran comiquero y un tocapelotas sin igual. En apenas dos páginas contaba la evolución de un comunista español elegido eurodiputado. En el mitin en el que se despedía de sus compañeros de partido, el joven eurodiputado prometía defender los derechos de la clase trabajadora desde Bruselas. Como símbolo de su lucha se anudaba una corbata roja. Su madre se despedía de él dejando caer unas lagrimitas y preparándole un bocata de chorizo envuelto en Albal. En el avión, el eurodiputado bisoño conocía a un colega, también español, que viajaba en primera. Este le invitaba a acompañarle a la parte noble del avión. Ahí, bebían champán y comían jamón del bueno a cuenta de sus cargos. Lo primero que hacía el joven eurodiputado al aterrizar en Bruselas era tirar la corbata roja y el bocata de chorizo a una papelera del aeropuerto. Dos curritos españoles, que pasaban por ahí con sus monos de limpieza y sus escobas, se encontraban la corbata y el bocata. “¡Ostia tú! ¡Qué corbata má guapa!” -decían- “¡Y vaya peaso de bocata de choriso! Es que la gente no sabe disfrutá de lo güeno”.

Me da a mí que estos podemitas andan lost in translation y que, entretanto y de mudanza, disimulan confundiendo a los currantes que les votan con subnormales desfaenados que los apiolarían si los tuvieran a tiro.

 

En cuanto a ser antisistema, término ambiguo donde los haya, intuyo que no es un colectivo homogéneo y que hay quien lo utiliza a su conveniencia. De hecho, los antisistema son los primeros en quejarse de lo mal que funciona la seguridad social cuando se resfrían. Comprendo el hastío de quienes no tienen trabajo y que no encuentran solución en el sistema actual. De hecho (ya lo conté por ahí debajo) yo no pienso votar nunca más “enmiputavidaquemequeda(poca)”. Pero en estos grupúsculos abundan los violentos vocacionales, psicópatas tarados que disfrutan repartiendo estopa. Gilipollas, en suma, que reparten hostias por gusto o por odio conveniente, saqueando tiendas con ropa de marca o atizando a los que testifican en su contra (vease Pablo Rivadulla vs periodista de TV3 y Rivadulla vs testigo de juicio en su contra). En resumen, simples delincuentes aprovechados.

 

Anoche escuché en la radio a una tipa del partido del vicepresidente Pablo Iglesias. No recuerdo quién era, pero decía que había más presos por motivos ideológicos en España que en Irán. Me remito a la página de Amnistía Internacional, poco dada a tonterías:

 

“Las autoridades reprimieron con dureza el derecho a la libertad de expresión, de asociación y de reunión. Las fuerzas de seguridad emplearon medios letales de manera ilegítima para sofocar las protestas, mataron a cientos de personas y detuvieron arbitrariamente a miles de manifestantes. Las autoridades detuvieron de forma arbitraria a más de 200 defensores y defensoras de los derechos humanos y en muchos casos les impusieron penas de cárcel y flagelación. Una nueva ley permitió a las mujeres iraníes casadas con extranjeros transmitir la nacionalidad iranía a sus hijos e hijas, pero las mujeres seguían sufriendo discriminación, y las autoridades intensificaron la represión contra las defensoras de los derechos de las mujeres que hacían campaña contra la legislación relativa al uso obligatorio del velo. Las minorías étnicas y religiosas sufrían una arraigada discriminación. La tortura y otros malos tratos, incluso mediante la negación de atención médica, seguían siendo generalizados y sistemáticos, y se cometían con impunidad. Se aplicaban penas judiciales crueles, inhumanas y degradantes.Decenas de personas, varias de las cuales eran menores de 18 años en el momento del delito, fueron ejecutadas, a veces en público. Se vulneró de forma sistemática el derecho a un juicio justo. Las autoridades iraníes persistieron en cometer el crimen de lesa humanidad de desaparición forzada al ocultar sistemáticamente la suerte y el paradero de varios miles de personas que habían sido ejecutadas extrajudicialmente y en secreto en la década de 1980 por su disidencia política”.

 

Igüalico, igüalico que en Lérida

 

El otro día, tomando café, un buen amigo me dijo que hubiera ido a la manifestación pro Hasél porque en España no hay una democracia plena. Bien, voy a darle la vuelta a los poemas de Rivadulla pero cantando, porque así todo vale y contaré con el apoyo de mis colegas artistas:

 

“No me da pena tu tiro en la nuca, ‘rapero’. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, ‘puerco Hasél’. Me da pena el que muere en un andamio”

“Mira a los puercos de Podemos comiéndosela al muerto Chávez. Los dispararía uno a uno, sería oportuno, algo mejoraría(sic el “los”).

“¡Merece que explote el coche de Pablo Iglesias!”

“Pienso en balas que nucas de jueces nacionalistas alcancen” (sic construcción lamentable).

“¡Que alguien clave un piolet en el cabezón de Pablo Echenique!”

 “Quienes manejan los hilos merecen mil kilos de amonal” (literal).

En lo que se refiere a los Borbones, pensé en copiar y pegar todo lo que he escrito hasta hoy, pero es mucho y me da pereza. Creo que sobra decir, cada vez con menos ganas, que me cago en el Rey Juan Carlos I y en toda su progenie. Pero también en el puto poetastro rapero Hasél, vergüenza del soul, de la literatura y de la democracia.

Por cierto, amigo, te quiero mucho. ¡Viva John Coltrane!

P.D: Durante la redacción de este artículo se sacrificaron miles de neuronas a cuenta de la escucha de un par de temas del rapero Hasél. Y no ando sobrado de ellas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

sábado, 19 de diciembre de 2020

Esparza

 

“¿Qué es el viento? Las orejas de Esparza en movimiento”.

Esparza, en efecto, tenía las orejas muy grandes y de soplillo. Además, parecían no tener cartílago, como si fueran de goma, de manera que Esparza se las plegaba poquito a poco, cual trabajo de papiroflexia, y las dejaba encajadas en el oído. Después, se tapaba la nariz, cerraba la boca e hinchaba los carrillos y, pliegue a pliegue, las orejas se desdoblaban como por arte de magia.

Un día jugábamos al escondite en mi casa. Mis padres habían salido y nos reunimos unos cuantos amigos. No tendríamos más de diez u once años. Al que le tocó pagar contó hasta cien y buscó al resto. A mí me encontró en un armario, disfrazado de batín y colgado de una percha. Mi amigo Alfredo, que era pequeñito, se encogió dentro del horno. Y Belda se desnudó y se preparó un baño caliente de espuma con la intención de sumergirse en él cuando fueran a pillarle, pero no era bueno en apnea y fue descubierto. Los demás fueron apareciendo uno a uno. Menos Esparza. Nadie sabía dónde se había escondido Esparza. Algunos sospechamos que, contraviniendo las reglas que no permitían esconderse fuera de casa, en el rellano, en las escaleras, en el ascensor o en casa de un vecino, el tipo se había ocultado extramuros. Hasta que alguien gritó: “¡Está aquí. El tarado está aquí!”. Esparza, en efecto, se había escondido fuera de casa. El tío majara había abierto la ventana de un pequeña terracita que daba al patio de luces y había salido al exterior. Y allí estaba Esparza, agarrado al marco de la ventana y con los pies en una cornisita de no más de diez centímetros de ancho. Mis padres vivían en un séptimo. A mí me pudo el vértigo y me di media vuelta. Imaginaba a Esparza cayendo desde esa altura y batiendo las orejas en un intento desesperado de remontar el vuelo pero, finalmente, aterrizando de cabeza y esparciendo su magra sesera sobre el suelo del deslunado. Gracias a Dios, Esparza regresó a la terracita al grito de “¡He ganado! ¡Soy el mejor!”. Alguien le hizo notar que se había saltado las normas, que habíamos quedado en que nadie se podía esconder fuera de casa. Sin embargo, Esparza aludió que no estaba fuera de casa porque la terracita pertenecía a ella y sus manos, aferradas al marco de la ventana, estaban dentro. Y no supimos qué decirle porque Esparza era un subnormal, sí, pero esta vez no le faltaba algo de razón.

Una tarde, después del colegio, fui a casa de Esparza. Era un piso oscuro con un pasillo muy largo. “Ven”, me dijo. “Te voy a enseñar mi laboratorio”.  Al fondo del pasillo había una puerta con la pintura algo descascarillada y un cristal esmerilado en el cuarterón superior. En el laboratorio, que según supe más tarde era donde la hermana de Esparza trabajaba en sus prácticas de veterinaria, había jaulas y terrarios. En las jaulas había conejos y pequeños ratoncitos, y en los terrarios ranas y lagartijas. “Vamos a abrir un conejo”, me dijo Esparza. Y, ni corto ni perezoso, durmió al conejo con cloroformo y se dispuso a rajarlo con un bisturí. A mí aquello me horrorizó y le rogué que no lo hiciera. Pero Esparza me contestó que me encantaría, que no había nada más divertido que ver palpitar el corazón de un conejo dormido y que, después, lo coseríamos para que su hermana pudiera seguir practicando. En vista de que el psicópata, bisturí en ristre, se disponía a sajar al pobre animalito, me largué y no volví nunca a su casa.

De vez en cuando me cruzaba con Esparza en los recreos. Acabada la EGB desapareció y no supe de él hasta que quince años después fui a comprar tabaco en un kiosco de la calle Salamanca. Detrás del mostrador estaba Esparza, con sus mismas orejotas, si acaso más grandes y carnosas, y con el gesto de quien tiene problemas de convivencia neuronal. Esparza no me reconoció. Me cobró el paquete de Bonanza y, antes de salir, me giré para echar un último vistazo. Esparza acariciaba un bonito conejo blanco, de ojos rojos y amplias orejas. Aquella noche no dormí del todo bien.

 

martes, 8 de diciembre de 2020

Píldoras

 

Hace meses que no escribo para el blog. Anduve metido en líos. Pero sí que he anotado algunas ideas que no he llegado a desarrollar. He desechado buena parte de ellas. Algunas porque son tristes y no tienen cabida en este blog. Otras, por muy malas. Me he quedado con las simplemente malas que paso a transcribir a modo de píldoras.

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Mi sobrino-hijo Nacho, de pequeño, no paraba de preguntarme por el precio de las cosas. Pasaba un coche y me preguntaba:

-        ¿Cuánto vale ese coche?

-        No lo sé Nacho – le respondía.

-        Pero di algo, di algo – insistía.

-        Que no lo sééééé.

-        Ya, ¡pero di algo, di algo! – machacaba.

-        Jodeeeer. Que no tengo ni ideaaaaa.

-        ¡Pero di algo, di algo!

-        ¡Hostia ya! ¡Que no lo sé! ¡Ni puta idea, coño, puto niño de los cojones!

Nunca he sabido calcular el precio de las cosas. A veces, ni me aproximo. Es raro que me encapriche con algo (pertenezco a la Cofradía del Puño Cerrado, vamos, que soy muy rata), pero, después de luchar a brazo partido contra mi miserabilidad y pensármelo un par de lustros, podría pagar una fortuna por cualquier cochambre herrumbrosa o carcomida, siempre y cuando no exceda los treinta euros (el concepto de fortuna atañe a cada cual y no admito discusiones al respecto). En resumen, que nunca sabré qué es caro o barato, porque todo me parece caro.

Menos los libros.

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Sé de la envidia por los que me envidian. Este aforismo de azucarillo de mierda, que me inventé borracho de tinto profundo, es en mi caso del todo cierto. La genética y la vida no podrían haber sido más amables conmigo, por lo tanto, ¿por qué y de quién sentir envidia? De todos los pecados capitales es el que menos me interesa. La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula y la pereza tienen su aquel. La soberbia es de gilipollas, pero apetece practicarla en contra de un soberbio, es decir, de un tonto engreído sin media hostia intelectual. La avaricia la practico y la entreno con obcecación. Apilo montañas de leña y prefiero pasar frío y comer crudo a gastarla en la chimenea o en una parrillada. La lujuria me queda lejos, pero la imagino. La ira, la reprimo. Ahora, también te lo digo, si pudiera me encantaría ponerme rojo y en ebullición y calzarle un par de bofetadas a más un paleto, con la mano abierta y cogiendo carrerilla. La gula engorda. Y con la pereza coqueteo pero no acaba en nada porque enseguida empieza a picarme el culo.

Si acaso, siento algún disgusto por no saber sumar, pero tampoco me quita el sueño.

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Rábula: abogado indocto, charlatán y vocinglero.

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Hace apenas un mes cumplí cincuenta y siete años. Se me han descolgado la nariz, las orejas y los cojones, que están a punto de caer al suelo como breva madura.

Y se me acaba la paciencia, sobre todo con los estúpidos.  

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Vi una persecución. Esperaba el semáforo verde para cruzar la avenida y un coche pasó a toda velocidad zigzagueando de un carril a otro. Pocos metros detrás, la policía le pisaba los talones con un utilitario nacional que metía mucho ruido de sirenas. Me fijé en el coche del malo, con la expectativa culpable de que sacase ventaja, y me di cuenta de que ponía el intermitente cada vez que cambiaba de carril. Delincuente, sí, pero con educación vial.

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Es una paradoja obvia, pero no deja de ser curioso que no hace tanto, digamos que hasta mediados del siglo pasado, se vivía menos, por lo que uno iba quemando etapas a otra velocidad. Mi padre era un tipo respetable antes de los treinta. Ni me lo imagino bailando desnudo y en trance paroxístico la sintonía del telediario, como hago yo cerca de los sesenta. Pero, y aquí la paradoja, también el ritmo de vida era otro, como de paseo. Ahora vamos al galope, con la lengua fuera, aun a sabiendas de que quizá tengamos una mayor esperanza de vida.

Voy a darme una vuelta arrastrando los pies.

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“Ninguna buena acción queda sin castigo” (Billy Wilder).

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Hay un programa en la tele que se titula “Cómo nos reímos”. Lo he pescado de refilón unas cuantas veces y, dependiendo del humorista, he caído una y otra vez en la misma trampa. Los editores de este programa son unos hijos de la gran puta. Una historia, se cuente o no en tono humorístico, necesita de unos tiempos. Los mierdas cabrones de mierda de este programa se empeñan en trocear el montaje de los chistes intercalando imágenes de diferentes programas para, a su entender, dinamizar (odioso verbo) el ritmo de los mismos. Entre eso y algunas risas de lata (contra las que, por cierto, no tengo nada si no tartamudean) me pongo enfermo. Por los pasillos de la tele pública, al viento y desatadas de estacas, ruedan poderosas esferas de caspa. Por las demás televisiones, también.

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He leído mientras cagaba un artículo de un ejemplar del “Blanco y Negro” del año 1959. Aquel año hubo un referéndum en Suiza para decidir si las mujeres eran merecedoras del voto o no. Salió que no. El articulista defendía la opinión general del pueblo suizo que argumentaba que el voto de las mujeres duplicaba el ya sabido, puesto que las mujeres votarían lo que les dijeran sus padres, sus novios o sus maridos.

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Le preguntaron a un futbolista argentino, recién fichado por un equipo español, que qué diferencias encontraba entre el fútbol de allá y el de acá. “Mire -contestó-. El otro día, acá en Madrid, paseaba por un parque. Un niño chutó fuerte al balón que fue a parar a los pies de un tipo que caminaba por ahí. El tipo se lo devolvió al primer toque. Allá, en la Argentina, hubiéramos gambeteado de espuela, de empeine y de testa antes de devolverle  el cuero al pibe”.  

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Y ahora refiero una serie de apuntes que me parecieron interesantes en su momento y que ahora no entiendo en absoluto:

-        El codo.

-        Iconoclastia y libertad de expresión.

-        Elevar el precio.

-        Voluptuosidad en el retrete.

-        Papado y papada.

-        Pena de muerte preventiva.

-        Un enano.

-        Un perro revolcándose en la mierda.

-        Los vascos con los palitos, la batucada, Mozart y la música electrónica.

-        La poda y lo agreste.

-        Policías guapas.

-        Calvos.

Ni puta idea. Pero seguro que, en su momento, me parecieron ideas geniales.

Una tarde de lluvia en Valencia

1 Una tarde de lluvia en Valencia, donde, cuando llueve, llueve. Debajo del paraguas escucho las canciones del primer disco de Tracy Chapm...