sábado, 13 de marzo de 2021

Fútbol

 

Estimado señor:

Fui uno de esos niños a los que sólo eligen en el equipo de fútbol cuando el balón es suyo. Unas navidades pedí un balón a los Reyes Magos. Me trajeron uno de reglamento. Al día siguiente lo llevé al solar y pude capitanear mi propio equipo. Los capitanes de cada equipo seguíamos un ritual para seleccionar a nuestros jugadores. Nos situábamos uno enfrentado al otro a pocos metros de distancia y caminábamos a pasitos. Alternábamos nuestros pasitos colocando el talón del derecho pegado a los dedos del izquierdo y, después, el talón del izquierdo pegado a los del derecho. Así, avanzábamos poquito a poco, un pie delante del otro, y a cada paso uno gritaba: “¡oro!”, y el otro respondía: “¡plata!”.El primero que pisaba con la punta de su pie la zapatilla del rival decía “monta y cabe”. Si el pie montaba sobre el propio y el del contrario y, además, cabía entre ambos en horizontal, el ganador podía elegir al primer jugador. Se trataba, sin duda, de un método ecuánime para igualar las fuerzas. El primer jugador en ser elegido solía ser el goleador y el último el portero, porque para eso servía cualquier gordo. A mí, cuando no era el dueño del balón, me dejaban fuera o, en el mejor de los casos, me ponían de poste.

Coloqué mi balón, nuevecito de trinque, en el hipotético centro del solar. Rifamos el saque y ganó el contrario. Me daba un poco de rabia que el capitán del otro equipo estrenase oficialmente mi balón, pero las reglas son las reglas. Mi contrincante sacó con un pelotazo largo que pretendía sorprender al portero. La pelota voló por encima de nuestras cabezas y se perdió por encima de la tapia que cercaba el solar. Salí corriendo a buscarla pero no la encontré. Me imagino que alguien que pasaba por ahí se la llevó. Me quedé sin regalo de Reyes antes de pegarle un chut en condiciones.

Desde entonces sólo jugué al fútbol con los niños que leían y únicamente los días de lluvia, que era cuando dejaban libre el solar. Además, como sea que los niños que leían no pedían balones a los Reyes Magos, jugábamos con pelotas que fabricábamos con el papel de plata que envolvía nuestros bocadillos del almuerzo.

Los niños que leían me contagiaron su afición y, con el tiempo e inspirado por mis lecturas, yo mismo comencé a escribir. Pasados los años me alcanzó el éxito y fui apreciado por los lectores y la crítica. Es por eso que el pasado domingo me invitaron a realizar el saque de honor en el partido que enfrentaba al Levante UD, el equipo de mi barrio, contra el Valencia CF, nuestro eterno rival. Comprenderá usted, después de lo narrado ut supra, mi reacción al verme en el estadio, delante del balón y jaleado por miles de aficionados. Impelido por aquellos recuerdos gambeteé entre los jugadores del Valencia que, entre perplejos y divertidos, no comprendían si se trataba de un repentino brote sicótico o de una improvisación artística. Mi sensación al perforar la meta valencianista me acercó al orgasmo.

Lo que sucedió a continuación, para mi disgusto, ha trascendido las fronteras y me ha elevado a la categoría de trending topic mundial. Es evidente que la desnudez cargada de lorzas de un sexagenario es motivo de mofa y hasta, si quiere, de censura estética. Pero acusarme de escándalo público y acompañar mi vergüenza de una multa desproporcionada es sin duda una exageración. Apelo a su señoría, pues, para que reconsidere su sentencia. Dadas las circunstancias, ruego que valore el atenuante de la erección involuntaria y, en su caso, la eximente de trauma infantil.

Causa que traslado a V.E. en Valencia, a 14 de marzo de 2021.

 

 

 

domingo, 21 de febrero de 2021

Libertad de expresión

Pablo Hasél dice ser poeta y rapero. Bueno, Pablo Hasél es poeta y rapero, porque basta con que digas ser lo que se te ocurra para inmediatamente serlo. Tal y como están las cosas, por ejemplo, tienes derecho a ser madre aunque los cojones te cuelguen hasta las rodillas. Pablo Rivadulla, nombre de pila del rapero, escribe poemas. Busco en internet y me encuentro con estos versos inspirados, imagino, por el estro:

“No me da pena tu tiro en la nuca, ‘pepero’. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, ‘socialisto’. Me da pena el que muere en un andamio”

“Mira a los puercos del PSOE comiéndosela a la monarquía. Los dispararía uno a uno, sería oportuno, algo mejoraría

“¡Merece que explote el coche de Patxi López!”

“Pienso en balas que nucas de jueces nazis alcancen”

“¡Que alguien clave un piolet en la cabeza a José Bono!”

 “Quienes manejan los hilos merecen mil kilos de amonal”

Y otros que aluden a la Familia Real española desde la metáfora sutil:

 

“Voy a decir como Corina: guillotina”

 

“Si Froilán se disparó en el pie siendo menor de edad igual ahora que es mayor de edad va a disparar a toda la Familia Real”

 

“Los parásitos de los Borbones siguen de trapis con los decapitadores de los homosexuales”

 

No quisiera darme pisto, pero vengo cagándome en la Familia Real, de viva voz o por escrito, desde el setenta y cinco del siglo pasado. Mi padre pensaba que me iban a enchironar pero, desafortunadamente, nunca tuve tantos seguidores como Rivadulla, por lo que perdí la oportunidad de convertirme en un mártir y el dolce far niente carcelario. Vamos, que  a partir de este momento sé de lo que hablo.

 

Al poeta y rapero Hasél lo han metido en la cárcel porque, según el Supremo y tras algún recurso:

 

No queda la conducta amparada por la libertad de expresión o difusión de opiniones invocada por el acusado y su defensa, en el entendido de que a los fines del terrorismo resultan extraordinariamente útiles y valiosas las aportaciones de quienes, como el recurrente, ensalzan las acciones, justifican la violencia y expresan simpatía frente a la eliminación física del disidente. No se trata, como se pretende en el recurso, de sancionar penalmente una discrepancia respecto de la ideología política o social de otros, sino, dada la forma en que se exterioriza y expresa la discrepancia, de penar la incitación, la provocación y el riesgo que genera de que terceras personas, enardecidas por esas expresiones, retomen la violencia".

 

 

La sentencia está bien redactada y supongo que se ajusta a la ley. Otra cosa es que no esté de acuerdo con la ley y sí con Íñigo Errejón, el único político al que he oído discrepar con sensatez. Íñigo opina, como yo, que cualquier gilipollas tiene derecho a decir lo que le apetezca. En eso consiste la libertad de expresión. En ningún caso se pueden perseguir las ideas, vengan de donde vengan. Ahora, eso sí, sin refugiarse bajo el paraguas de la expresión artística y, sobre todo, sin hacer distingos.

 

En lo referente a la expresión artística he de decir que nunca he tenido claro cuáles son sus reglas. El tiempo de la técnica y de la emoción fue sepultado bajo la iconoclastia de las vanguardias históricas. Duchamp firmó con seudónimo e ironía un urinario y lo declaró obra de arte porque él, como artista, así lo había decidido. Y desde ese momento todo vale. Si Pablo Hasél dice ser poeta es porque lo es. Siempre habrá quien disfrute de sus poemas y quien justifique sus desvaríos. Así se cierra el círculo. Y si Pablo Hasél quisiera ser madre, quién sería yo para quitarle la ilusión.

 

Quiero insistir en mi idea de que cualquier gilipollas tiene derecho a decir gilipolleces, aunque me parece que parapetarse tras el escudo del arte no es más que una excusa. Yo prefiero a los que hacen política mintiendo y sobornando a pecho descubierto, Me explico. De un par de siglos a esta parte, el artista parece forzado a tomar partido ideológico y poner su obra al servicio de la causa. Viví un tiempo en el que los artistas estaban obligados a luchar contra una dictadura. Los artistas gastaban coderas en la chaqueta de pana, bufanda adornada de caspa y sarro denso en los dientes. Los artistas plásticos, los escritores, los cantantes, los ilustradores, los humoristas gráficos y muchos otros regateaban con ingenio a la censura o se enfrentaban a ella con valentía. Algunos, incluso, supieron navegar la ola vanguardista sin perder su carácter reivindicativo. Este país les debe mucho, muchísimo. Pero su momento crepuscular llegó tras la muerte del dictador. Los más inteligentes supieron reciclarse. Otros, se agostaron. Yo, que tenía doce años, me subí al tren del colorín lisérgico y la alegría. Ese movimiento, fruto de la incipiente democracia, quizá fútil, banal y hasta nihilista, instaló al país en la modernidad (signifique lo que signifique el término). Mirábamos con curiosidad de puertas para afuera y disfrutábamos de nuestro nuevo lugar en el mundo, más allá de la grisalla, el Polil y el chicle Dunkin. Por eso me llama la atención que los jóvenes progresistas amenicen sus acampadas con himnos “progres” del año de la rubeola como “Al vent” o “L’estaca”. Apestan a urinario grafiteado de estación de autobuses, a esmegma, a flit y a moscas ahogadas en un porrón.

 

Dos amigos de mi padre, simpatizantes socialistas, murieron asesinados por los nacionalistas racistas (valga la redundancia) de ETA. Eran profesores y buena gente. Ahora se les llamaría “buenistas” como sinónimo de pardillos. Quizá lo fueran. Uno piensa que educar en casa y formar en las escuelas evitará que en el futuro se arreglen las cosas a hostias. Nunca será así si los políticos alientan la violencia. En ese sentido, resulta chocante que Echenique, carne de cañón por su discapacidad, arengue a las hordas antisistema a destrozar escaparates de currantes y a quemar contenedores y mobiliario urbano que pagan sus padres a cuenta de sus sueldos. Hasta a atizar a periodistas y a quemar sus despachos, curiosa manera de defender la libertad de expresión. En un estado neofascista o neoestalinista, él sería el primero en caer de cabezón por un acantilado. Gracias a imbéciles como Echenique crece la ultraderecha de mierda en España.

 

Echenique es portavoz de un partido al que el poeta Hasél ha dado caña. Rivadulla no deja títere con cabeza. Pero Echenique y el presidente de su partido, que no duda en calificar la democracia española como deficiente (como lo son todas), apoyan los disturbios desde el gobierno al que han llegado mediante esa democracia poco plena. Nunca, en ningún caso, quisiera convertirme en un hater semántico, pero alguien que confunde el significado de “infringir” con el de “infligir” no puede ser vicepresidente ni de su escalera de vecinos. Ni mucho menos del gobierno de una nación. Y, desde luego, no cabe alentar a la turbamulta por cálculos electorales o por la mala conciencia de haber accedido al poder, tan deseado por otra parte. Ni abjurar de los policías que atizan a quienes les agreden pero palmear la espalda de los guardias civiles que protegen de escraches la valla de su chalet.

 

Leí hace años una historieta del Ivá sobre este tema. Ivá fue un gran comiquero y un tocapelotas sin igual. En apenas dos páginas contaba la evolución de un comunista español elegido eurodiputado. En el mitin en el que se despedía de sus compañeros de partido, el joven eurodiputado prometía defender los derechos de la clase trabajadora desde Bruselas. Como símbolo de su lucha se anudaba una corbata roja. Su madre se despedía de él dejando caer unas lagrimitas y preparándole un bocata de chorizo envuelto en Albal. En el avión, el eurodiputado bisoño conocía a un colega, también español, que viajaba en primera. Este le invitaba a acompañarle a la parte noble del avión. Ahí, bebían champán y comían jamón del bueno a cuenta de sus cargos. Lo primero que hacía el joven eurodiputado al aterrizar en Bruselas era tirar la corbata roja y el bocata de chorizo a una papelera del aeropuerto. Dos curritos españoles, que pasaban por ahí con sus monos de limpieza y sus escobas, se encontraban la corbata y el bocata. “¡Ostia tú! ¡Qué corbata má guapa!” -decían- “¡Y vaya peaso de bocata de choriso! Es que la gente no sabe disfrutá de lo güeno”.

Me da a mí que estos podemitas andan lost in translation y que, entretanto y de mudanza, disimulan confundiendo a los currantes que les votan con subnormales desfaenados que los apiolarían si los tuvieran a tiro.

 

En cuanto a ser antisistema, término ambiguo donde los haya, intuyo que no es un colectivo homogéneo y que hay quien lo utiliza a su conveniencia. De hecho, los antisistema son los primeros en quejarse de lo mal que funciona la seguridad social cuando se resfrían. Comprendo el hastío de quienes no tienen trabajo y que no encuentran solución en el sistema actual. De hecho (ya lo conté por ahí debajo) yo no pienso votar nunca más “enmiputavidaquemequeda(poca)”. Pero en estos grupúsculos abundan los violentos vocacionales, psicópatas tarados que disfrutan repartiendo estopa. Gilipollas, en suma, que reparten hostias por gusto o por odio conveniente, saqueando tiendas con ropa de marca o atizando a los que testifican en su contra (vease Pablo Rivadulla vs periodista de TV3 y Rivadulla vs testigo de juicio en su contra). En resumen, simples delincuentes aprovechados.

 

Anoche escuché en la radio a una tipa del partido del vicepresidente Pablo Iglesias. No recuerdo quién era, pero decía que había más presos por motivos ideológicos en España que en Irán. Me remito a la página de Amnistía Internacional, poco dada a tonterías:

 

“Las autoridades reprimieron con dureza el derecho a la libertad de expresión, de asociación y de reunión. Las fuerzas de seguridad emplearon medios letales de manera ilegítima para sofocar las protestas, mataron a cientos de personas y detuvieron arbitrariamente a miles de manifestantes. Las autoridades detuvieron de forma arbitraria a más de 200 defensores y defensoras de los derechos humanos y en muchos casos les impusieron penas de cárcel y flagelación. Una nueva ley permitió a las mujeres iraníes casadas con extranjeros transmitir la nacionalidad iranía a sus hijos e hijas, pero las mujeres seguían sufriendo discriminación, y las autoridades intensificaron la represión contra las defensoras de los derechos de las mujeres que hacían campaña contra la legislación relativa al uso obligatorio del velo. Las minorías étnicas y religiosas sufrían una arraigada discriminación. La tortura y otros malos tratos, incluso mediante la negación de atención médica, seguían siendo generalizados y sistemáticos, y se cometían con impunidad. Se aplicaban penas judiciales crueles, inhumanas y degradantes.Decenas de personas, varias de las cuales eran menores de 18 años en el momento del delito, fueron ejecutadas, a veces en público. Se vulneró de forma sistemática el derecho a un juicio justo. Las autoridades iraníes persistieron en cometer el crimen de lesa humanidad de desaparición forzada al ocultar sistemáticamente la suerte y el paradero de varios miles de personas que habían sido ejecutadas extrajudicialmente y en secreto en la década de 1980 por su disidencia política”.

 

Igüalico, igüalico que en Lérida

 

El otro día, tomando café, un buen amigo me dijo que hubiera ido a la manifestación pro Hasél porque en España no hay una democracia plena. Bien, voy a darle la vuelta a los poemas de Rivadulla pero cantando, porque así todo vale y contaré con el apoyo de mis colegas artistas:

 

“No me da pena tu tiro en la nuca, ‘rapero’. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, ‘puerco Hasél’. Me da pena el que muere en un andamio”

“Mira a los puercos de Podemos comiéndosela al muerto Chávez. Los dispararía uno a uno, sería oportuno, algo mejoraría(sic el “los”).

“¡Merece que explote el coche de Pablo Iglesias!”

“Pienso en balas que nucas de jueces nacionalistas alcancen” (sic construcción lamentable).

“¡Que alguien clave un piolet en el cabezón de Pablo Echenique!”

 “Quienes manejan los hilos merecen mil kilos de amonal” (literal).

En lo que se refiere a los Borbones, pensé en copiar y pegar todo lo que he escrito hasta hoy, pero es mucho y me da pereza. Creo que sobra decir, cada vez con menos ganas, que me cago en el Rey Juan Carlos I y en toda su progenie. Pero también en el puto poetastro rapero Hasél, vergüenza del soul, de la literatura y de la democracia.

Por cierto, amigo, te quiero mucho. ¡Viva John Coltrane!

P.D: Durante la redacción de este artículo se sacrificaron miles de neuronas a cuenta de la escucha de un par de temas del rapero Hasél. Y no ando sobrado de ellas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

sábado, 19 de diciembre de 2020

Esparza

 

“¿Qué es el viento? Las orejas de Esparza en movimiento”.

Esparza, en efecto, tenía las orejas muy grandes y de soplillo. Además, parecían no tener cartílago, como si fueran de goma, de manera que Esparza se las plegaba poquito a poco, cual trabajo de papiroflexia, y las dejaba encajadas en el oído. Después, se tapaba la nariz, cerraba la boca e hinchaba los carrillos y, pliegue a pliegue, las orejas se desdoblaban como por arte de magia.

Un día jugábamos al escondite en mi casa. Mis padres habían salido y nos reunimos unos cuantos amigos. No tendríamos más de diez u once años. Al que le tocó pagar contó hasta cien y buscó al resto. A mí me encontró en un armario, disfrazado de batín y colgado de una percha. Mi amigo Alfredo, que era pequeñito, se encogió dentro del horno. Y Belda se desnudó y se preparó un baño caliente de espuma con la intención de sumergirse en él cuando fueran a pillarle, pero no era bueno en apnea y fue descubierto. Los demás fueron apareciendo uno a uno. Menos Esparza. Nadie sabía dónde se había escondido Esparza. Algunos sospechamos que, contraviniendo las reglas que no permitían esconderse fuera de casa, en el rellano, en las escaleras, en el ascensor o en casa de un vecino, el tipo se había ocultado extramuros. Hasta que alguien gritó: “¡Está aquí. El tarado está aquí!”. Esparza, en efecto, se había escondido fuera de casa. El tío majara había abierto la ventana de un pequeña terracita que daba al patio de luces y había salido al exterior. Y allí estaba Esparza, agarrado al marco de la ventana y con los pies en una cornisita de no más de diez centímetros de ancho. Mis padres vivían en un séptimo. A mí me pudo el vértigo y me di media vuelta. Imaginaba a Esparza cayendo desde esa altura y batiendo las orejas en un intento desesperado de remontar el vuelo pero, finalmente, aterrizando de cabeza y esparciendo su magra sesera sobre el suelo del deslunado. Gracias a Dios, Esparza regresó a la terracita al grito de “¡He ganado! ¡Soy el mejor!”. Alguien le hizo notar que se había saltado las normas, que habíamos quedado en que nadie se podía esconder fuera de casa. Sin embargo, Esparza aludió que no estaba fuera de casa porque la terracita pertenecía a ella y sus manos, aferradas al marco de la ventana, estaban dentro. Y no supimos qué decirle porque Esparza era un subnormal, sí, pero esta vez no le faltaba algo de razón.

Una tarde, después del colegio, fui a casa de Esparza. Era un piso oscuro con un pasillo muy largo. “Ven”, me dijo. “Te voy a enseñar mi laboratorio”.  Al fondo del pasillo había una puerta con la pintura algo descascarillada y un cristal esmerilado en el cuarterón superior. En el laboratorio, que según supe más tarde era donde la hermana de Esparza trabajaba en sus prácticas de veterinaria, había jaulas y terrarios. En las jaulas había conejos y pequeños ratoncitos, y en los terrarios ranas y lagartijas. “Vamos a abrir un conejo”, me dijo Esparza. Y, ni corto ni perezoso, durmió al conejo con cloroformo y se dispuso a rajarlo con un bisturí. A mí aquello me horrorizó y le rogué que no lo hiciera. Pero Esparza me contestó que me encantaría, que no había nada más divertido que ver palpitar el corazón de un conejo dormido y que, después, lo coseríamos para que su hermana pudiera seguir practicando. En vista de que el psicópata, bisturí en ristre, se disponía a sajar al pobre animalito, me largué y no volví nunca a su casa.

De vez en cuando me cruzaba con Esparza en los recreos. Acabada la EGB desapareció y no supe de él hasta que quince años después fui a comprar tabaco en un kiosco de la calle Salamanca. Detrás del mostrador estaba Esparza, con sus mismas orejotas, si acaso más grandes y carnosas, y con el gesto de quien tiene problemas de convivencia neuronal. Esparza no me reconoció. Me cobró el paquete de Bonanza y, antes de salir, me giré para echar un último vistazo. Esparza acariciaba un bonito conejo blanco, de ojos rojos y amplias orejas. Aquella noche no dormí del todo bien.

 

martes, 8 de diciembre de 2020

Píldoras

 

Hace meses que no escribo para el blog. Anduve metido en líos. Pero sí que he anotado algunas ideas que no he llegado a desarrollar. He desechado buena parte de ellas. Algunas porque son tristes y no tienen cabida en este blog. Otras, por muy malas. Me he quedado con las simplemente malas que paso a transcribir a modo de píldoras.

*

Mi sobrino-hijo Nacho, de pequeño, no paraba de preguntarme por el precio de las cosas. Pasaba un coche y me preguntaba:

-        ¿Cuánto vale ese coche?

-        No lo sé Nacho – le respondía.

-        Pero di algo, di algo – insistía.

-        Que no lo sééééé.

-        Ya, ¡pero di algo, di algo! – machacaba.

-        Jodeeeer. Que no tengo ni ideaaaaa.

-        ¡Pero di algo, di algo!

-        ¡Hostia ya! ¡Que no lo sé! ¡Ni puta idea, coño, puto niño de los cojones!

Nunca he sabido calcular el precio de las cosas. A veces, ni me aproximo. Es raro que me encapriche con algo (pertenezco a la Cofradía del Puño Cerrado, vamos, que soy muy rata), pero, después de luchar a brazo partido contra mi miserabilidad y pensármelo un par de lustros, podría pagar una fortuna por cualquier cochambre herrumbrosa o carcomida, siempre y cuando no exceda los treinta euros (el concepto de fortuna atañe a cada cual y no admito discusiones al respecto). En resumen, que nunca sabré qué es caro o barato, porque todo me parece caro.

Menos los libros.

*

Sé de la envidia por los que me envidian. Este aforismo de azucarillo de mierda, que me inventé borracho de tinto profundo, es en mi caso del todo cierto. La genética y la vida no podrían haber sido más amables conmigo, por lo tanto, ¿por qué y de quién sentir envidia? De todos los pecados capitales es el que menos me interesa. La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula y la pereza tienen su aquel. La soberbia es de gilipollas, pero apetece practicarla en contra de un soberbio, es decir, de un tonto engreído sin media hostia intelectual. La avaricia la practico y la entreno con obcecación. Apilo montañas de leña y prefiero pasar frío y comer crudo a gastarla en la chimenea o en una parrillada. La lujuria me queda lejos, pero la imagino. La ira, la reprimo. Ahora, también te lo digo, si pudiera me encantaría ponerme rojo y en ebullición y calzarle un par de bofetadas a más un paleto, con la mano abierta y cogiendo carrerilla. La gula engorda. Y con la pereza coqueteo pero no acaba en nada porque enseguida empieza a picarme el culo.

Si acaso, siento algún disgusto por no saber sumar, pero tampoco me quita el sueño.

*

Rábula: abogado indocto, charlatán y vocinglero.

*

Hace apenas un mes cumplí cincuenta y siete años. Se me han descolgado la nariz, las orejas y los cojones, que están a punto de caer al suelo como breva madura.

Y se me acaba la paciencia, sobre todo con los estúpidos.  

*

Vi una persecución. Esperaba el semáforo verde para cruzar la avenida y un coche pasó a toda velocidad zigzagueando de un carril a otro. Pocos metros detrás, la policía le pisaba los talones con un utilitario nacional que metía mucho ruido de sirenas. Me fijé en el coche del malo, con la expectativa culpable de que sacase ventaja, y me di cuenta de que ponía el intermitente cada vez que cambiaba de carril. Delincuente, sí, pero con educación vial.

*

Es una paradoja obvia, pero no deja de ser curioso que no hace tanto, digamos que hasta mediados del siglo pasado, se vivía menos, por lo que uno iba quemando etapas a otra velocidad. Mi padre era un tipo respetable antes de los treinta. Ni me lo imagino bailando desnudo y en trance paroxístico la sintonía del telediario, como hago yo cerca de los sesenta. Pero, y aquí la paradoja, también el ritmo de vida era otro, como de paseo. Ahora vamos al galope, con la lengua fuera, aun a sabiendas de que quizá tengamos una mayor esperanza de vida.

Voy a darme una vuelta arrastrando los pies.

*

“Ninguna buena acción queda sin castigo” (Billy Wilder).

*

Hay un programa en la tele que se titula “Cómo nos reímos”. Lo he pescado de refilón unas cuantas veces y, dependiendo del humorista, he caído una y otra vez en la misma trampa. Los editores de este programa son unos hijos de la gran puta. Una historia, se cuente o no en tono humorístico, necesita de unos tiempos. Los mierdas cabrones de mierda de este programa se empeñan en trocear el montaje de los chistes intercalando imágenes de diferentes programas para, a su entender, dinamizar (odioso verbo) el ritmo de los mismos. Entre eso y algunas risas de lata (contra las que, por cierto, no tengo nada si no tartamudean) me pongo enfermo. Por los pasillos de la tele pública, al viento y desatadas de estacas, ruedan poderosas esferas de caspa. Por las demás televisiones, también.

*

He leído mientras cagaba un artículo de un ejemplar del “Blanco y Negro” del año 1959. Aquel año hubo un referéndum en Suiza para decidir si las mujeres eran merecedoras del voto o no. Salió que no. El articulista defendía la opinión general del pueblo suizo que argumentaba que el voto de las mujeres duplicaba el ya sabido, puesto que las mujeres votarían lo que les dijeran sus padres, sus novios o sus maridos.

*

Le preguntaron a un futbolista argentino, recién fichado por un equipo español, que qué diferencias encontraba entre el fútbol de allá y el de acá. “Mire -contestó-. El otro día, acá en Madrid, paseaba por un parque. Un niño chutó fuerte al balón que fue a parar a los pies de un tipo que caminaba por ahí. El tipo se lo devolvió al primer toque. Allá, en la Argentina, hubiéramos gambeteado de espuela, de empeine y de testa antes de devolverle  el cuero al pibe”.  

*

Y ahora refiero una serie de apuntes que me parecieron interesantes en su momento y que ahora no entiendo en absoluto:

-        El codo.

-        Iconoclastia y libertad de expresión.

-        Elevar el precio.

-        Voluptuosidad en el retrete.

-        Papado y papada.

-        Pena de muerte preventiva.

-        Un enano.

-        Un perro revolcándose en la mierda.

-        Los vascos con los palitos, la batucada, Mozart y la música electrónica.

-        La poda y lo agreste.

-        Policías guapas.

-        Calvos.

Ni puta idea. Pero seguro que, en su momento, me parecieron ideas geniales.

martes, 21 de julio de 2020

Famosos (primera parte)



No soy nada mitómano. Sólo he hecho cola una vez en mi vida para que me dedicasen un dibujo. Yo tenía dieciséis años. Pasado el tiempo me hice amigo del dibujante. Mi admiración por él sigue intacta. También he tenido la suerte de conocer a ilustradores y pintores de prestigio que me han regalado dibujos y cuadros, pero nunca he sido yo quien se los ha pedido. Nunca he comprendido ese afán por arremolinarse alrededor de un famoso, un término que, por otra parte, se mueve dentro de una horquilla muy amplia que comienza en el famoso de medio pelo y termina en el trascendente, cuya fama tardará en apagarse aun después de su muerte. Soy consciente de que a muchos de ellos les encanta que los reconozcan, pero también imagino que a otros les molestará tanto barullo. Por fortuna para estos últimos, con la mascarilla, gafas de sol y una gorrita es muy difícil que te identifiquen. Esta “nueva normalidad” es Jauja para los celosos de su intimidad y para los atracadores.

A lo largo de los años me he cruzado con algún famoso, la mayor parte de las veces de modo casual y fugaz. Tampoco creo que este texto pueda interesar a nadie, pero hace tiempo que a mi memoria le ha dado por carraspear y no quisiera olvidar algunos momentos divertidos. Vamos, que es un artículo de consumo personal.

*

Tendría nueve o diez años. Estaba en el casal de una falla. Se me acercó Tip y me dijo: “¿Me puedes traer un whisky, caballerete?”. Puede que sea uno de los acontecimientos más importantes de toda mi vida.

Bastantes años después, coincidí con Coll en un local precioso que se llamaba L’Anouer y que estaba entre Benidorm y Altea. Era una casa de campo, muy bien decorada, con un jardín muy elegante con cipreses, jazmines y galanes en la que sólo se escuchaba música clásica, preferiblemente barroca. A Coll nadie le hacía ni caso, y él parecía encantado.

*

Ya he contado por ahí, si no en este blog en el anterior, de mi dificultad para disfrutar de algunos espectáculos de mimo. En pos de remediar esta carencia, me he tragado más funciones de mimos de las saludables, algo que sin duda me ha pasado factura porque, en ocasiones y sin que venga a cuento, inflo globos invisibles para sorpresa de mi peluquero o de los asistentes al funeral. Entre otros, vi a James Thiérrée, el nieto mimo de Chaplin. Varios amigos reservamos un palco, porque nos salía mejor de precio que las butacas de patio y porque a un mimo no conviene verlo desde el gallinero cuando tienes más de cinco dioptrías en cada ojo. Se apagaron las luces y comenzó la función. Una mujer entró unos minutos después y se sentó en el palco contiguo. Compartíamos el reposabrazos que separa un palco del otro, por lo que, de vez en cuando, nos rozábamos. El caso es que la señora no paraba de reírse a carcajadas, con una risa potente, aguda y algo molesta. Aproveché el descanso del cigarrito y el carajillo (antes se podía fumar y beber en el hall y la cafetería de los teatros) para echar un vistazo a mi vecina de palco… ¡era Geraldine Chaplin! No recuerdo en absoluto de qué iba el espectáculo. De hecho, es muy probable que hubiera olvidado haber estado ahí. Pero nunca podré olvidar que el brazo derecho de Geraldine Chaplin rozó mi brazo izquierdo. Un poco más y me la tiro.

*

Coincidí con Imanol Arias en un ascensor. “¿A qué piso?”, le pregunté. “Al segundo”, me respondió.

*

Estaba yo en el mítico Rock-Ola (siempre que se habla del Rock-Ola conviene adjetivarlo como mítico) cuando entró Javier Gurruchaga del brazo de un travesti imponente y en compañía de un tipo bajito, un tal Popotxo, que vestía chaqueta roja de lentejuelas y sombrero y pajarita a juego. Ese día actuaban un grupo de tecno, El Aviador Dro y sus Obreros Especializados y Siniestro Total, que por aquel entonces eran muy punkarras. Se puede uno imaginar que el ambiente era de lo más variopinto. Y ahí estábamos un par de amigos y yo, trasegando cervezas y pasándolo la mar de bien. Abrió el concierto El Aviador Dro. Sus seguidores, enfundados en sus monos blancos y tras sus gafas oscuras de soldador, movían los bracitos adelante y atrás al compás de la caja de ritmos. Los punks estaban extrañamente relajados, bebiendo cerveza y dándose golpecitos  los unos a los otros con sus cadenas en el lóbulo frontal. Hasta que los Siniestro Total atacaron los primeros acordes (no es que hubiera muchos más) de su hit “Ayatola no me toques la pirola”. Aquello fue como abrir las Puertas del Infierno. Un tropel de diablos con cresta comenzaron a dar saltos, empujarse, escupirse y amontonarse en el suelo al ritmo frenético de una danza demoniaca que ellos llamaban pogo. Me uní a ellos sin complejos, acostumbrado como estaba a sobrevivir en los recreos de un correccional elitista de pago. Alguien escupió a Germán Coppini, el cantante de la banda, que intentó devolver el salivazo, tan denso en esta primera intentona que le cayó en la puntera de la bota. Su segundo intento, más licuado en esta ocasión, impactó de lleno en mi labio superior. No soy demasiado melindroso, pero he de admitir que aquello me desagradó un tanto y me deshice a rodillazos de mis amigos del pogo para ir al baño. Además, me meaba. Me lavé la cara hasta desprenderme de los rasgos, me acerque al urinario y comencé a hacer pis. Y entonces entró Popotxo y ocupó el urinario de mi derecha.  Se ve que le quedaba alto y que –deduje- iba algo borracho, porque el hombrecito no atinaba y me meó un poco en la pernera y los zapatos.

Y así pasé una noche en el mítico Rock-Ola: escupido en el labio superior por Germán Coppini y meado en la pernera y los zapatos por Popotxo, el amigo pequeño de Gurruchaga.

(Continuará). (Lo siento).

sábado, 4 de julio de 2020

Vanitas


1

A los tres o cuatro años me palpé el cráneo y fui consciente por primera vez de que debajo de la piel había un esqueleto. Busqué a mi madre y le dije: “Mamá, estoy muerto”.

2

Yo soy de esos que cuando comienzan las vacaciones de verano piensa: “Mierda, ya me queda un día menos”. Con la muerte me pasa lo mismo. Ante la evidencia de nuestra finitud caben dos opciones: aprovechar el tiempo o desperdiciarlo. Yo soy más partidario de lo segundo, pero, desafortunadamente, no me sale.

Lo que ocurre es que mis ocupaciones no son rentables por culpa de la sociedad capitalista.

Los objetos encontrados, por ejemplo, no dan dinero, a no ser que otro tarado los vea hermosos y quiera comprarlos. Pero, ¿cómo deshacerte de algo a lo que te ha unido un encuentro casual propiciado por las hadas de los chamarileros? Nadie debería destruir el amor del paraguas y la máquina de coser sobre una mesa de disección.

La lectura, el cuidado del jardín, la cocina, el paseo, la conversación, escribir o dibujar no me reportan pingües.

Y dar clases, que me gusta y sí me da algo de dinero, debería ser, por lo que me dicen, la menor de mis preocupaciones laborales. Hay que pensar a la larga, en los negocios y la inversión. La vida, según parece, es una cuestión de supervivencia. A la mierda el carpe diem. Hay que tener una estrategia vital. Aunque, como dijo el filósofo Mike Tyson: “Todo el mundo tiene una estrategia hasta que le meto la primera hostia”. Y que conste que a mí lo de vive cada minuto de tu vida como si fuera el último me parece una de las gilipolleces más grandes que he leído en los sobres del azúcar. Pero también es cierto que el día menos pensado te cae un suicida en la cabeza y a tomar por el culo el plan de pensiones.

3

Hace muchos años, comiéndonos un Frigo Pie bajo un chamizo de Formentera, una amiga me contó sus planes. Un día, me dijo, habré ahorrado lo suficiente como para comprarme un pisito con mirador en Zamora. Pondré una mesa camilla en el mirador y me dedicaré a verlas venir. Por entonces, mi amiga no tendría más de veinticinco años. Me pareció un plan muy sensato. Luego me enseñó el carné de conducir de su tía Marieta. Lo guardaba como una reliquia desde que la tía se despeñó por un barranco junto a su Seat Panda a la provecta edad de ochenta y cuatro años. Pero esta es otra historia.


4

Mi abuela Antonia murió en la bañera. Mi abuela María, en mis brazos.

Vi cómo amortajaban a mi abuela Antonia. Le colocaron una cucharilla de café entre el esternón y la barbilla para que no se le descolgara la quijada. Poco después me mudé a su piso.

Mi abuela María exhaló su último suspiro cuando la abracé. Estábamos solos. Fue bonito.

Desde entonces he visto unos cuantos muertos. La muerte, para mí, ya no es lo que era. Antes no me daba miedo, tan sólo pánico. Ahora me la sopla un tanto. No se trata de que le tenga afición, pero tampoco demasiado respeto. Lo que sí que me sabe mal es no creer en la trascendencia, porque no podré repetir una situación tan fantástica como la que vivo ahora mismo, a la fresca, sin calzoncillos, bebiendo vino y rascándome los omóplatos con un rascaespaldas. ¡Quin gust de viure!




jueves, 2 de julio de 2020

En las casas y el transporte urbano


Hace un calor de justicia. Aunque poca justicia se encuentra en este infierno inclemente. De hecho, y al parecer, la expresión deriva de un tipo de tortura que consistía en abandonar a un prisionero bajo el sol durante horas sin ningún tipo de protección, alimento o bebida. Sería Dios quien decidiese si el acusado era o no inocente. A la mayor parte de los reos se les achicharraban los sesos pero el que sobrevivía quedaba libre, aunque es de suponer que bastante pasado de punto.

El sol caía a plomo esta mañana. Aun así, he acompañado a mi amigo -el que se muda- a ver pisos. Me encanta ver casas, pisos y barcos e imaginar qué vida llevaría en ellos. Siempre que paso por delante del escaparate de una inmobiliaria me quedo mirando las fotos y los precios de las casas, aunque no tenga ninguna intención de cambiar de domicilio. Me ocurre lo mismo cuando paseo por el puerto y veo algunos barcos que me llaman la atención por algún motivo, sabiendo que nunca tendré uno. Supongo que es una afición muy común. Imaginar es gratis y da gustito. Recuerdo una peli, “La boda de Muriel”, en la que la prota imaginaba su propia boda probándose trajes de novia en las tiendas del ramo. A mí me ocurre lo mismo con las casas. Me gusta acompañar a quienes necesitan comprar o alquilar y pienso que soy yo quien se muda. Me doy una vuelta por el barrio y me fijo en las ferreterías, los quioscos y los bares. También estudio el transporte urbano para saber cómo y cuánto tiempo me costaría llegar al trabajo. Y una vez en el metro o el autobús, fantaseo sobre las vidas de la gente, aunque, a decir verdad, últimamente la mascarilla me tapa algunos rasgos que considero fundamentales para adivinar quiénes podrían ser unos u otros. Así, una nariz de garfio o unas encías piorréicas me dicen tanto de una persona como sus ojos. Otra cosa es que acierte. Estoy seguro de que no doy ni una con las vidas que imagino, porque tiendo siempre a la astracanada. Veo a una mujer con obesidad mórbida y la imagino tirándose en paracaídas. El setentón asténico de hombros caídos y mentón huidizo fue, hasta hace poco, El Último Hombre Bala.  O las adolescentes gemelas, con faldita a cuadros, que mastican chicle sin parpadear y que, sin lugar a dudas, están poseídas por Satanás.

A veces  especulo con que el autobús o el vagón de tren en los que viajo quedan aislados del mundo por una paradoja espacio-temporal. Entonces reflexiono sobre los papeles que adquirirían cada uno de los pasajeros. Los “seguratas”, como es obvio, impondrían su ley por mor de sus galones privados y sus porras. El revisor y el conductor se unirían a ellos por lo civil. El chico y la chica, jóvenes, guapos y tatuados, tontearían enseguida. El matrimonio octogenario anunciaría su defunción inmediata sin las provisiones de su camello del ambulatorio y sin pegamento para la dentadura. Los guiris, que iban de camino a la playa, tardarían en comprender que no disfrutaban de una performance folclórica. El tipo de la corbata se liaría a hostias con el Cobrador del Frac. El resto del pasaje, muy variopinto, oscilaría entre el abatimiento y la histeria. Yo, como siempre, optaría por el escaqueo, esperando que no se confundiese mi reserva con sabiduría. Pasadas las horas, y en vista de que los teléfonos móviles no funcionarían y conscientes de que el rescate podría demorarse, comenzaríamos a tomar algunas decisiones importantes: qué comer, dónde dormir y dónde situar el baño. Comeríamos lo que hubiera, repartido y racionado convenientemente. Los asientos siempre serían más cómodos que el suelo para dormir, por lo que se cederían a los mayores y a los niños. Las mujeres reclamarían su derecho a la intimidad para obrar con discreción en la cabina del conductor.

Casi desde el primer instante se crearían camarillas por sexos, edades o estatus social. A los tres días la situación sería insostenible. El chico guapo, italiano para más señas, rompería la ventanilla con el martillito reglamentario y, contraviniendo las leyes elementales de la cobardía y la prudencia, se adentraría en la espesa niebla que rodearía los vehículos desde el primer momento. Le oiríamos lloriquear “Mamma, ay mamma” y nunca más sabríamos de él. Un idiota menos. Para entonces, el autobús o el vagón apestarían. La histeria devendría en desesperación. El séptimo día se cometería el primer asesinato. Surgirían y se derrocarían líderes de un día para otro. Uno de ellos propondría comerse el cadáver a falta de otra cosa que llevarse a la boca. Los menos remilgados apoyaríamos la propuesta. A partir de ese momento se abrirían la veda y las puertas del infierno.

(Elipsis y cambio de tono).

La niebla se disipó. La chica guapa murió junto a su bebé prematuro durante el tercer parto. Los huesos de ambos, junto con los del resto del pasaje, yacían apilados al fondo del vehículo. Algo tenía que darles de comer a mis dos hijos, ¿no?

Y en estas paso el rato cuando veo casas o viajo en transporte público. No hay nada como fantasear de un modo saludable.

Una tarde de lluvia en Valencia

1 Una tarde de lluvia en Valencia, donde, cuando llueve, llueve. Debajo del paraguas escucho las canciones del primer disco de Tracy Chapm...