domingo, 28 de enero de 2018

Tabaco

Empecé a fumar a los doce años. Casi todos mis amigos lo hicieron a esa edad. En mi colegio estaba prohibido fumar hasta los quince años, de manera que lo hacíamos en la clandestinidad. Los urinarios eran un buen lugar para esconderse, pero corrías el riesgo de que el padre Ricardo, que solía brujulear por ahí, te tocase la pilila. Pero el colegio era muy grande y había un montón de rincones recoletos donde echarse un pitillito. Aun así, y a pesar de que extremábamos las precauciones, a veces nos pillaba algún profesor de guardia sigilosa. Entonces, nos cacheaba y nos requisaba el tabaco. El castigo dependía de si el profesor era fumador o no. Si lo era, teníamos que regalarle un cartón de su tabaco favorito. Si no lo era, debíamos comprar un cartón del tabaco que estuviésemos fumando y llevárselo a los ancianos del asilo que estaba junto a la estación del trenet.

Resulta evidente que los profesores se preocupaban por nuestra salud infantil. Hasta los doce años, fumar y hacerte pajas te impedían crecer y te dejaban lelo. A partir de los quince, al parecer, ambas actividades tornábanse inocuas y hasta aconsejables. Al menos el tabaco. ¿De qué otro modo podría entenderse si no? Los profesores se fumaban nuestro tabaco, el regalado y el decomisado. Los más sofisticados fumaban puritos o en pipa. Las aulas, sobre todo en invierno, apestaban como una fábrica de guano, y había tanto humo que nos costaba ver la pizarra. Y qué decir de los abuelitos del asilo, a los que, sin duda, les reportábamos longevidad y una mejor calidad de vida. Sobre todo teniendo en cuenta que, al menos en lo que a mí respecta, nunca les regalaba veinte cajetillas del aromático y emboquillado tabaco rubio que fumaba por aquel entonces, sino, como mucho, diez de hediondo tabaco negro sin filtro. Total, aquello les sabía a gloria bendita comparado con lo que tuvieron que fumar durante la guerra y la posguerra.


En resumen, que hoy en día fumar mata, pero cuando yo era pequeño tan sólo perjudicaba levemente la salud hasta los quince años.

Documento de voluntades anticipadas y post mortem

Es mi deseo que mi vida no se prolongue, por sí misma, cuando la situación sea ya irreversible. Y, una vez hecho el tránsito, que me tiren boca abajo en un charco.

lunes, 22 de enero de 2018

Ceci n’est pas une pipe

Cada día tengo más claro qué es real y qué no lo es. Lo que ocurre es real, pero en cuanto pasa por el filtro de mis sentidos deja de serlo. Por ejemplo, cuando me miro en el espejo veo reflejado a un viejo decrépito, con arrugas como los surcos en el barro de un pantano desecado. Un tipo con la mirada rendida, desencantada, que parece esperar resignado el abrazo de la parca. Y, sin embargo, yo no me siento así. De hecho, yo me siento mucho más viejo.

Esta divergencia entre lo que se percibe y lo que se da en llamar real es siempre muy evidente. Sin embargo, la mayor parte de la gente no acaba de distinguir entre la realidad y la ficción. Están chalados. Todos. No soy ni Magritte ni Foucault, afortunadamente. Ser tan listo debe ser muy cansado. Pero como ellos sé que cuando dibujo una pipa ya no es una pipa, y que cuando nombras a una cosa deja de ser real para ser, simplemente, mi manera de etiquetarla.

Pues bien, hace unos años se me ocurrió escribir sobre mis recuerdos infantiles y adolescentes del colegio en el que estudié. Me imagino que, como dicen en las teleseries, estaban basados en hechos reales, pero tan sólo eran recuerdos. Y va, y como soy tonto, decidí subirlos al blog. Además, cometí un error de principiante: utilizar nombres verdaderos. Uno de ellos el de I U de M, mi profesor de Geografía e Historia, alguien a quien describí así: “Señor U. No era un apodo, es que se llamaba así de apellido. Su nombre completo era I U de M. Un buen tipo. Jugaba al fútbol con más ímpetu que finura. Se ataba las presillas de la cintura del pantalón con una cuerda de palomar para que no se le cayeran cuando corría de un lado al otro de la cancha. Era tan voluntarioso que le jaleábamos: “¡I-U-de M!”. Y entonces nos entraba fuerte y nos hacía daño. Bueno, a mí no, porque yo no jugaba al fútbol. En invierno llegaba a clase con las manos heladas e iba de pupitre en pupitre introduciéndolas en nuestras espaldas por debajo de los suéteres. Lo hacía de broma y sin maldad. Un buen tipo”. Esto lo escribí en 2010 y pierde mucho sin el nombre completo, que es gracioso y tiene rima. Pero no quiero más líos. Me imagino que I U de M es de los que busca su nombre en Google, porque encontró mi texto, lo leyó y no le hizo ni puta gracia. Y eso que él era de los pocos profesores que salía bien parado. Lo peor es que se corrió la voz y al resto de los profesores, con los que, la verdad sea dicha, no tuve demasiada piedad, no les convenció mi vigoroso trazo grueso. A I U de M le tocó hacer de portavoz de los indignados. Fue entonces cuando mis padres, que mantienen el mismo número de teléfono desde que ese italoamericano -cuyo nombre nadie recuerda excepto los mafiosos que crean fundaciones en su memoria y para blanquear dinero- inventó el artefacto, recibieron una llamada del pasado, cuarenta años después…
RING, RING, RING.
-          ¿Digaaaaa?
-          ¿Don A?
-          Sí, soy yo.
-          Soy I U de M. Su hijo ha vuelto a liarla.
Me supo fatal, porque yo guardo un buen recuerdo de dos o tres de mis profesores.
Que la gente confunda la realidad con la ficción es una lata. Más de una vez he tenido que oír a propósito de un texto mío aquello de “pero es que no fue así”. Estoy harto de dar explicaciones. De manera que hoy quiero dejar claro que cualquier situación descrita en mis textos y su eventual parecido con la realidad es pura coincidencia, ¿vale?

sábado, 30 de diciembre de 2017

Azar final

No creo en el destino, más allá de que sé que me he de morir, como todo el mundo. Sin ir más lejos, esta frase que acabo de escribir es fruto del azar. Podría haber escrito otra para iniciar este texto, probablemente mejor. De hecho, se me había ocurrido otra, pero como no la he anotado se ha ido al limbo de las frases pensadas. Creo que la mayor parte de lo que nos ocurre sucede porque sí, sin más.

No soy jugador. Los juegos que menos soporto son aquellos sobre los que no tengo ningún control. Tampoco me gustan las sorpresas. De manera que, una vez más, naufrago en la paradoja. Aborrezco la predestinación y me incomoda el azar. A ver, por decirlo de algún modo, me encanta cierto tipo de azar poético, ligeramente controlado. Me explico con una historia. Anteayer o hace dos días, no lo recuerdo, almorcé con A y con JV. Como tengo mala memoria, he creado una regla nemotécnica para recordar en qué día me ocurre tal o cual cosa, pero la he olvidado. Almorzaba, pues, con A y JV y la conversación derivaba de un modo ameno e instructivo no exento de cierta polémica. A opinaba que la corrección política es una gilipollez, mientras que JV pensaba que es una mierda pinchada de un palo. Yo, sin embargo, apunté que ninguno estaba en lo cierto sino que se trataba de un complot de los cojones, posiblemente pergeñado por los extraterrestres. Puse como ejemplo lo siguiente (y que me perdone mi lector el cambio de registro): cada vez que muere una mujer a manos de un hijo de puta, alguien acaba soltando la siguiente mentecatez: “El 50% de la población está matando al 50% restante”. Esto, sobre ser una idiotez mal expresada, resulta muy ofensivo. Aunque no lo creo necesario, no puedo evitar decir que ni el 100% de los hombres matamos a nadie ni el 100% de las mujeres están muertas. Obviedades aparte, lo más increíble del caso es que estos gurús de lo políticamente correcto pasan por alto, o no se enteran, cuando los personajes de sus series favoritas caen en comportamientos machistas. Esta situación que describo la he visto en dos series que se suponen progresistas, “Friends” y“Big Bang Theory”. Una pareja, chico y chica, llegan a un restaurante muy caro que está de moda en ese momento. Tiene que ser para ambos una noche especial. Cuando llegan, aun a pesar de que han reservado una mesa, tienen que hacer cola. Un tipo que está en un estrado, a la entrada del restaurante, es el que decide quién se sienta a cenar y quién debe esperar. Por cierto, qué extraño personaje el del tipo del estrado, un gilipollas arrogante y atildadillo, seguramente homosexual, que juega a ser Dios cuando tan sólo es un mierdecilla. Pues bien, nuestros protagonistas esperan su turno. Pero las chicas, en ambos casos, ven que otras parejas se cuelan por delante del atildadillo. Entonces estas chicas, que se supone que han elegido a sus novios por su inteligencia y sentido del humor y no por su bravura, les exigen que se comporten como deben, es decir, como machos verdaderos. Pero los dos fracasan. No sirven ni el soborno ni la chulería impostada. Entonces las chicas, algo mosqueadas y haciendo notar a los chicos su disgusto, deciden tomar cartas en el asunto utilizando lo que se da en llamar sus armas de mujer. El problema es que al petimetre no le van las ostras. Y siguen esperando. En resumen, los hombres han de ser fuertes y competitivos, las mujeres, coquetas y seductoras, y los maricones son todas unas rabiosas. Y que conste que no tengo nada en contra de los estereotipos, pero sí de las diferentes varas de medir.

A y JV me dijeron que estas cosas sólo pasan en las grandes ciudades, como NY o LA, pero no en VLC, donde vivimos como adanes y evas en el paraíso terrenal. Esto nos llevó a hablar de algunos pueblos de la comunitat. De ahí, a los topónimos y de cómo Franco sólo se atrevió a castellanizar los nombres que tenían fácil traducción como Elche, Calpe o Játiva, pero no tuvo huevos para hacerlo con Rafelbunyol (Rafaelbuñuelo), Massanassa (Demasiadanapia), Massarojos (Demasiadospelirrojos), Massalavés (Muchosalaveses), Massamagrell (Demasiadacarnedecerdo) o Alginet (Alguienlimpio).
Y entonces A comentó algo que sirve como colofón y moraleja de esta historia. A nos contó que estuvo a punto de vivir en Roca-Cúper, una pequeña pedanía de la huerta de Valencia, porque le gustaba el nombre. Así la conversación, fruto del azar controlado, nació de nuestra opinión sobre lo políticamente correcto, fluyó hacia las grandes ciudades y lo bien que se vive en la nuestra, sobre todo cuando acabas de empujarte un bocata de embutido y una cerveza, de ahí, a lo exótico de nuestros pueblos y, por último, al que alguien pueda cambiar su destino porque le gusta el nombre de un lugar que no conoce. Poesía.


Desde ese espermatozoide valeroso que entre tantos y contracorriente fecundó el óvulo que nos hizo, todos nadamos en el río del azar. Por lo tanto, como dijo el poeta, be water my friend.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Piazza Navona

Hace ya un tiempo trabajé en una oficina de abogados. Era un trabajo gris y yo también adquirí esa tonalidad. Trabajaba detrás de una mesa, en un laburo de pana, caspa, nicotina y coderas. En la mesa de enfrente El Chico de los Recados (alias Nevus¹), un señor de unos setenta años, borracho y ladrón que hipaba y sorbía los mocos, encendió un Ducaditos. La combustión del Ducaditos, una mixtura de sarmientos y guano, desprendió un hedor insuperable. El beodo, cuya única inquietud más allá de la cerveza era el coñac, los ojillos vidriosos, observaba embelesado la nada como si fuera el reflejo de sus devenires neuronales. Una gotita de moco colgaba sin caer de la punta de su nariz. Mas de pronto, ¡oh!, atrapó una idea y filosofó:

-         Estos sudacas de mierda... es que cada vez son más ¡hicks! Un día destos nos ovligan sus costunvres y proiben las fallas, ¡hicks! ¡Me cagüen mi calabera!

El contable (alias Pet), un tipo aerofágico, halitósico y melón, asintió:

-         Sí.

La secretaria (alias Fea Fea) culona, adefesio, holgazana, maledicente y fea muy fea, que cotilleaba por el pasillo, se detuvo bajo el umbral de la puerta, encendió un 1X2 y abundó:

-         Y los putos moros ¿qué? Que son todos terroristas, drogadictos y maricones. ¡Esos sí que dan miedo!

Y allí estaba yo, en buena compañía, cuando apareció el viejo italiano. Era un tipo alto, corpulento, cercano a los ochenta años. Iba sucio. Como sea que el pelo le raleaba, el viejo se lo había dejado largo por detrás para no sentirse demasiado desdichado, de manera que lucía calva de la frente al occipucio y, a partir de ese punto, una guedeja grasienta de un color indefinido entre el blanco roto y el verde veronés dibujaba el contorno de su chepa. Al parecer, el viejo había enviudado y la finada le había dejado un fortunón. Venía a pagar la minuta de no sé qué consulta sobre la herencia. Me miró de arriba abajo y yo le indiqué con la cabeza que tenía que dirigirse al contable. Pagó y se fue, dándonos las buenas tardes con acento italiano.

El viejo regresó al día siguiente y se dirigió hacia mí. Apoyó sus manazas en la mesa y se inclinó ligeramente. Llevaba las uñas muy largas. Me miró a los ojos y me dijo:

-          Me gustas. Si quieres puedes venirte a vivir conmigo. Me voy a Roma. Tengo un piso que te gustará, en la Piazza Navona. Todavía estaré unos días en Valencia. Piénsatelo y me dices algo.

Señaló al contable.

-          Ese señor tiene mi número. Buenos días.

Al Chico de los Recados se le desprendió la quijada hasta el esternón. El contable festejó el suceso cagándose tres cuescos entre grandes risotadas. La Fea Fea no estaba.

Le dije que no.

A veces pienso en el viejo. Supongo que a estas alturas estará muerto. A menudo me arrepiento de haber rechazado su oferta. Total, acariciarle el miembro al viejo hubiera sido como jugar al billar con una cuerda². Y ahora tendría un pisito en la Piazza Navona.

1 El Nevus tenía una peca en la frente del tamaño de su frente.
2 La expresión no es mía. La escuché en una serie y me hizo mucha gracia.



miércoles, 1 de noviembre de 2017

Redacción: "La vaca"

Una vez pinté un cuadro que titulé “Cabeza de concejal en el estómago de una vaca”. En realidad, como todo el mundo sabe, las vacas tienen cuatro estómagos, o mejor dicho, un único estómago dividido en cuatro cavidades o subestómagos. Mi cuadro venía a denunciar las burradas que perpetraban (y perpetran) los concejales de urbanismo, sobre todo los de los pueblos de costa. Les deseaba a todos ellos que sus cabezas corruptas se descompusiesen poco a poco en  los estómagos para, finalmente, ser expelidos hacia la capa de ozono mediante un sonoro cuesco bovino. Pues bien, todo este asunto del organismo vacuno lo aprendí gracias a una de las redacciones estrella de mi niñez: “La vaca”. Los profesores tenían verdadera devoción por este tema. Vete tú a saber por qué. A la vuelta de las vacaciones de verano nos pedían que les escribiésemos sobre lo bien que nos lo habíamos pasado. Era otra de sus redacciones favoritas. Se ve que no habían preparado las primeras lecciones y con esto ganaban tiempo. La redacción se titulaba “Mis vacaciones”. El caso es que yo siempre me inventaba que, de paseo por el monte, me encontraba con una vaca. Así, echaba mano de las redacciones de otros años y me salían unas cuantas paginitas. Durante los veranos de mi infancia, nunca paseé por el monte y jamás me crucé con una vaca. Pero no pasa nada. Son licencias poéticas.

Esta digresión viene a cuento de que me ha tocado de nuevo escribir redacciones. Pero esta vez en inglés. Y ha resultado ser un ejercicio muy interesante. Mi inglés hablado es equivalente al de cualquier presidente del gobierno español. Por escrito, por orgullo, me tomo mi tiempo y consulto al diccionario. Aún así, mi gramática es pésima y carezco del vocabulario más elemental. Por lo tanto, he tenido que asumir que lo que escribo en inglés será naíf en el mejor de los casos. Y aquí viene lo que considero interesante del experimento: resulta que he traducido al español lo que he escrito en inglés y es igual de malo que lo que escribo en español directamente, pero algo menos pretencioso debido a lo antedicho. También es verdad que los temas que me han propuesto hasta hoy no dan demasiado juego, a saber: “Valencia: why visit it?”, “If I were a rich man” y “Lifestyles”. Los transcribo a continuación con algún que otro adorno.

Motivos para visitar Valencia

Querido John:

Me pides que te escriba unas líneas sobre porqué Valencia, la ciudad en la que vivo, merece una visita. No sé si soy la persona adecuada. No creo que ningún habitante de esta ciudad lo sea. Amamos tanto como odiamos las ciudades en las que vivimos. Pero lo intentaré. De entrada, te aconsejaría que callejearas sin rumbo. Es lo que yo hago cuando viajo por primera vez a cualquier ciudad y, curiosamente, siempre me pierdo. Valencia es una ciudad bastante segura pero, como en cualquier otra, la cosa va por barrios. Lo cierto es que hay algunos barrios poco recomendables. La calle Colón es una de las más peligrosas. La calle comienza en la Puerta del Mar y concluye en la Plaza de Toros. Puedes considerarte un tipo afortunado si consigues cruzarla de un lado al otro sin que te desplumen en una boutique de lujo o en una notaría. Al barrio de Ruzafa, ni te acerques. Por ahí deambulan unos pijos barbudos, de la tribu de los hipster, que beben gin tonic en copa de balón al que aderezan con tropezones exóticos. En esencia, la única diferencia entre estos gin tonics y los de antaño es que por estos te soplan 30€. Mi barman favorito se afeitaba antes de servir los gin tonic. Después, cortaba el limón, sacaba con las manos los hielos de la cubitera y los dejaba caer en el vaso de tubo. Aquello sí que eran aromas, dependiendo del after shave que utilizase ese día. Del Carmen poco hay que contar. Está plagado de guiris feos y la paella es congelada. Tú eres medio guiri, así que, a lo mejor, te sientes medio bien. Yo vivo en el Grao. Te remito a este enlace para que sepas lo que pienso de mi barrio. http://thevalencianer.com/es/number-0/

Valencia es una tierra de artistas. Los valencianos sacamos el arte a la calle. Los chicles y colillas que adornan nuestras aceras no son más que intervenciones que mejoran nuestro entorno urbano. También nuestras mascotas participan de estas acciones con sus excrementos. No en vano dicen que las mascotas se parecen a sus dueños y viceversa. Pero es en marzo cuando esta expresión popular alcanza su máxima expresión. Entonces los falleros, una horda disfrazada y envalentonada por la libación inmoderada de alcohol y la permisividad de las autoridades, se lanza a las calles para honrar a su patrón San José. Es la fiesta de Las Fallas. Es casi imposible describir de qué va el asunto. Haré un esfuerzo por resumirlo. Durante cuatro o cinco días se prohibe dormir. Los petardos, las bandas de música y las verbenas hacen que resulte imposible. Además la población, de natural ruidosa, danza y chilla poseída por un paroxismo primitivo. Y lo hacen alrededor de unos monumentos totémicos que se llaman fallas. Estos monumentos son el producto de un esfuerzo enorme, tanto físico como económico. Después de las danzas rituales, los falleros piden permiso a su Virgen,  la Xeperudeta, y le pegan fuego a la falla. Y creo que eso es todo.

Espero que esta breve misiva haya servido para animarte a visitar esta curiosa ciudad que, además, tiene mar.

Si yo fuera rico

Si yo fuera rico os echaría de menos. La frase no es mía, es de José Luis Coll. Pero me identifico con ella completamente. Si tuviese un millón o dos o, mejor, tres, electrificaría la valla de mi casa. Encargaría a alguien de confianza que me hiciese la compra: comida, medicinas y demás. Los libros y la música los compraría en internet. Sólo dejaría entrar a mis amigos más queridos. El resto de mis días los dedicaría a leer, escribir, dibujar, cocinar, cuidar el jardín y escuchar música. Y acompañar a mis gatos. Cinco o seis gatos callejeros. Es mi idea de la felicidad porque, como dijo Woody: “El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida  que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”.

Además, soy socio de tres ONG: Acnur, Unicef y ESAT. La primera cuida a los refugiados, la segunda, a los niños, y ESAT da trabajo a gente como yo. Supongo que donaría algún dinero a las tres. Así, acallaría a mi conciencia.

De todos modos, yo ya soy rico. Duermo bajo techo, como dos veces cada día y tengo un buen par de zapatos. Y también tengo varias mangueras. No existe mayor muestra de riqueza que poseer una manguera. Si tienes una manguera es porque tienes plantas que regar, y si necesitas de una manguera para regar tus plantas es porque tienes una terraza grande o un jardín. Y, para mí, esto es ser rico, aunque no tengas dinero.

Pero también pienso que ser rico es una lata. Como poco, necesitas de un contable. Yo prefiero tener un amigo rico, que me lleve a comer a restaurantes caros y que me saque a navegar en velero. Si tienes un amigo rico y te enemistas con él es porque eres gilipollas.

Estilos de vida

No sé en qué momento la buena vida pasó a ser la vida sana. Yo entiendo por buena vida lo opuesto a llevar una vida saludable. Al menos así era  cuando yo era pequeño. Pegarse la buena vida consistía en comer y beber sin moderación, fumar como una chimenea, dormir poco y gastarse los ahorros de los demás. Del lema "salud, dinero y amor" se podía prescindir de lo de la salud. Mi generación fue más de "sexo, drogas y rock & roll". El deporte era un espectáculo que practicaban otros para que los que se pegaban la buena vida se entretuvieran escuchándolo en la radio o viéndolo por televisión. Además, sólo se practicaba un deporte: el fútbol. El resto eran deportes para chicas o afeminados. En mi colegio, los que no valíamos para jugar en los equipos de fútbol (había dos equipos por curso) acabábamos deambulando como almas en pena por la pista de baloncesto o de voleibol. Ahora todo el mundo corre. Hay verdaderas multitudes corriendo por el río como ñues y gacelas por el Serengueti. El peatón está indefenso, si no le atropella un tipo que camina muy rápido, lo hace un corredor, un ciclista, una moto, un coche o un autobús. A mí me dijeron que correr era de cobardes. El franquismo, como lo hizo antes la república, intentó hacer de los españoles un pueblo disciplinado. No lo consiguieron. A todos los regímenes les gusta que su pueblo vaya limpio y esté bien entrenado. Tengo alguna teoría sobre el por qué de esta obsesión, pero no creo que ahora venga a cuento. Mi padre, cuando regresaba a casa después del trabajo, se ponía un vino y algo para picar antes de cenar. En la vida se le hubiera ocurrido ir a un gimnasio. Eso era para macarras amantes de las películas de Bruce Lee.

En definitiva, la dieta sana y el deporte son recomendables desde hace relativamente poco. Y son recomendaciones que habría que poner en cuarentena. No tiene sentido comer verdurita y beber agua sin gas si después necesitas de complejos vitamínicos, anabolizantes y esteroides para no desmayarte en el cauce del río cuando intentas adelantar esprintando a la chica de las mallas ajustadas.


¡Que vivan el jamón, el sofá y la lectura sedentaria!

lunes, 4 de septiembre de 2017

Latitud 39°28′11″N Longitud 00°22′39″W

Me gusta estar solo –me contó Juan-. La sola idea de trastocar mi rutina, una cena con amigos pongamos por caso, me quita el sueño. Aunque hay algunos amigos con los que me encuentro solo. No deberían tomárselo como una ofensa. Viniendo de un tipejo como yo se trata de un piropo. No sé cómo me aguantáis. También, como sabes, soy pesimista, melancólico y cascarrabias. Pesimista y cascarrabias por voluntad propia. Melancólico, porque soy sanguíneo y tengo el rh negativo. Debe ser por esto que no me pican los mosquitos. Entiendo que el pesimismo está más cerca de la verdad que el optimismo. No todo va bien, por mucho que los optimistas se empeñen en desearlo. El optimista es, en el mejor de los casos, un impostor, y en el peor, un imbécil. No es que esté siempre a favor de la sinceridad. A menudo, la sinceridad se confunde con la impertinencia. Pero sí que prefiero, por ejemplo, a un médico que me diga la verdad a otro que me dé falsas esperanzas. Si me muero, que me lo diga. Así, me organizo.

Joder, Juan – le dije-. Eres la alegría de la huerta. Da gusto quedar contigo.

¿A qué sí? –respondió-. Pues déjame seguir, que llevo carrerilla. Los políticos, por ejemplo, son optimistas profesionales. Son de los que se acogen a la máxima esa que dice que el que no se consuela es porque no quiere. Los pesimistas les fastidiamos porque sabemos que mienten. Ellos quieren a los votantes ilusos. ¡Ay, las ilusiones! Supongo que habrá que tenerlas, pero siendo consciente de que lo más probable es que no se alcancen.

¿Y lo de cascarrabias? –le pregunté-.

Ah, sí –contestó-. Entiendo el cagarme en todo como un tipo de humor. Llámalo sarcasmo, retranca o como quieras. Es que no me sale de otro modo. Es hartazgo, tristeza. Ya sabes –canturreó- "tristeza nao tem fim, felicidade sim". Esta canción siempre me recuerda al final del verano, a echar las persianas, la casa en penumbra… Para los niños era un duelo. A los niños deberían vestirlos de luto cuando se termina el verano.

¡Jo, tío! Pareces portugués. O peor, gallego.

Pues mira, a eso iba. En realidad, yo siempre he aspirado a ser un hedonista. Me encantaría disfrutar de la vida contemplativa. Il dolce far niente. Pero no hay manera. Sólo me quedo quieto cuando leo, cuando duermo a ratos o cuando miro al mar. Y sólo al mediterráneo. El resto de mares me inquietan. Ya me conoces, en cuanto me siento más de cinco minutos empieza a picarme el culo. Un cuadro torcido, una hoja seca fuera de lugar en el jardín, el disco de vinilo que salta en el minuto inadecuado, algún plato desalineado en el friegaplatos… cualquier cosa que no armonice me desasosiega mucho. Así que, haciendo mío el topicazo que acabas de soltar, me pregunté el porqué de este carácter tan sombrío. Nací en Valencia. Bueno, en el grao, circunstancia que aporta inteligencia y donosura. Valencia está a una latitud de 39°28′11″N y a longitud 00º22'39''W. De modo que, por lo que parece, soy del sur de España. Un país que está al sur de Europa. Los del sur, si atendemos al tópico, somos divertidos, acogedores, festivos, ruidosos, improvisadores y, como hace bueno, amigos de vivir en la calle. Hasta donde recuerdo, así eran mis abuelos y así son mis padres y mis hermanos. A mí no me gusta ni salir ni la gente ni el caos. A mí me gusta mi casa, la soledad y el orden. Decidí entonces trepar por mi árbol genealógico para encontrar al antepasado del que he heredado mi forma de ser, un portugués, un gallego, alguien del Bierzo quizá. Y ascendí y ascendí y lo más exótico que encontré fue una tía bisabuela que nació en Ceuta. Por lo demás, el resto de mi familia, hasta donde pude llegar, proviene del triángulo que se dibuja entre Alcossebre, las baleares y el cabo de Gata. O sea, paisanos del sur. Claro que no pude ascender más allá de cinco o seis generaciones. Y eso gracias a que mi abuelo era aficionado a estas cosas y guardó muchas carpetas con papelotes y algunos álbumes de fotografías. En realidad, yo sabía que todo este estudio no era más que puro entretenimiento. Los nacidos en el mediterráneo somos hijos de una larga estirpe de putas y marineros. ¡Quién sabe si entre ellos no habría algún gaviero de Lisboa! El joven gaviero que recaló en Valencia, fecundó a aquella puta y me dejó de recuerdo algún cromosoma.

Juan calló unos segundos. Bueno, y qué es de tu vida –preguntó-.

No sé, poca cosa –respondí-.


Pues entonces acompáñame a casa, no vaya a ser que nos encontremos con Carlos y nos dé el coñazo.

Una tarde de lluvia en Valencia

1 Una tarde de lluvia en Valencia, donde, cuando llueve, llueve. Debajo del paraguas escucho las canciones del primer disco de Tracy Chapm...