No tengo nada en contra de la cultura estadounidense. Me
gustan Woody Allen, Truman Capote y el jazz. Pero no me gustan las fiestas-timo,
como Halloween. De hecho, ignoro sus orígenes, quizá no sea un invento yanqui,
pero es de ahí de donde la hemos importado. Lo que sí sé es que es una fiesta
pensada para sacar dinero a los incautos, como San Valentín o Papá Noel. Valga
como ejemplo de lo que digo lo que me ocurrió el pasado jueves por la tarde, día
de los difuntos. Regresé de la escuela y saqué a pasear a los perros, como
tengo por costumbre. En el parque donde se alivian Mago y París correteaban un
montón de niños hiperazucarados que al grito de “¡Trato o truco!” molestaban a
los viandantes con la intención de que financiasen su adicción a las gominolas.
Como sea que llevaba los auriculares en las orejas, cara de mala hostia y dos
perros de apariencia peligrosa, los niños se abstuvieron de darme el coñazo. De
todos modos, tampoco entiendo el significado del eslogan “¡Trato o truco!”, así
que, de haberlo intentado, los niños se hubieran encontrado con un chorrito de
agua en la cara proveniente de la botella que llevo para diluir los orines de
mis perros. Todos los niños iban disfrazados de personajes terroríficos como el
Conde Drácula, el monstruo del Doctor Frankenstein o la Momia. Alguno portaba
su propia cabeza decapitada entre las manos. Y todos llevaban una calabacita hueca
en la que depositaban su botín. Se notaba que la tienda de los chinos había
hecho su agosto. De entre todos los monstruitos me fijé en una niña cuyo
disfraz, no por menos terrorífico, desentonaba un poco. La niña iba disfrazada
de pastorcilla. Se ve que su mamá había confundido la fecha o, simplemente, no
quería gastarse el dinero en chorradas pero tampoco disgustar a su hija. Y allí
iba la niña, ufana, con su cestita, recogiendo las chucherías que le daban.
Pensé que la situación daba para un cuento de navidad muy dickensiano: mamá pobre
que remienda el disfraz navideño de su hija para que esta no se sienta proscrita
y disfrute de una fiesta, yanqui y capitalista, aun a pesar de que lo único que
consigue es que el resto de los niños se rían de ella y le peguen una paliza.
Quizá la escriba algún día.
miércoles, 27 de noviembre de 2019
miércoles, 26 de diciembre de 2018
El porqué de mi silencio
Nuevo año cristiano.
Mayo, junio. 1845.
El pecado imprime en
el alma manchas tan asquerosas que es imposible formarse idea de su fealdad y
negrura. Mancillado el esplendor de su belleza queda tan deforme que hiere los
ojos de la divinidad, como los olores fétidos y corrompidos el sentido del hombre.
Apaga la luz de la razón, porque el pecado no es más que un acto de locura que
roba la gracia santa y esplendente que circunda al alma como una aureola de de
beatitud. Subyugada por este enemigo irreconciliable, se olvida el alma de sí
misma, se adhiere al mal y se contamina por este contacto, convirtiéndose en un
objeto tan abominable como los que la han precipitado a su perdición.
Me encontré con este
texto el sábado pasado a la hora de la siesta. No es que tenga nada que ver con
lo que voy a escribir a continuación, pero me parece una reflexión muy acertada
y enormemente recomendable para mi lector. También me pareció interesante para
uno de los libros que estoy pergeñando. Es por este motivo, los libros con los
que me he liado, que no escribo en el blog. Tampoco pienso que me eches
demasiado de menos, lector. Regresaré, de vez en cuando, en cuanto tenga ganas
de contarte algo. Un sentido abrazo y no peques, que te quedarás bajito,
ceniciento y con ganas de aborrecer mucho. Como yo.
domingo, 3 de junio de 2018
MIdnight runners
Mago, el afable perromierda, es viejo. Yo también.
Anoche paseábamos por el puerto, una caminata habitualmente callada y feliz, cuando una turbamulta de seres fosforescentes quebrantó nuestra intimidad. No eran extraterrestres ni afectados por una nube tóxica. Eran runners, o sea, corredores. En este caso, corredores nocturnos, o sea, night runners. Al menos eso se leía en sus camisetitas refulgentes.
Anoche paseábamos por el puerto, una caminata habitualmente callada y feliz, cuando una turbamulta de seres fosforescentes quebrantó nuestra intimidad. No eran extraterrestres ni afectados por una nube tóxica. Eran runners, o sea, corredores. En este caso, corredores nocturnos, o sea, night runners. Al menos eso se leía en sus camisetitas refulgentes.
Durante mucho tiempo pensé que los únicos deportes sensatos
eran los juegos de mesa, aunque me aburrían mortalmente. Más tarde, incluí el
futbolín, el billar y el ping pong, deportes muy físicos y de alto riesgo sin
duda. Ahora sólo camino y nado. Como Mago, mi viejo amigo, que ya no puede ni
subir escaleras.
Mago y yo estamos mayores y no nos gusta que nada ni nadie nos perturbe. Y menos alguien que invade el barrio, te deslumbra y te atropella un sábado por la noche. Se conoce que no tienen nada mejor que hacer. Pobrets.
martes, 1 de mayo de 2018
Identidad
Hoy me he empadronado en mi pueblo. Oficialmente, ya no soy
valenciano. Y, de repente, he sentido un fuerte sentimiento identitario. Ha
sido como una epifanía. La inspiración divina, la ciencia infusa, cual lenguas
de fuego, se han posado sobre mi cogote y he comenzado a hablar mi nuevo y
hermoso idioma en el que las diferencias son notables, únicas, como gemas
preciosas. Ya no digo xiquet, ahora
digo mante. Ya no digo blau, ahora digo asul. También he aprendido de golpe una nueva constitución y un
nuevo himno. Y, sin duda alguna, soy más guapo. Hasta me apetece ir a misa. Me
dice el párroco, tan humilde, tan del pueblo, que los valencianos nos han
oprimido muchísimo siempre. Me avergüenza ser quien fui ayer. No comprendo cómo
pude estar tan ciego.
Mañana regresaré a Babilonia, porque ahí he de trabajar para
dar de comer a mi familia. Los valencianos comprarán mi vida, pero nunca venderé
mi alma. Ni dejaré de luchar, codo con codo, junto a los de mi raza pura, la de
mi pueblo mediterráneo. Aunque, según me cuentan mis amigos del BNP (Bloc
Nacionalista Pueblerino), tampoco es cuestión de despreciar el dinero de los
forasteros, que para eso somos nacionalistas sin fronteras. Un impuesto
necesario para alcanzar la libertad y en el futuro poder extorsionar tan sólo a
nuestros compueblerinos.
Hoy dormiré feliz, sabiéndome partícipe de una gran misión,
universal, cósmica. Tal cual rezan las últimas salves en honor de San Vituperio
Vividor, patrón de mi pueblo, del que siempre seré devoto:
¡Vixca el meu poble!
¡Vixca el meu campanar!
¡Vixca el meu melic!
¡Adeu!
P.D: Adoro a mi pueblo y al idioma valenciano con un amor
difícil de comprender. Pero no puedo con los paletos ni con los racistas.
jueves, 26 de abril de 2018
Deporte
Tengo un amigo, veinte años más joven que yo, que hace
deporte. No sé por qué somos amigos. He intentado iniciarle en el mundo de la
droga para ver si se le pasaba, pero no muestra
interés y no se esfuerza.
Mi amigo escala montañas nevadas en pantalón corto. A veces
las sube en bici para después, una vez coronada la cima, dejarse caer peñas
abajo con mucho riesgo de su integridad física. Al parecer, este tipo de
actividades suicidas son adictivas debido a la secreción de adrenalina,
testosterona, serotonina, dopamina y lisérgicos naturales… ¿o eran opiáceos?
Esta adicción conlleva un significativo menoscabo de la economía de mi amigo
que, necesitado de su dosis diaria, cuando no trepa corre y cuando no pedalea
se tortura en el gimnasio. Si sumas lo que cuestan las zapatillas adecuadas a
cada una de las disciplinas –que, además, hay que reponer con cierta
frecuencia-, las muy variadas camisetitas de marca, la bicicleta de fibra de
carbono, el casco de diseño, el cuentakilómetros, los muy diversos chismes para
medir el ritmo cardíaco, los gastos del gimnasio, etc, la cosa se pone en un
pico. Por no hablar de la ropa ajustada para lucir pectorales, serratos, abdominales,
glúteos, gemelos e isquiotibiales después de la ducha.
Yo, a mi amigo, lo veo mal. Tiene bultos donde no toca y
moretones por todo el cuerpo a consecuencia de las hostias que se mete cuando
se despeña con la bici. No quiero ni
pensar que pueda caer en el cenagoso pozo de la vigorexia y que reviente por
las costuras. De momento, he notado que a medida que le crecen los bíceps le
mengua el vocabulario, aunque puede que sea una percepción sesgada por mi
aversión a cualquier ejercicio físico innecesario.
Sin embargo, no he percibido ninguna merma en su libido. Más
bien al contrario, mi amigo parece un sosias de Priapo. Tanto es así que el
otro día fuimos a tomar algo –yo un vino, él un isotónico-, me señaló a una
chica muy corpulenta, tatuada y peluda y me dijo: “Me la tiraría”. Yo pensé que
acostarse con esa chica hubiera sido como hacer el amor con un mexicano, en
concreto con el que toca la guitarra grande. Supongo que este furor venéreo se
debe a la ingesta inmoderada de anabolizantes, esteroides y lonchas de pechuga
de pavo sin sal.
Es muy triste ver como personas jóvenes, con un lindo
porvenir, echan a perder sus vidas por culpa del deporte. Creo que voy a
recoger firmas en Change.org para que el gobierno nos escuche y a ver si entre
todos conseguimos erradicar esta terrible lacra.
viernes, 6 de abril de 2018
The Beatles vs The Rolling Stones
Acabo de escuchar el disco blanco de los Beatles. Disco 1,
cara B: “Martha my dear”, “I’m so tired”, “Blackbird”, “Piggies”, Rocky
Raccoon”, “Don´t pass me by”, “Why don´t we do it in the road”, “I will” y
“Julia”. Pero es que el resto de los discos es la polla. Y eso que los
compusieron enfadados. Comparar a los Beatles con los Rolling Stones es como
comparar a Messi con… iba a escribir Cristiano Ronaldo, pero yo a los Stones
les tengo mucho respeto.
lunes, 5 de marzo de 2018
Ejercicio
Hace veintidós años que mi familia y yo vivimos en un piso
provisional. Tanto es así que hemos acabado de pagar la hipoteca. Yo me
mudaría. Son demasiados años viviendo provisionalmente. Mi familia -A, mi hija,
mi hijo, el perro, la perra, las plantas, los libros y sus lepismas- parece que
no opinan lo mismo. Se han apalancado.
Dicho esto, que no viene a cuento de nada, lo que pretendo
es dejarme ir. Para mí la escritura de este blog es un ejercicio de
improvisación. Mis pensamientos, que no mi ideología, son como mi piso:
provisionales. Creo que sé a grandes rasgos lo que quiero contar, pero no sé de
qué modo voy a hacerlo. Ahora sé que quiero hablar de la estupidez.
Profesores
estúpidos
Los profesores de mi colegio -sí, otra vez el colegio, se ve
que tengo un trauma- eran muy partidarios de un peculiar método pedagógico que
consistía en rehabilitar a los alumnos conflictivos, vagos, gamberros o,
directamente, desequilibrados, sentándolos en el pupitre junto a un alumno
dócil, sensato y aplicado. El resultado del experimento era siempre el mismo:
el niño listo y bueno se transformaba, pocos días después, en un cabronazo de
marca mayor. El malote, sin embargo, mantenía inmaculada su prístina hijaputez.
A pesar de que las estadísticas, basadas en datos empíricos e irrefutables,
demostraban lo inadecuado del sistema educativo, los profesores, obcecados y
estúpidos, no dudaban en aplicarlo una y otra vez. Es un verdadero milagro que
entre mis condiscípulos sólo haya un par de asesinos en serie.
Coming soon:
Políticos
estúpidos (No es un pleonasmo, aunque podría serlo)
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