jueves, 27 de febrero de 2020

Cegarruto


He ido al museo esta mañana y me he dejado las gafas dentro de la mochila en la guardarropía. Una vez en las salas que me interesaban, me veía menos que Pepe Leches. Bajar a por las gafas suponía un engorro, porque iba con mis alumnas y teníamos poco tiempo para visitar la expo. Digo alumnas porque lo eran todas, no por horteras y correctas pretensiones. Sin gafas soy capaz de distinguir la autoría de la mayor parte de las obras, no tanto por culto como por viejo. Pero no soy infalible y, ante una duda, me acerco a la cartela de un óleo. Rebaso, quizá por milímetros, la fea cinta gris que pegada en el suelo delimita la distancia que debe respetar el espectador para mirar la pintura. Y en eso, se me acerca un celador celoso y adiestrado que, con un aire un tanto chulesco, me indica que me retire sin dar las gracias. No creo tener pinta de asesino cultural, de los que mutilan esculturas o acuchillan lienzos. Tan sólo estoy cegato. Pero, en cualquier caso, tampoco el vigilante tiene por qué saberlo. Se conoce que tiene instrucciones para conservar su puesto de trabajo. Pero, inevitablemente, me enfurruño con él. Y entonces veo que el tipo está tullido. Le falta un brazo. De golpe siento piedad, ese sentimiento tan peligroso. Aunque casi inmediatamente pienso que me la estoy cogiendo con papel de fumar, no tanto por pensar que el vigilante está cumpliendo con su trabajo como por el hecho de que perdone su mala educación por su muñón. Si nos tratamos de igual a igual, también él debería solidarizarse con mis miserias físicas y espirituales, que no enumeraré por compasión. Y si no con todas, sí al menos con mi tristísima cegarrutez.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Halloween


No tengo nada en contra de la cultura estadounidense. Me gustan Woody Allen, Truman Capote y el jazz. Pero no me gustan las fiestas-timo, como Halloween. De hecho, ignoro sus orígenes, quizá no sea un invento yanqui, pero es de ahí de donde la hemos importado. Lo que sí sé es que es una fiesta pensada para sacar dinero a los incautos, como San Valentín o Papá Noel. Valga como ejemplo de lo que digo lo que me ocurrió el pasado jueves por la tarde, día de los difuntos. Regresé de la escuela y saqué a pasear a los perros, como tengo por costumbre. En el parque donde se alivian Mago y París correteaban un montón de niños hiperazucarados que al grito de “¡Trato o truco!” molestaban a los viandantes con la intención de que financiasen su adicción a las gominolas. Como sea que llevaba los auriculares en las orejas, cara de mala hostia y dos perros de apariencia peligrosa, los niños se abstuvieron de darme el coñazo. De todos modos, tampoco entiendo el significado del eslogan “¡Trato o truco!”, así que, de haberlo intentado, los niños se hubieran encontrado con un chorrito de agua en la cara proveniente de la botella que llevo para diluir los orines de mis perros. Todos los niños iban disfrazados de personajes terroríficos como el Conde Drácula, el monstruo del Doctor Frankenstein o la Momia. Alguno portaba su propia cabeza decapitada entre las manos. Y todos llevaban una calabacita hueca en la que depositaban su botín. Se notaba que la tienda de los chinos había hecho su agosto. De entre todos los monstruitos me fijé en una niña cuyo disfraz, no por menos terrorífico, desentonaba un poco. La niña iba disfrazada de pastorcilla. Se ve que su mamá había confundido la fecha o, simplemente, no quería gastarse el dinero en chorradas pero tampoco disgustar a su hija. Y allí iba la niña, ufana, con su cestita, recogiendo las chucherías que le daban. Pensé que la situación daba para un cuento de navidad muy dickensiano: mamá pobre que remienda el disfraz navideño de su hija para que esta no se sienta proscrita y disfrute de una fiesta, yanqui y capitalista, aun a pesar de que lo único que consigue es que el resto de los niños se rían de ella y le peguen una paliza. Quizá la escriba algún día.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

El porqué de mi silencio


Nuevo año cristiano. Mayo, junio. 1845.

El pecado imprime en el alma manchas tan asquerosas que es imposible formarse idea de su fealdad y negrura. Mancillado el esplendor de su belleza queda tan deforme que hiere los ojos de la divinidad, como los olores fétidos y corrompidos el sentido del hombre. Apaga la luz de la razón, porque el pecado no es más que un acto de locura que roba la gracia santa y esplendente que circunda al alma como una aureola de de beatitud. Subyugada por este enemigo irreconciliable, se olvida el alma de sí misma, se adhiere al mal y se contamina por este contacto, convirtiéndose en un objeto tan abominable como los que la han precipitado a su perdición.

 Me encontré con este texto el sábado pasado a la hora de la siesta. No es que tenga nada que ver con lo que voy a escribir a continuación, pero me parece una reflexión muy acertada y enormemente recomendable para mi lector. También me pareció interesante para uno de los libros que estoy pergeñando. Es por este motivo, los libros con los que me he liado, que no escribo en el blog. Tampoco pienso que me eches demasiado de menos, lector. Regresaré, de vez en cuando, en cuanto tenga ganas de contarte algo. Un sentido abrazo y no peques, que te quedarás bajito, ceniciento y con ganas de aborrecer mucho. Como yo. 

domingo, 3 de junio de 2018

MIdnight runners


Mago, el afable perromierda, es viejo. Yo también.
Anoche paseábamos por el puerto, una caminata habitualmente callada y feliz, cuando una turbamulta de seres  fosforescentes quebrantó nuestra intimidad.  No eran extraterrestres ni afectados por una nube tóxica. Eran runners, o sea, corredores. En este caso, corredores nocturnos, o sea,  night runners. Al menos eso se leía en sus camisetitas refulgentes.

Durante mucho tiempo pensé que los únicos deportes sensatos eran los juegos de mesa, aunque me aburrían mortalmente. Más tarde, incluí el futbolín, el billar y el ping pong, deportes muy físicos y de alto riesgo sin duda. Ahora sólo camino y nado. Como Mago, mi viejo amigo, que ya no puede ni subir escaleras.

Mago y yo estamos mayores y no nos gusta que nada ni nadie nos perturbe. Y menos alguien que invade el barrio, te deslumbra y te atropella un sábado por la  noche. Se conoce que no tienen nada mejor que hacer. Pobrets.

martes, 1 de mayo de 2018

Identidad


Hoy me he empadronado en mi pueblo. Oficialmente, ya no soy valenciano. Y, de repente, he sentido un fuerte sentimiento identitario. Ha sido como una epifanía. La inspiración divina, la ciencia infusa, cual lenguas de fuego, se han posado sobre mi cogote y he comenzado a hablar mi nuevo y hermoso idioma en el que las diferencias son notables, únicas, como gemas preciosas. Ya no digo xiquet, ahora digo mante. Ya no digo blau, ahora digo asul. También he aprendido de golpe una nueva constitución y un nuevo himno. Y, sin duda alguna, soy más guapo. Hasta me apetece ir a misa. Me dice el párroco, tan humilde, tan del pueblo, que los valencianos nos han oprimido muchísimo siempre. Me avergüenza ser quien fui ayer. No comprendo cómo pude estar tan ciego.

Mañana regresaré a Babilonia, porque ahí he de trabajar para dar de comer a mi familia. Los valencianos comprarán mi vida, pero nunca venderé mi alma. Ni dejaré de luchar, codo con codo, junto a los de mi raza pura, la de mi pueblo mediterráneo. Aunque, según me cuentan mis amigos del BNP (Bloc Nacionalista Pueblerino), tampoco es cuestión de despreciar el dinero de los forasteros, que para eso somos nacionalistas sin fronteras. Un impuesto necesario para alcanzar la libertad y en el futuro poder extorsionar tan sólo a nuestros compueblerinos.

Hoy dormiré feliz, sabiéndome partícipe de una gran misión, universal, cósmica. Tal cual rezan las últimas salves en honor de San Vituperio Vividor, patrón de mi pueblo, del que siempre seré devoto:

¡Vixca el meu poble!
¡Vixca el meu campanar!
¡Vixca el meu melic!                                                                                                                 
¡Adeu!

P.D: Adoro a mi pueblo y al idioma valenciano con un amor difícil de comprender. Pero no puedo con los paletos ni con los racistas.

jueves, 26 de abril de 2018

Deporte


Tengo un amigo, veinte años más joven que yo, que hace deporte. No sé por qué somos amigos. He intentado iniciarle en el mundo de la droga para ver si se le pasaba, pero no muestra  interés  y no se esfuerza.

Mi amigo escala montañas nevadas en pantalón corto. A veces las sube en bici para después, una vez coronada la cima, dejarse caer peñas abajo con mucho riesgo de su integridad física. Al parecer, este tipo de actividades suicidas son adictivas debido a la secreción de adrenalina, testosterona, serotonina, dopamina y lisérgicos naturales… ¿o eran opiáceos? Esta adicción conlleva un significativo menoscabo de la economía de mi amigo que, necesitado de su dosis diaria, cuando no trepa corre y cuando no pedalea se tortura en el gimnasio. Si sumas lo que cuestan las zapatillas adecuadas a cada una de las disciplinas –que, además, hay que reponer con cierta frecuencia-, las muy variadas camisetitas de marca, la bicicleta de fibra de carbono, el casco de diseño, el cuentakilómetros, los muy diversos chismes para medir el ritmo cardíaco, los gastos del gimnasio, etc, la cosa se pone en un pico. Por no hablar de la ropa ajustada para lucir pectorales, serratos, abdominales, glúteos, gemelos e isquiotibiales después de la ducha.

Yo, a mi amigo, lo veo mal. Tiene bultos donde no toca y moretones por todo el cuerpo a consecuencia de las hostias que se mete cuando se despeña con la bici.  No quiero ni pensar que pueda caer en el cenagoso pozo de la vigorexia y que reviente por las costuras. De momento, he notado que a medida que le crecen los bíceps le mengua el vocabulario, aunque puede que sea una percepción sesgada por mi aversión a cualquier ejercicio físico innecesario.

Sin embargo, no he percibido ninguna merma en su libido. Más bien al contrario, mi amigo parece un sosias de Priapo. Tanto es así que el otro día fuimos a tomar algo –yo un vino, él un isotónico-, me señaló a una chica muy corpulenta, tatuada y peluda y me dijo: “Me la tiraría”. Yo pensé que acostarse con esa chica hubiera sido como hacer el amor con un mexicano, en concreto con el que toca la guitarra grande. Supongo que este furor venéreo se debe a la ingesta inmoderada de anabolizantes, esteroides y lonchas de pechuga de pavo sin sal.

Es muy triste ver como personas jóvenes, con un lindo porvenir, echan a perder sus vidas por culpa del deporte. Creo que voy a recoger firmas en Change.org para que el gobierno nos escuche y a ver si entre todos conseguimos erradicar esta terrible lacra.    


viernes, 6 de abril de 2018

The Beatles vs The Rolling Stones


Acabo de escuchar el disco blanco de los Beatles. Disco 1, cara B: “Martha my dear”, “I’m so tired”, “Blackbird”, “Piggies”, Rocky Raccoon”, “Don´t pass me by”, “Why don´t we do it in the road”, “I will” y “Julia”. Pero es que el resto de los discos es la polla. Y eso que los compusieron enfadados. Comparar a los Beatles con los Rolling Stones es como comparar a Messi con… iba a escribir Cristiano Ronaldo, pero yo a los Stones les tengo mucho respeto.

Una tarde de lluvia en Valencia

1 Una tarde de lluvia en Valencia, donde, cuando llueve, llueve. Debajo del paraguas escucho las canciones del primer disco de Tracy Chapm...