domingo, 12 de abril de 2020

Presos


12/04/2020 Trigésimo día

En las películas de presos suele haber uno viejo que ha pasado toda su vida entre rejas y que, una vez cumplida su condena, queda libre y no sabe qué hacer con su vida. A veces delinque con la esperanza de que lo encierren de nuevo. Otras, se ahorca.
También los hay soplones, no tanto por lograr beneficios penitenciarios como por su incontinencia y sumisión. Se chivan al alcaide a la mínima indisciplina de sus compañeros, los asquerosos membrillos.
A algunos los violan en las duchas cuando se les escurre el jabón.
Otros adiestran ardillas, ratones o pajaricos.
Muchos estudian para abogado buscando jurisprudencias que los libren de la silla.
Y están los que quieren escaparse a toda costa, limando barrotes y cavando túneles. Son los héroes.

La bicha Covid (ahora es una hembra) ha matizado estos papeles:

El viejo se muere sin darle más vueltas al asunto.
Los soplones pían desde las ventanas y los tejados porque no pueden evitar ser como son, los muy mierdosos.
La ducha es opcional y hay que respetar la distancia de un metro y pico. Sólo lo más dotados pueden violar a esta distancia.
A los pajaricos se le domestica con facilidad, sobre todo a las palomas, porque a falta de abuelos asaltan voraces las celdas.
Los que estudian Derecho no creo que terminen el curso.
Y los héroes son los que se quedan en las celdas confinados.

Menuda mierda de película.


sábado, 11 de abril de 2020

Rebeldes


11/04/2020 Vigesimonoveno día.

Los hay que piensan que esto no va con ellos. Ayer un tipo montó una fiesta en su pisito a la que acudieron veinte o treinta amiguetes. Algunos iban disfrazados. El anfitrión, que además oficiaba de dj y rapeaba con micros y altavoces, era el Arzobispo de Granada. Y su pisito, la Catedral. La Autoridad Humana, tocada de tricornio, se personó en el lugar de los hechos y disolvió a la parroquia, no sin que previamente su Excelencia Reverendísima, ungida por la Autoridad Divina, impartiese la comunión entre los fieles rebeldes.

No entraré, por obvio, en el papel de Dios cada vez que se extiende una plaga que castiga los pecados de los hombres (que, no lo olvidemos, estamos hechos a su imagen y semejanza). Pero esta vez se le ha ido la mano. Los virus siempre se han cebado con los pobres, aquellos que resignados en la tierra alcanzarán el Reino de los Cielos. Pero los virus o similares tendían a matar a lo más inmoral del segmento, a saber: ateos, negros, puteros, yonquis y maricones. O todo a un tiempo. Pero Hombre, ir a por los viejos está muy feo. A mí, la verdad, no me gustaría estar en el pellejo de Dios. Ya lo dijo Schopenhauer: “Hay que ser muy Hijo de Puta para ser Dios”. Bueno, la cita no es del todo exacta, pero el concepto se entiende.

“Eloí, Eloí, lamá sabactani”, dijo Jesús cuando vio que su Padre, que era Él, le dejaba morir. Supongo que todo tiene una explicación razonable. Es probable que diez años de la asignatura de Religión obligatoria no me desasnasen lo suficiente. Puede que se deba a que los curas que lo intentaron no fuesen de fiar: uno descreído, otro pederasta y el último, ultra. O puede que yo sea un cretino. Ahora, eso sí, siempre he adorado la imaginería católica. No tiene igual. La partida de la estética la ganaron desde el primer día. No hay nada comparable al arte cristiano ni al católico en particular. Aunque no creo que medio folio dé para resumir mi admiración devota por tanta belleza creada a su rebufo. Ni una vida, quizá. Baste con decir que el puto bicho Covid, sin ir más lejos, es hermoso. Se parece a los marcianos con orejas de trompeta que invadían la Tierra en mis tebeos infantiles. Y es que una cosa es la estética, la espiritualidad o el número phi y otra el Arzobispo de Granada.

P.D: Sé que la monarquía y la religión son terreno abonado, pero es que se ponen a tiro.

viernes, 10 de abril de 2020

Paciencia


10/04/2020 Vigésimo octavo día.

Antes dibujaba por las noches. Era joven y mis biorritmos funcionaban mejor de madrugada. Una noche, a eso de las dos o las tres, dejé los lápices y la tinta china, me puse una copa y encendí el televisor. Acababa de empezar una película, “El misterio de Picasso”, en la que Picasso, consciente de su virtuosismo, se lucía al tiempo que empequeñecía a sus contemporáneos. Cuando terminó la película estaba en shock. Fue como una epifanía: nunca más volvería a dibujar, ¿para qué? Como he dicho, era joven e impresionable. Ahora soy muy consciente de mis limitaciones y no me tomo las cosas tan a la tremenda. De ser así hubiera dejado de escribir el mismo día que comencé a hacerlo y no me quedaría más opción que el suicidio. Y por el mismo motivo también hubiera abandonado la cocina. Siempre habrá alguien que dibuje, escriba o cocine mejor que yo. Afortunadamente mi padre, al que nunca he visto masticar chicle ni tocarse con una gorra de los Broncos de Denver con la visera volteada, evitó decirme aquello de: “Hijo, hagas lo que hagas, procura ser el mejor”. Supongo que coligió que apuntaba maneras de fracasado.

La verdad es que uno se quita un peso de encima cuando acepta su mediocridad. Ese conocimiento te abre un inmenso campo de disfrute y aprendizaje. Y ahí sigo, con mayor motivo estos días en los que mi capacidad de dispersión se reduce a ochenta metros cuadrados compartidos. Aunque también es cierto que, en contra de lo que sería previsible, mis días pasan volando y no me cunden todo lo que quisiera. Aun así, qué gozada poder sacar lustre a las plantas, cada vez menos contaminadas, organizar los libros en las estanterías (en fase de preproducción), cocinar con calma o leer sin controlar cuántas estaciones me quedan para llegar a mi destino.

Hace tres años me propuse leer “En busca del tiempo perdido” antes de los sesenta, y este verano planté semillas del Árbol de Fuego. A Proust, con algunos intermedios para desengrasar, lo he disfrutado antes de tiempo y le he ganado tres años que emplearé en otras lecturas. Los Árboles de Fuego se llaman así porque sus flores son de un rojo intensísimo. Su primera floración suele ocurrir sobre los ocho años. En el mejor de los casos y si sobreviven al trasplante, podré disfrutar de sus flores en dos mil veintiocho. Tendré sesenta y cinco años.

Paciencia.

jueves, 9 de abril de 2020

Es que yo no aplaudo porque me da vergüenza


09-04-2020 Vigesimoséptimo día.

Hace un año a estas horas estaba en la UCI. He estado en un par de ellas en diferentes hospitales. No creo que sea experiencia suficiente como para sacar conclusiones definitivas sobre nada. Prometo esforzarme todo lo que pueda como para visitar al menos dos más antes de palmarla. Pero algo sí que he sacado en claro de aquellos días, y es que el personal sanitario es la polla. Todos sin excepción: las limpiadoras que friegan tus vómitos de madrugada, los celadores que se crujen la espalda cuando te dan la vuelta en la cama o te llevan en brazos de una camilla a otra, las enfermeras y auxiliares que te lavan el culo y te masajean las piernas y los médicos que te visitan cada mañana con la esperanza de que hayas sobrevivido una noche más. Sólo gracias a ellos, a los opiáceos y a la vitalidad contagiosa de los desahuciados aceptas tu situación con cierto optimismo.

La tarde anterior a la operación, cuando ingresas en el hospital, ves a los enfermos deambulando en pijama por los pasillos, arrastrando los goteros y las sondas con pasitos dubitativos y aspecto digno de conmiseración. Dos semanas después, tú formas parte de esa triste recua de desgraciados que gimen por los pasillos del hospital como la Santa Compaña por los bosques gallegos. Pero poco a poco recuperas el apetito, te quitan una sonda de aquí y otra de allá y el ánimo remonta cual gavilán andino. Entonces, algunos de tus compañeros de infortunios se despiden de ti desde su silla de ruedas protocolaria y piensas ilusionado que pronto te llegará el turno. Hasta que un buen día el cirujano te dice que ya puedes cagar solo y que vuelves a casa. Esa noche duermes inquieto. La dependencia absoluta de los demás genera síndrome de dependencia, valga la redundancia. No sabes qué harás cuando salgas a la calle, que pocas horas antes era tu Ítaca soñada. Y cuando llega el momento inicias el paseíllo desde la silla de ruedas y vas saludando a diestro y siniestro a enfermeras, celadores y médicos, haciendo notar tus galones de paciente veterano. A estas alturas uno no es tan tonto como para pensar que se es único, su enfermo favorito, que nunca te olvidarán, porque para ellos, como para todos, la vida sigue.

Un tiempo después te quitan los puntos y ya no tienes que pincharte en la barriga. Regresan los viejos hábitos y la muerte vuelve a ser cosa de otros. Como es normal.


miércoles, 8 de abril de 2020

Semana Santa


08-04-2020 Vigesimosexto día.

Mañana comienzo mis vacaciones de Semana Santa. De entrada, y como dije, la idea de invadir el descanso a través de videoconferencia a nadie le parece inoportuna. Para mañana ya tengo un par de citas. En circunstancias normales a ninguno se le ocurriría importunarme por motivos de trabajo si no se tratase de algo importante. En realidad, y por triste que parezca, lo entiendo. Las fechas no son las mejores para encarar el final del curso y todos andamos inquietos por lo que pueda pasar los próximos meses. Dicho esto, ¡qué extrañas vacaciones!

Reproduciré una despedida normal hace tan sólo un par de meses:

-          Bueno, pues pretendo quedarme en casa rascándome los huevos. Cocinar, leer, escuchar música, ver alguna película, dormir la siesta… ya sabes, lo que se dice tocárselos a dos manos. ¿Y tú?
-          Pues lo mismo pero sin cocinar. Yo todo a Telepizza. Me los voy a dejar al rojo vivo.

Y a continuación reproduciré otra despedida ocurrida esta misma mañana a través del Meet:

-          Bueno, pues pretendo quedarme en casa rascándome los huevos. Cocinar, leer, escuchar música, ver alguna película, dormir la siesta… ya sabes, lo que se dice tocárselos a dos manos. ¿Y tú?
-          Pues lo mismo pero sin cocinar. Yo todo a Telepizza. Me los voy a dejar al rojo vivo.

Lo que ocurre es que el tono de los interlocutores es bien distinto y los caretos, aun siendo idénticos, muestran sentimientos opuestos. A esto se le llama Efecto Kuleshov.

Pongamos por caso que el primer interlocutor soy yo (soy yo, de hecho).

En el primer diálogo mis pensamientos estarían en mi casa, cerca del mar, cocinando lo comprado en mis puestos favoritos del mercado -en esos en los que me llaman “bonico”-, con un libro en el jardín y música adecuada de vinilo de fondo, una película de los Marx en DVD y una siesta de orinal tras rezar mis oraciones.

En el segundo mis huesos están en el piso, cocinando como a diario después de una compra profiláctica, sin jardín que regar, música limpia, Filmin y siesta en la puta misma cama en la que padezco mis insomnios.

No es que me queje, ojo. Son tribulaciones de rico. Pero se me permitirá añorar mi pequeño edén ¿no?

martes, 7 de abril de 2020

Propósitos


07/04/2020 Vigesimoquinto día.

Todo son buenos propósitos cuando estrenamos el año o cuando acaba el verano. Unos deciden dejar el tabaco, otros, la farlopa. Los hay que quieren estudiar inglés y los que prometen ir al gimnasio a diario. Algunos, los más sensatos, prefieren rebajar sus expectativas hacia metas más realistas, como aprender a montar a caballo de pura sangre o a pilotar avionetas. Pero los más entrañables son aquellos que pretenden realizar de modo autodidacta aquello de lo que no saben nada. Entre estos se encuentran los que se proponen escribir esa novela que llevan dentro. No sé quién fue el primero en enunciar la frase, debió ser alguien que quería vender sus talleres de escritura, pero, no nos engañemos, no todos llevamos una novela dentro. Ni, aun en el caso de que así fuera, no todos sabríamos escribirla. Yo leo -paso previo a la escritura- desde que aprendí a hacerlo y escribo desde hace años, y, con toda franqueza, no me veo capacitado para afrontar un reto de esa envergadura. Me queda grande.

El rollo viene a cuento de lo que sigue. Como sea que tenemos que vivir encerrados, hemos tenido que rehacer la asignatura de “Audiovisual”. Las limitaciones que se nos imponen son evidentes, puesto que no podemos contar con actores, rodar en exteriores o trabajar con los medios técnicos previstos. Los alumnos han tenido que  escribir un guion conforme a estas trabas. Los dos guiones seleccionados tratan de la situación que estamos viviendo, aunque, como suele ocurrir, no se parecen en absoluto. Uno de ellos plantea las tribulaciones de un escritor novato. Un cincuentón separado, con un trabajo anodino, decide aprovechar la cuarentena para enfrentarse por fin al folio en blanco y escribir esa originalísima novela que lleva dentro. Es temprano. Ilusionado, distribuye con esmero sobre su mesa lápices, sacapuntas, marcadores y una resma de folios. Cree que si escribe a mano, con su estilográfica favorita, todo fluirá con naturalidad. Separa el primero de los folios, abre la tapa de la pluma y… no sabe por dónde empezar. Se levanta y se prepara una cafetera. Cualquier cosa le distrae: la sirena de un coche de policía, el ladrido de un perro, la canción “Resistiré” que un vecino se empeña en reproducir en bucle desde una ventana cercana, etc. Se acerca al baño, mea y se lava las manos, prepara la comida, se asoma un ratito al balcón, ve las noticias, se lava de nuevo las manos. Así hasta las ocho de la tarde, cuando los aplausos solidarios del vecindario le anuncian que lleva un montón de horas delante del folio y que este sigue en blanco inmaculado. Aquí se abren diferentes finales que los alumnos siguen debatiendo y que, en cualquier caso, no sacan a nuestro escritor en ciernes de su bloqueo. Y es que, no nos engañemos, uno no se transforma de golpe y porrazo en escritor, por mucho tiempo que se tenga por delante.

Por cierto, el corto está muy bien resuelto técnicamente porque toda la acción transcurre en la misma habitación. Lo demás se narra en off, tanto lo que ocurre en el resto de estancias como en la calle. A esto se le llama sacar partido de las limitaciones.

Estos días he leído algunos artículos bienintencionados del estilo de “50 cosas que hacer durante la cuarentena”. A lo mejor dan ideas, pero a mí me agobian. No me creo que nadie sea capaz de hacer todas aquellas cosas que no hace habitualmente. Hasta puede llegar a ser frustrante. Más les conviene, a quienes puedan, regodearse en la pereza. Evitarán inquietudes innecesarias (creo).

P.D: A mí se me ha ocurrido un guion para una peli porno: es el mismo de siempre, aunque los actores llevan mascarillas y guantes pero no condón, para aportar una pizca de suspense.  


lunes, 6 de abril de 2020

Pensar


06/04/2020 Vigesimocuarto día. Mientras haga sol, ya no referiré el tiempo.

Mi sobrino le preguntó a mi padre, su abuelo, que qué hacía estos días para no aburrirse y él le contestó: “Pensar”. Ayer subí a la azotea sobre las nueve de la noche, como tengo por costumbre. Unas chicas jóvenes comenzaron a gritar desde sus ventanas: “¡Me aburrooooo!”. Se conoce que no les gusta pensar.

Lo del aburrimiento es una sensación que yo considero relativa y no necesariamente negativa o perjudicial.

Cuando digo relativa es porque cada cual la percibe de un modo. Yo me aburrí un poco, no demasiado, en mi adolescencia, con mis amigos, cuando otros parecían disfrutar más que el Carnicero de Milwaukee con un cuchillo nuevo. Comíamos pipas y bebíamos cervezas, siempre en el mismo bar. Jugábamos a las cartas, al dominó, a los dados y a juegos idiotas, como aquel de pegar con saliva una servilleta de papel a los bordes de un vaso, colocar una peseta en el centro y, por turnos, ir quemando la servilleta con un cigarrillo. Perdía el que hacía que cayera la peseta al fondo del vaso. O aquel otro que consistía en envolver las cabezas de tres cerillas con papel de plata, abrir las patitas de cera para que se quedasen plantadas en la mesa, calentar el Albal con el mechero y disfrutar del despegue cuando ardían las cerillas y el aluminio salía disparado. Lo llamábamos El Sputnik. De vez en cuando, algún valiente se acercaba a la mesa de las chicas que lo mandaban a cagar a la vía de inmediato. Y así todas las tardes de los viernes y los sábados durante unos cuantos años.

Y cuando digo que el aburrimiento no tiene porqué ser negativo es porque creo que en ocasiones es necesario, aunque, por desgracia, no todos sepamos sacarle partido. Siempre he considerado que quienes nos dedicamos a labores creativas deberíamos ceñirnos al siguiente proceso: Ver, mirar, observar – Procesar – Crear – Descansar. En esta última e imprescindible fase de barbecho deberíamos aburrirnos. Pero sin tonterías: aburrirnos hasta que se nos cayese la baba, en un estado cercano a la imbecilidad acompañado de la disminución casi completa de la actividad de todas las funciones intelectuales. La pena es que no todos nos esforzamos lo que deberíamos. Para llegar al estadio de tonto de baba es necesaria una transición que exige dedicación y tiempo. Porque dejar de pensar no es tarea fácil. Primero hay que desacostumbrar al cerebro a llevar un ritmo de excitación constante, un trabajo titánico dado el bombardeo constante de estimulación sensitiva en el que vivimos. Aquellos a quienes no nos van la meditación o el yoga, debemos encontrar terapias alternativas. A mí me funcionan relativamente bien la poda y la manguera. Pero no siempre dispongo de un jardín y de los días necesarios para modelar los setos con forma de caniche versallesco. Además, es que no me gusta aburrirme. Una lata, porque lo que para otros es una desgracia para mí sería una bendición. Esta noche, cuando suba a la azotea, les preguntaré a gritos a las chicas de las ventanas que cómo hacen para aburrirse. Igual podrían darme alguna clase particular de ventana a azotea. Pagando, claro.

Una tarde de lluvia en Valencia

1 Una tarde de lluvia en Valencia, donde, cuando llueve, llueve. Debajo del paraguas escucho las canciones del primer disco de Tracy Chapm...