domingo, 3 de junio de 2018

MIdnight runners


Mago, el afable perromierda, es viejo. Yo también.
Anoche paseábamos por el puerto, una caminata habitualmente callada y feliz, cuando una turbamulta de seres  fosforescentes quebrantó nuestra intimidad.  No eran extraterrestres ni afectados por una nube tóxica. Eran runners, o sea, corredores. En este caso, corredores nocturnos, o sea,  night runners. Al menos eso se leía en sus camisetitas refulgentes.

Durante mucho tiempo pensé que los únicos deportes sensatos eran los juegos de mesa, aunque me aburrían mortalmente. Más tarde, incluí el futbolín, el billar y el ping pong, deportes muy físicos y de alto riesgo sin duda. Ahora sólo camino y nado. Como Mago, mi viejo amigo, que ya no puede ni subir escaleras.

Mago y yo estamos mayores y no nos gusta que nada ni nadie nos perturbe. Y menos alguien que invade el barrio, te deslumbra y te atropella un sábado por la  noche. Se conoce que no tienen nada mejor que hacer. Pobrets.

martes, 1 de mayo de 2018

Identidad


Hoy me he empadronado en mi pueblo. Oficialmente, ya no soy valenciano. Y, de repente, he sentido un fuerte sentimiento identitario. Ha sido como una epifanía. La inspiración divina, la ciencia infusa, cual lenguas de fuego, se han posado sobre mi cogote y he comenzado a hablar mi nuevo y hermoso idioma en el que las diferencias son notables, únicas, como gemas preciosas. Ya no digo xiquet, ahora digo mante. Ya no digo blau, ahora digo asul. También he aprendido de golpe una nueva constitución y un nuevo himno. Y, sin duda alguna, soy más guapo. Hasta me apetece ir a misa. Me dice el párroco, tan humilde, tan del pueblo, que los valencianos nos han oprimido muchísimo siempre. Me avergüenza ser quien fui ayer. No comprendo cómo pude estar tan ciego.

Mañana regresaré a Babilonia, porque ahí he de trabajar para dar de comer a mi familia. Los valencianos comprarán mi vida, pero nunca venderé mi alma. Ni dejaré de luchar, codo con codo, junto a los de mi raza pura, la de mi pueblo mediterráneo. Aunque, según me cuentan mis amigos del BNP (Bloc Nacionalista Pueblerino), tampoco es cuestión de despreciar el dinero de los forasteros, que para eso somos nacionalistas sin fronteras. Un impuesto necesario para alcanzar la libertad y en el futuro poder extorsionar tan sólo a nuestros compueblerinos.

Hoy dormiré feliz, sabiéndome partícipe de una gran misión, universal, cósmica. Tal cual rezan las últimas salves en honor de San Vituperio Vividor, patrón de mi pueblo, del que siempre seré devoto:

¡Vixca el meu poble!
¡Vixca el meu campanar!
¡Vixca el meu melic!                                                                                                                 
¡Adeu!

P.D: Adoro a mi pueblo y al idioma valenciano con un amor difícil de comprender. Pero no puedo con los paletos ni con los racistas.

jueves, 26 de abril de 2018

Deporte


Tengo un amigo, veinte años más joven que yo, que hace deporte. No sé por qué somos amigos. He intentado iniciarle en el mundo de la droga para ver si se le pasaba, pero no muestra  interés  y no se esfuerza.

Mi amigo escala montañas nevadas en pantalón corto. A veces las sube en bici para después, una vez coronada la cima, dejarse caer peñas abajo con mucho riesgo de su integridad física. Al parecer, este tipo de actividades suicidas son adictivas debido a la secreción de adrenalina, testosterona, serotonina, dopamina y lisérgicos naturales… ¿o eran opiáceos? Esta adicción conlleva un significativo menoscabo de la economía de mi amigo que, necesitado de su dosis diaria, cuando no trepa corre y cuando no pedalea se tortura en el gimnasio. Si sumas lo que cuestan las zapatillas adecuadas a cada una de las disciplinas –que, además, hay que reponer con cierta frecuencia-, las muy variadas camisetitas de marca, la bicicleta de fibra de carbono, el casco de diseño, el cuentakilómetros, los muy diversos chismes para medir el ritmo cardíaco, los gastos del gimnasio, etc, la cosa se pone en un pico. Por no hablar de la ropa ajustada para lucir pectorales, serratos, abdominales, glúteos, gemelos e isquiotibiales después de la ducha.

Yo, a mi amigo, lo veo mal. Tiene bultos donde no toca y moretones por todo el cuerpo a consecuencia de las hostias que se mete cuando se despeña con la bici.  No quiero ni pensar que pueda caer en el cenagoso pozo de la vigorexia y que reviente por las costuras. De momento, he notado que a medida que le crecen los bíceps le mengua el vocabulario, aunque puede que sea una percepción sesgada por mi aversión a cualquier ejercicio físico innecesario.

Sin embargo, no he percibido ninguna merma en su libido. Más bien al contrario, mi amigo parece un sosias de Priapo. Tanto es así que el otro día fuimos a tomar algo –yo un vino, él un isotónico-, me señaló a una chica muy corpulenta, tatuada y peluda y me dijo: “Me la tiraría”. Yo pensé que acostarse con esa chica hubiera sido como hacer el amor con un mexicano, en concreto con el que toca la guitarra grande. Supongo que este furor venéreo se debe a la ingesta inmoderada de anabolizantes, esteroides y lonchas de pechuga de pavo sin sal.

Es muy triste ver como personas jóvenes, con un lindo porvenir, echan a perder sus vidas por culpa del deporte. Creo que voy a recoger firmas en Change.org para que el gobierno nos escuche y a ver si entre todos conseguimos erradicar esta terrible lacra.    


viernes, 6 de abril de 2018

The Beatles vs The Rolling Stones


Acabo de escuchar el disco blanco de los Beatles. Disco 1, cara B: “Martha my dear”, “I’m so tired”, “Blackbird”, “Piggies”, Rocky Raccoon”, “Don´t pass me by”, “Why don´t we do it in the road”, “I will” y “Julia”. Pero es que el resto de los discos es la polla. Y eso que los compusieron enfadados. Comparar a los Beatles con los Rolling Stones es como comparar a Messi con… iba a escribir Cristiano Ronaldo, pero yo a los Stones les tengo mucho respeto.

lunes, 5 de marzo de 2018

Ejercicio


Hace veintidós años que mi familia y yo vivimos en un piso provisional. Tanto es así que hemos acabado de pagar la hipoteca. Yo me mudaría. Son demasiados años viviendo provisionalmente. Mi familia -A, mi hija, mi hijo, el perro, la perra, las plantas, los libros y sus lepismas- parece que no opinan lo mismo. Se han apalancado.


Dicho esto, que no viene a cuento de nada, lo que pretendo es dejarme ir. Para mí la escritura de este blog es un ejercicio de improvisación. Mis pensamientos, que no mi ideología, son como mi piso: provisionales. Creo que sé a grandes rasgos lo que quiero contar, pero no sé de qué modo voy a hacerlo. Ahora sé que quiero hablar de la estupidez.

Profesores estúpidos

Los profesores de mi colegio -sí, otra vez el colegio, se ve que tengo un trauma- eran muy partidarios de un peculiar método pedagógico que consistía en rehabilitar a los alumnos conflictivos, vagos, gamberros o, directamente, desequilibrados, sentándolos en el pupitre junto a un alumno dócil, sensato y aplicado. El resultado del experimento era siempre el mismo: el niño listo y bueno se transformaba, pocos días después, en un cabronazo de marca mayor. El malote, sin embargo, mantenía inmaculada su prístina hijaputez. A pesar de que las estadísticas, basadas en datos empíricos e irrefutables, demostraban lo inadecuado del sistema educativo, los profesores, obcecados y estúpidos, no dudaban en aplicarlo una y otra vez. Es un verdadero milagro que entre mis condiscípulos sólo haya un par de asesinos en serie.

Coming soon:

Políticos estúpidos (No es un pleonasmo, aunque podría serlo) 


domingo, 28 de enero de 2018

Tabaco

Empecé a fumar a los doce años. Casi todos mis amigos lo hicieron a esa edad. En mi colegio estaba prohibido fumar hasta los quince años, de manera que lo hacíamos en la clandestinidad. Los urinarios eran un buen lugar para esconderse, pero corrías el riesgo de que el padre Ricardo, que solía brujulear por ahí, te tocase la pilila. Pero el colegio era muy grande y había un montón de rincones recoletos donde echarse un pitillito. Aun así, y a pesar de que extremábamos las precauciones, a veces nos pillaba algún profesor de guardia sigilosa. Entonces, nos cacheaba y nos requisaba el tabaco. El castigo dependía de si el profesor era fumador o no. Si lo era, teníamos que regalarle un cartón de su tabaco favorito. Si no lo era, debíamos comprar un cartón del tabaco que estuviésemos fumando y llevárselo a los ancianos del asilo que estaba junto a la estación del trenet.

Resulta evidente que los profesores se preocupaban por nuestra salud infantil. Hasta los doce años, fumar y hacerte pajas te impedían crecer y te dejaban lelo. A partir de los quince, al parecer, ambas actividades tornábanse inocuas y hasta aconsejables. Al menos el tabaco. ¿De qué otro modo podría entenderse si no? Los profesores se fumaban nuestro tabaco, el regalado y el decomisado. Los más sofisticados fumaban puritos o en pipa. Las aulas, sobre todo en invierno, apestaban como una fábrica de guano, y había tanto humo que nos costaba ver la pizarra. Y qué decir de los abuelitos del asilo, a los que, sin duda, les reportábamos longevidad y una mejor calidad de vida. Sobre todo teniendo en cuenta que, al menos en lo que a mí respecta, nunca les regalaba veinte cajetillas del aromático y emboquillado tabaco rubio que fumaba por aquel entonces, sino, como mucho, diez de hediondo tabaco negro sin filtro. Total, aquello les sabía a gloria bendita comparado con lo que tuvieron que fumar durante la guerra y la posguerra.


En resumen, que hoy en día fumar mata, pero cuando yo era pequeño tan sólo perjudicaba levemente la salud hasta los quince años.

Documento de voluntades anticipadas y post mortem

Es mi deseo que mi vida no se prolongue, por sí misma, cuando la situación sea ya irreversible. Y, una vez hecho el tránsito, que me tiren boca abajo en un charco.

MIdnight runners

Mago, el afable perromierda, es viejo. Yo también. Anoche paseábamos por el puerto, una caminata habitualmente callada y feliz, cuando un...